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Martes , 19.06.2018 / 19:47 Hoy

Los inmortales del momento

El hombre sin rostro

José de la Colina

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Ese cuadro del pintor belga René Magritte (Lessines, 1898-Bruselas, 1967), pintado en 1937 con un minucioso y algo relamido realismo casi fotográfico, admite un primer título que el artista ofreció a quienes, desconcertados, habríamos de contemplarlo: Retrato de Mister James, y tiene, efectivamente, algo de retrato: se nos muestra a un hombre, el mismo mister James de juvenil figura, de cabello elegantemente ondulado, de rostro invisible para nosotros, dándonos la espalda (o más bien dos espaldas a final de cuentas) mientras se contempla absorto en un gran espejo de pared al pie del cual, en la repisa de mármol, yace el libro que quizá el personaje y el pintor estaban leyendo en ese año y cuyo título es legible casi sin necesidad de lupa: es una edición francesa de Las aventuras de Arthur Gordon Pym, la novela fantástica que Edgar Allan Poe, aficionado a mistificar a sus lectores, presentó como la crónica de un real viaje por mar y que amorosamente tradujo el poeta Charles Baudelaire, el admirador y descubridor europeo del gran escritor estadunidense. Y hay un segundo título del cuadro que más bien parece una irónica conminación a respetar el copyright de la obra: “Reproducción prohibida”. ¿Prohibida por qué? ¿Ha querido el autor conminarnos a respetar el copyright de la obra o está enviándonos un mensaje implícito, según el cual el estricto realismo pictórico, la convencionalmente llamada pintura figurativa, prohibiría reproducir así a un personaje que se mira en un espejo y que, por lo tanto, el reflejo debiera presentárnoslo de frente, “dando la cara”?

Veo la reproducción de ese cuadro falsamente realista, ese dizque retrato que, cuando contemple el original por primera vez en el año 72 del siglo ya pasado y en una exposición londinense de la Edward James Foundation (quizá creada por el mismo mister James dizque retratado por el pintor), me hizo reflexionar sobre el arte “fantástico” de Magritte, y ahora vuelvo a interrogarme sobre su inquietante capacidad de cuestionar la tradicional, la conformista, la convencionalmente asumida relación de la pintura figurativa con la realidad.

Sí: casi todo en ese cuadro, como en otros del pintor belga, parece atenerse a las apariencias generalmente asumidas de lo que consideramos que es “la realidad”, pero el detalle perturbador, el que inquieta a nuestra habitualmente tranquila percepción de una obra de arte, es que allí el dizque retratado se mira a sí mismo como de ningún modo podrías verte en un espejo real, de esos espejos tan comunes y tan utilitarios, tan copiones y tan desprovistos de imaginación que acostumbran reflejarnos de frente y con nuestro acostumbrado rostro temporal. En otras palabras: gracias a un espejo puedes ver tus rasgos faciales y hasta tu mirada mirándote pero solo usando otro espejo podrías ver tu nuca, es decir: solo así podrías verte tal como serías visto por algún otro situado atrás de ti. Pero en el cuadro de Magritte, puesto que ese segundo espejo no está allí, hay que suponer que mister James está ante un espejo mágico, como el de la reina madrastra de Blancanieves o, mejor, como aquel que gracias a Lewis Carroll atraviesa Alicia para encontrarse corriendo aventuras en el otro lado del mundo real, o como los espejos que desde niño aterraban a Borges y que lo llevarían a decir que, igual que la cópula, son abominables porque aumentan el número de los seres.

Magritte, surrealista celebrado por André Breton, no es tanto un pintor mágico, o siquiera un “realista mágico”, sino un pintor que plantea interrogantes a la pintura como supuesto reflejo o percepción de la realidad y que cuestiona al modelo exterior, el mundo de lo visible. Se diría que bajo su sombrero hongo de correctamente trajeado oficinista belga (tal como en sí mismo se “retrató” tantas veces y hasta como lo perpetúan las fotografías), se dio a la tarea, o al juego, de hacerle provocaciones al mundo real según comúnmente se ve. ¿Por qué un castillo sólidamente erigido sobre una gran roca no flotaría permanentemente en el aire? ¿Por qué en la ciudad no llovería sobre los hombres en lugar de que una lluvia de pequeños hombres (todos, por supuesto, con magrittianos sombreros hongo) caiga sobre la ciudad? ¿Por qué una enorme montaña de perfil de águila de gigantescas alas, como el ave Rok de Las mil y una noches, no pondría y anidaría huevos? ¿Por qué, si se disparase a la sien de un busto de mármol, la sien no sangraría? ¿Por qué en una misma imagen de una calle no sería a la vez noche, con un farol encendido, mientras un día cabalmente azul resplandece en el cielo?

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