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Martes , 18.09.2018 / 21:07 Hoy

Los inmortales del momento

Cuando Max, futuro emperador, descubrió al colibrí

José de la Colina

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El inasible, el zigzagueante, el deslumbrante, el casi tan volátil como volador colibrí —"precursor natural del helicóptero", según escribiría un poeta futurista, o "flor alada, besadora de flores", diría un poeta clásico y de mayor tono lírico— es un pájarito veloz, vistoso y vivaz solamente visible en las tierras tropicales de América, aunque sea sospechable de haber sido inventado para una zoología fantástica por un escritor iluminado... o digamos simplemente delirante.

Ese pajarillo real, comprobado por la ciencia aunque muy bien podría figurar en un manual de zoología fantástica (digamos el Libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges) fue objetivamente descrito y narrado por un zoologista amateur, y a la vez investigador muy serio del mundo natural, que en la ocasión casi fue rozado por el ala de la poesía:

"Yo caminaba al frente del grupo, entre dos muros de espeso follaje. De pronto, alguna cosa cruzó frente a mí, rápida y casi inmaterial como un pensamiento. Mis sentidos estaban alertas y no se me escapaba ni un movimiento ni un ruido. Otra vez pasó aquello como un relámpago, y lo vi subir y bajar en el aire. Al fin se concentró en una liana, cerca de mí. Eran una vibración y un zumbido constantes, como una idea montada en la mera palpitación de las alas y flotante en el espacio.

"En arrobo y en éxtasis veía yo al primer colibrí que me presentaba la vida: ese pájaro que los brasileros poéticamente llaman beija-flor (besaflor). Llamé a mis compañeros y rodeamos aquella maravilla. Aumentaba el encanto de la aparición el hecho de que este diminuto ser es inasible; ni podemos reproducir sus movimientos, ni guardarlo en cautividad. Semejante a una imagen soñada, aparece cuando menos se le espera, y huye cuando más nos atrae. Se le tomaría por una joya del Paraíso arrojada a la selva brasileña. Ser diminuto y aéreo, se nutre con el aroma de las flores y tiene ánimo travieso. Dondequiera que abre sus fulgores una perfumada planta de los trópicos, allá aparece la cosita pequeña y voladora, como suscitada por una vara mágica, sin que sepamos cómo ni de dónde llega. Va y viene, se mece o se precipita, cintilante piedra herida de sol. Su ojo, como la punta de un diamante, descubre entre todas las flores aquella que honrará con sus besos, y, suspendiéndose vibrante en el aire, su deslumbrante cuerpecillo parece inmóvil por uno segundos. Hunde luego la cabeza voluble en el cáliz de púrpura de la flor, y liba allí. Y, sin darnos más tiempo para admirarlo, desaparece y luego reaparece abajo y arriba, jugueteando en el éter azul".

CASI UN POEMA EN PROSA

El autor certificado de esta vívida y hermosa página (que es como el prosaico borrador de un poema en prosa) resulta ser el personaje histórico que fue durante tres años el tan iluso como tragicómico e ilegítimo emperador de México: Maximiliano de Habsburgo, es decir Ferdinand-Maximilian-Joseph-Marie von Habsburg, nacido en Lören de Budapest el 6 de julio de 1832 y muerto por fusilamiento en Santiago de Querétaro el 19 de junio de 1867.

Un jovencísimo Maximiliano, que ni siquiera imaginaba que fundaría un imperio en México, descubrió al fulgurante e inasible colibrí durante un primer viaje a tierras suramericanas. La página de observación ornitológica, inserta como por afortunado capricho en una de sus quizá farragosas obras en siete volúmenes: Aus meinen Leben. Reiseskizze: Aphorismen: Gedichte (Viena, 1862), fue recogida y traducida (acaso a través de la versión francesa) por Alfonso Reyes en su libro Norte y Sur (Obras completas, t. IX, páginas 95-99). La ofrezco con la disculpa de haberla abreviado y haber modificado un poco su sintaxis para que no se desbordara en esta columna dominical de MILENIO. Y, a la vez, la presento con la esperanza de que, quizá gracias o pese a mi algo abusivo modo, se distinga como una vívida pieza de escritura que, sin haber tenido para el autor otro propósito que el de una crónica ornitológica, parece brotar de la magia de una tarde de siesta en el selvático trópico.

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