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Lunes , 18.06.2018 / 23:01 Hoy

Los inmortales del momento

El escritor y el problema de las dedicatorias

José de la Colina

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La dedicatoria es un problema literario. Hasta al escritor más hábil, elegante, ingenioso, etc., lo habrá más de una vez perturbado el problema de cómo dedicar un libro nacido de su genio o cuando menos de su ingenio. Pretender que cada ejemplar dedicado al viejo o al nuevo amigo, al distinguido colega, al autorizado crítico, al desconocido que se declara admirador de siempre (y de los parientes más vale no hablar: nunca te leerán, resígnate) es algo que ofrece al escritor un insomnio de mil y una noches. Rara vez se conoce lo suficiente al destinatario de la dedicatoria como para ofrendarle unas líneas que no sean convencionales.

Muy incómodo asunto es cuando el autor no sabe quién es el solicitante que se ha presentado efusivamente como un viejo amigo. Entonces, suspendida la pluma sobre el papel hay que musitar temiendo ofender al otro: “Disculpe... ¿su nombre y apellido?” Y el asunto sería quizá más trágico cuando por descuido el autor que ha dejado un amplio espacio entre el texto de la dedicatoria y la firma, y un día recibe la página recortada a la mitad de la portadilla con las siguientes líneas escritas con otra mano: “A Carlos Muciño Pérez le pagaré $ 120, 000.00 antes del 15 de noviembre de 2009. Firma: Fernando del Paso.” Una antología de dedicatorias de autores célebres podría ofrecer otras sorpresas, como la del ensayista de izquierda que inesperadamente se inclina ante el gran hombre político de la ideología contraria: “Al brillante orador y león de la tribuna don Diego Fernández de Cevallos, por encima de leves diferencias”, o la del audaz poeta erótico que en un álbum redacta una tierna cursilería: “A Rosita Meléndez Híjar, rosa entre rosas, en sus quince rosicleres”, o la del ensayista originalísimo que emite palabras sublimes en honor de un famoso arquitecto: “A don Teodoro González de León, gran arquitecto que también lo es de almas.”

En algunas dedicatorias puede haber algún rencor supuestamente cancelado: “A Javier García Galeano, malgré tout” (es decir: en recuerdo de quién sabe cuántas broncas), o puede, bajo forma de respeto, delatarse un desdén: “A Christóbal Domínguez M., lector esforzado”. Y no es poca cosa como dedicatoria artera esta otra escrita en tono culto pero con poco disimulada anotación brutal: “A la adorable Carlota Picavía y a su irresistible mirada de Venus” (pues los franceses llaman le regard de Vénus a... la bizquera).

En el género de la dedicatoria política hay las muy generosas por ampliamente incluyentes y sin discriminación de género: “Al gran lic. Víctor Puerrendón, y a todos quienes como él luchan por nosotros (y nosotras)”, pero también hay las excepciones notables a esa empatía universal. Así, en un capítulo precisamente titulado “El arte de la dedicatoria” de su libro Disertación sobre las telarañas, Hugo Hiriart cita un caso ¿imaginado? de dedicatoria expresamente excluyente a pesar del tono de universalidad: “Dedico estos poemas a toda la humanidad, menos a Enrique Krauze”.

En cuanto a dedicatorias que pueden comprometer al dedicador respecto del dedicatario, acaso lo mejor sería acatar el consejo: “Dedica bien, pero mira a quién”. A veces Ramón Gómez de la Serna, de quien se decía que escribía todo lo que se le ocurría, publicaba todo lo que escribía y regalaba todo lo que publicaba, es decir que dedicaba libros “a diestra y siniestra”, usaba el modo precautorio:

“Para los que merecen sospecha, tengo una dedicatoria especial: ‘A Fulano de tal, en reciprocidad’. Recuerdo que hubo un mastuerzo que se preguntaba: ‘¿En reciprocidad de qué?’, y los que lo oían se reían en sus barbas porque no se había dado cuenta del por si acaso que significaba la dedicatoria preventiva.”

Uno de los más desalentadores tipos de dedicatoria es aquel que, aun denotando amistad y confianza entre dedicador y dedicatario, no registra el apellido de éste, de modo que no se podría apantallar con esas líneas a los amigos. Y va un caso personal un ejemplo.

Por mucho tiempo mi admirado amigo Augusto Monterroso me dedicó así sus libros recién publicados:

“A Pepe, con amistad. Tito.”

Yo protestaba:

— ¡Pero, Tito, así no significa nada...! ¡Tantos Pepes que hay en el mundo!

Y solo poco antes de morir me dedicó uno de sus últimos libros, Los buscadores de oro, de modo más o menos satisfactorio: “A Pepe de la Colina, con amistad. Tito.”

Pero… ¿si algún día un lector pregunta quién es Tito?

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