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Miércoles , 20.06.2018 / 01:05 Hoy

Los inmortales del momento

Cantando (y bailando) en la lluvia

José de la Colina

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En 2006 Francisco Sánchez, guionista y comentarista de filmes, y sobre todo un loco por el cine, nos asaltó a “cien cinéfilos de hueso colorado” (algunos cineastas y muchos buenos espectadores) con una sola pregunta que producía el embarras du choix, la cruel molestia de elegir:

“¿Cuál es, en su valoración personal, la película número uno?”.

Y resultaron estos nueve títulos que tuvieron más de una sola mención entre los ochenta y tres enlistados:

Cantando en la lluvia, de Gene Kelly y Stanley Donen (5 votos).

Blade Runner, de Ridley Scott (4 votos).

Ocho y medio, de Federico Fellini; El Padrino, de Francis Ford Coppola, y El espíritu de la colmena, de Victor Erice (3 votos).

El ciudadano Kane, de Orson Welles; Iván El Terrible, de S. M. Eisenstein; París-Texas, de Wim Wenders; Stalker, de Andrei Tarkovski (2 votos).

Por mi parte, envié a Sánchez el siguiente mensaje electrónico que, con la encuesta, incluiría en su libro El cine nuevo del nuevo siglo (y otras nostalgias):

“Querido Pancho: van mis razones de por qué elijo Cantando en la lluvia. Primera: Cyd Charisse. Segunda: la danza como metáfora del encuentro amoroso. Tercera: cada secuencia es un torbellino de alegría de vivir y termina en una apoteosis del desorden y el absurdo, particularmente el baile de O’Connor “Be a clown”, la clase de dicción (la de “Good morning”) y, ya en plena poesía, la que da título a la película, en que Kelly baila con la lluvia y con la cámara, es decir con nosotros, más el ballet con Cyd Charisse y Gene Kelly. Cuarta: es la mejor crónica sobre un momento crucial del cine: el paso desde el filme silencioso al filme sonoro. Quinta: es cine total, el tiempo de la música y del gesto elevados a la total potencia del cine. Sexta: calculo que la habré visto por lo menos unas treinta veces y no se me agota. Séptima: etcétera”.

Y pues sigo pensando igual: Cantando en la lluvia (Singin’ in the rain, 1951) sería ya una obra maestra, toda ella, y además porque contiene una especie de otra película interior, que me arriesgo a narrar de acuerdo con el dictum de Guillermo Cabrera Infante: “El cine existe para ser contado”.

Hacia los finales años veinte, en los comienzos del cine sonoro, los bailarines Gene Kelly y Donald O’Connor proponen una comedia musical a un productor de Hollywood. Un muchacho provinciano (Kelly) llega a Broadway a conquistar escenarios con sus irrefrenables ganas de bailar, y es ignorado o rechazado por varios empresarios pero finalmente uno le concede el dar una prueba de su arte en un cabaret, donde baila briosamente ante una parroquia de lujosa gente del hampa. En un giro, su sombrero cae al suelo, él se arrodilla a recogerlo y… Aquí entra el momento acaso más bello y poderoso de la historia del cine musical: un pie femenino, calzado en verde, sostiene y ofrece el sombrero alzándose lentamente y la cámara nos va mostrando a una mujer (Cyd Charisse) sentada en una silla, vestida o casi desvestida con verde falda corta y peinada en corto con flequillo, al modo de los años veinte y de Louise Brooks. Es la deslumbrante, casi ceremonial presentación de Cyd, quien inicia un baile sinuoso y “tentacular” provocando el deseo del tímido provinciano. Se piensa en la danza de Salomé pidiendo la cabeza del profeta, tal como lujosamente la describe Flaubert en el cuento “Herodías”; se piensa en Leda la mitológica preparándose a ahogar al cisne entre los muslos. De pronto, un gánster elegante (¿un elegángster?) interrumpe a la pareja y se lleva del brazo a Cyd. Un tiempo más tarde, Gene triunfa como bailarín y una noche encuentra a Cyd en una fiesta de alta sociedad. Ella entra vestida de blanco y se queda a la puerta del salón; él, fascinado, imagina que no hay nadie más allí y los dos danzan en un escenario onírico y cursi del estilo MGM: horizontes sin fin, suaves tonos pastel, velos flotantes y gestos sublimes. El baile terminará en la definitiva separación de Cyd y Gene, en la vuelta a la realidad, pero a una realidad alegremente danzada en la calle por Kelly y una multitud de figurantes.

Poco más podría yo añadir, salvo que en una noche seca de octubre de 1952 un joven de 18 años, ¿era yo?, salió del cine Roble dizque caminando, pero interiormente cantando y bailando bajo la lluvia…y buscando a Cyd Charisse.

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