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Viernes , 20.07.2018 / 21:37 Hoy

Los inmortales del momento

El ¿fugaz? retorno de Superman

José de la Colina

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Alguien ha sido capaz de pagar 2 millones 161 mil dólares por un ejemplar de la revista de historietas Action Comics de 1938, en el que comenzaron las aventuras de Superman y que perteneció al actor hollywoodense Nicolas Cage. Es la pequeña revancha del magno héroe forzudo y multicolorido que, tal vez, estaba un tanto olvidado después de sus años de apogeo en papel y pantallas de cristal y de tela.

Y, pues está muy demostrado que los mitos tienen vocación transgenérica, resulta que de algún modo vuelve Superman. Vuelve el volador superhombre angloamericano enfundado en mallas azules, amarillas y rojas y con gran letra “S” en el superpecho, el cual desde finales de los años treinta recorría periódicos, revistas, pantallas de cine e incluso el reino guapachoso, de modo que no sería raro que resurja lanzando el do de pecho en una ópera (como creo que ya sucede con Batman y su novio Robin).

Superman nació de una pareja de ciudadanos distinguidos del planeta Krypton, quienes para salvar a su bebé de un estallido planetario lo metieron en una nave espacial y lo expidieron a la Tierra, concretamente a los United States, donde, adoptado por un matrimonio de humildes pero prósperos granjeros, resultaría un ser prodigioso, un pájaro humano que superó los récords de san Giuseppe de Copertino (el levitador fraile italiano, santo patrono universal del gremio de los pilotos de la aviación, quien solo revolotaba alrededor del campanario de su aldea). Y con sus altos vuelos de diferentes velocidades y alturas y rizos, Superman adulteció, mereció el pregón que lo anunciaba en los cortos de dibujos animados (“¿Es un pájaro? ¿Es un cometa? ¿Es un avión?... ¡Es Superman!”) y se erigió, se eligió, en campeón de la justicia, en policía universal autoempleado en la misión de combatir a gánsteres, sabios malvados, hormigas gigantescas, invasores intergalácticos, solapados agentes del comunismo, en fin: a cualesquiera villanos y crápulas del siglo XX y aun de todos los siglos (pues también es héroe de cronoficción: ha visitado el Pasado y el Futuro).

Superman practica la doble identidad: cuando no debe ejercer la original superhombría, adopta la apariencia del tímido y anteojudo reportero Clark Kent, huidizo objeto del deseo de la reportera Louise Lane, quien, pese a su profesional perspicacia, nunca descubre al trasvestido atleta que, si es solicitado para una heroica tarea de salvamento o de combate, se mete en una cabina telefónica, florece en colorido atuendo y profiere, como en un spot comercial de detergente: “¡Esta es una labor para Superman!”.

El Superhombre kriptoniense tiene por reales padres al escritor Jerry Siegel y el dibujante Joe Schuster, quienes en 1938 lo engendraron para la revista de historietas Action Comics, en la que al principio fue vecino de otros héroes humanos o sobrehumanos. Muy pronto fue el astro indiscutido y más consentido de la publicación, así que ésta fue rebautizada como Superman’s Magazine, e igual que la Coca Cola, la hamburguesa McDonalds y el American Dream, el héroe se propagó por el mundo y en globitos habló todos los idiomas.

Los que fuimos niños en los años cuarenta —y, puedes creerme, lector, sí que lo fuimos— recordamos un episodio en que el hiperatleta de la S pectoral, tras aniquilar divisiones de infantería y cazar aviones bombarderos y destruir tanques y carros de asalto y bombas teledirigidas, etcétera, atrapaba a Adolfo Hitler, Benito Mussolini e Hirohito, el trío del Eje fascista, y los ataba como en ramillete de rábanos que lanzaba al espacio interplanetario. Y tras el paso por una serie radiofónica, Superman no tardó en trasbordar al cine, primero en cortos de dibujos animados y luego en largometrajes de all star casting.

Así, el Superhombre nada nietzschiano fue un dios universalmente volador, dotado con divina mirada de rayos equis y defensor del American Way of Living, pero confesaré que nunca obtuvo mis simpatías, las cuales han sido más para Mandrake, el Príncipe Valiente, Flash Gordon, el Reyecito, los Supersabios, la pequeña Lulú y Tobi y, sobre todo, el Spirit, personaje de la obra maestra del género creada por Will Eisner en 1941. Y es que yo no encontraba ni encuentro muy admirable a Superman, porque, siendo dueño de tantos poderes, cualquiera puede hazañear de lo lindo. Aunque gracias a una tropicosa tonada (o tontada) de los años cuarenta, Superman se convertía ¿o magnificaba? en un personaje más simpático por… guapachoso:

Si me pongo trusa,

parezco caimán.

¡Pintame de colores,

pa’que parezca Supermán,

¡pa’que parezca Supermán!.

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