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Los inmortales del momento

Frankenstein cumple dos siglos

José de la Colina

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En la villa Diodati, a orillas del ginebrino lago Lehman y en la noche del 16 de junio de 1816, los poetas lord Byron y Percy B. Shelley, un tal "doctorcito Polidori" y Mary Wollstonecraft, de 19 años, esposa de Shelley e hija de un escritor ananrquista y una escritora feminista, después de tertuliar acerca de los experimentos científicos de la época, y sobre todo de la resurrección de los seres mediante la galvanización (es decir, mediante la recién "inventada" electricidad), acordaron escribir cada uno un relato de terror en el modo de la narrativa "gótica" inaugurada por El castillo de Otranto, de Horace Walpole, y continuada por Los misterios de Udolfo, de miss Radcliffe.

Esa noche a Mary la desvela una reiterada alucinación: en una tenebrosa cueva un hombre se atarea ante una mesa de quirófano en la cual, mediante toques eléctricos, trata de animar a un cadáver. Al día siguiente Mary se pone a escribir la novela Frankenstein o el moderno Prometeo, que publicará en 1817.

Por su argumento, el libro resultó un filosofante y melodramático precursor de la narrativa de ciencia ficción. En él un doctor Victor Frankenstein, que investiga el secreto de la vida, reúne partes de cadáveres robados de los sepulcros, construye un nuevo ser y le da vida galvánica. Ese triunfo científico resultará un fracaso moral. El personaje nacido de la combinación de órganos muertos, que tiene corazón (aunque a saber el de quién), resiente su condición de Adán sin pareja y pide al doctor Frankenstein le fabrique una esposa. El doctor logra una segunda creatura artificial, pero previendo el futuro horror de una monster family, la destruye. Decepcionado y furioso, el monstruo mata a los seres queridos del doctor Frankenstein y huye hacia el Mar Ártico, hasta donde lo persigue Victor para destruir al fruto de su culpable desmesura de científico. Pero la creatura, tras lograr al fin matar a su creador —es decir, a su padre—, se pierde nadando entre los hielos. Finis.

Aun con la sensiblería y la retórica romántica y algunas fallas narrativas, la novela de la señora de Shelley se sostiene por su buena síntesis de los mitos de Prometeo, de Pigmalión, de Próspero (el de La tempestad de Shakespeare) y, por adelantado, de Edison (el de La Eva futura de Villiers de l'Ile Adam), más el tema del enfrentamiento de la Criatura y el Creador, más el problema moral anunciado en el conflicto, entonces apenas incipiente, entre el Humanismo y la Ciencia y la Técnica. Para entender la clase de inquietud que Mary Wollstonecraft enviaba desde su época a la nuestra, basta ver la genial película Blade Runner con sus replicants o androides en rebelión contra su fabricante. (La película de Ridley Scott desarrolla más, como un tema subliminal pero no menos importante, la muerte de Dios a manos de su Criatura: el androide mata a su fabricante, pues éste solo le dio una existencia de caducidad programada.)

Frankenstein or The New Prometheus demostró tener potencia mitogénica. La síntesis de los mitos, tal como se deja ver, trasparente u opaca, en el personaje de Victor Frankenstein, resultó a favor de la Criatura y no del Creador. Es significativo que a partir de las clásicas versiones fílmicas de James Whale: Frankenstein, de 1931, y la todavía mejor: La novia de Frankenstein, de 1935 (las dos protagonizadas por Boris Karloff y la segunda con una alucinante Elsa Lanchester), el apellido Frankestein, el del sabio Victor, pasara a ser el nombre propio de su fabricado monstruo. Los públicos de dos o tres generaciones que, a través de las muchas siguientes versiones derivadas, han seguido la renovada saga de los personajes centrales han decidido que el hijo monstruo rebelado contra su sabio padre es el que tiene mayor derecho a llamarse Frankenstein. De una iconología a otra, el Frankenstein de la joven señora de Shelley, llevado espléndidamente al cine en 1931 por James Whale y el trágico androide Blatty puesto en pie en 1982 por Ridley Scott en una de las verdaderamente grandes películas de finales del siglo XX: Blade Runner, resultan terribles y conmovedores hermanos en el conflicto con su creador y en la visión trágica de la ciencia y la técnica como madres de sufrientes y criminales monstruos que profetizan amenazantes sociedades deshumanizadas.

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