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Los inmortales del momento

El claxonero y el de a pie

José de la Colina

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El transeúnte, digamos un hombre de ochenta y tantos años, mi semejante, mi hermano, da un brinco al escuchar brutal claxonazo y se echa tan rápidamente atrás como se lo permiten los ya muy disminuidos reflejos, si alguno le queda, y mientras, desde la banqueta, como desde una tabla de salvamento, observa los demasiados automóviles, que pasan aunque todavía tienen delante la luz roja que suplica inmovilidad, y el peatón medita como lo haría cualquiera de los muchos esmogicanos tan merecedores del premio al heroísmo peatonal.

La calle es propiedad del que conduce más con el claxon que con el volante. Ese tipo es de los que cada día, apenas pusieron en marcha su tanque de guerra, el amado coche, cochecito o cochazo, el automóvil pues, empiezan a claxonear para pregonar que, haya al respecto leyes o no, gozan de todos los derechos de piso en la ciudad.

El claxoneo, a veces reforzado con la mentada de madre, el típico tatatatata, el lenguaje del automovilista nomberguán, que para eso tiene una bocina ATM (¿A Toda Máquina o A Toda Madre?), para darle gusto a su oído, cómo que no. Y sépanlo los retrógrados peatones que osan transitar la ciudad a golpe de pie, de calcetín, guarache o zapato, o sea: nosotros, los seres humanos de mentalidad antihistórica que pinchemente nos transportamos a expensas de ese animal de carga: nuestro propio cuerpo, y que creemos tener algún derecho ciudadano como el de estorbar la vialidad cruzando a pie calles y avenidas y hasta cruceros (los cuales, como la palabra indica, para eso son, para cruzar, pero ¿quién dijo que son para que crucemos los peatones, seres tan anacrónicos como indios bajados de la sierra a tamborazos? Y luego sucede el encuentro de lo blando (el peatón) con lo duro (el automóvil) y un agente de la autoridá pone preso por unas horas a un pobre automovilista o le asesta una módica mordida por haber dejado al peatón como calcomanía pegada al suelo.

Tiembla un rato el viandante o peatón ese sufridor, por ser de carne (y la carne es débil por ser mortal) y, yendo pasito a pasito por la banqueta, empieza a soñar con que un día el gobierno de Ciudad de México emita una ley en que se autorice también a los peatones el uso del claxon.

Y entonces el personaje que no es personajazo, el peatón veterano, portará un claxon tan potente como la sagrada trompeta de Josué, el que sopló en ella para tumbar muros adversos (Louis Armstrong ha bellamente cantado la hazaña: When Joshua fit the Battle of Jericho, Jeeericho, Jeeericho…!). Y, apretando la bocina portátil, que claxoneará en dulce jazz, el peatón paralizará y chatarrizará a todos los automóviles que, claxoneando horrísonamente, pero ahora como víctimas, se le atraviesen al paso, ¡ajúaaa!

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