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Miércoles , 17.10.2018 / 18:36 Hoy

Los inmortales del momento

Alvarito, Trinito, las niñas, y… ¿dónde está la perra?

José de la Colina

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Don Álvaro de Albornoz y Salas (Luarca, Asturias, 1901—Ciudad de México, 1971) solía decir con tono busterkeatoniano, y adrede con verbo tan pomposo como ridículo, que “fungía” de principal ingeniero químico de una empresa de productos farmacéuticos. Pese a una breve estatura y a una nariz como roja berenjena, a la cual glorificaba o insultaba en sonetos, era un señor serio y aun solemne, pero cuando, cumplido ya el horario laboral, circulaba por el archipiélago cafeteril y tertuliero del exilio republicano español, se metamorfoseaba, y con la ayuda de los “fogonazos”, según decía al modo mexicano (pero con zeta y con whiskey o coñac), se convertía instantáneamente en Alvarito, hombre de gracia verbal temible para ciertos desdichados carentes de sense of humour. Su leyenda de desparpajo y tremendismo incluía un famoso episodio en el que, durante la guerra española y bajo un denso fuego cruzado, se había alzado desde la trinchera republicana para (como podría haber hecho el Groucho Marx de Duck Soup) gritar hacia la trinchera fascista: “¡Dejad ya de disparar, gilipollas, que podéis matarlo a uno!”

En Madrid y en los años treinta, “Alvarito”, firmando como el serio señor Albornoz y Salas, colaboraba en la famosa revista humorística Gutiérrez y había publicado dos libros en la prestigiosa editorial Biblioteca Nueva: Doña Pabla (memorias de una sentimental locomotora arrumbada por vieja e inservible) y Vampireso español (autobiografía de un esforzado Don Juan andaluz siempre en fallido combate contra la tradición española de represión sexual). En México, además de un libro de cuentos: Matarile, y de una novela: Los niños, las niñas y mi perra, publicó algunas colecciones de greguerías a las que, taurófilo impenitente, llamaba “revoleras”, que podían ser cómicas (“El buzo, desde el fondo del mar, pidió que lo subieran, orinó y volvió a sumergirse”) o poéticas (“Esa estrella que ya no existe, pero cuya luz aún estamos viendo, ¡cómo brilla por su ausencia!”), o de una traza absurda y casi kafkiana (“Persiguiendo por la calle al sombrero que le había arrebatado el viento, finalmente atrapó una gallina”).

Los niños, las niñas y mi perra fue publicada en 1951 por la Colección Aquelarre, una editorial sufragada por los autores mismos, casi todos exiliados españoles y tertulieros, y ahora la rescatará la editorial asturiana Desvarío, que me pide estas líneas como prólogo. El libro cuenta una leve historia de liviana, chispeante y pícara “acción”; ocurre en Madrid y la protagonizan niños y niñas que en algunas páginas toleran la presencia de los maestros y maestras de un colegio no demasiado represivo, más una multitud de parientes, y todos ellos forman un personajerío secundario y casi fantasmal.

En parte autobiográfica, Los niños, las niñas y mi perra es una nostálgica crónica íntima algo novelizada y “humorizada” que cuenta la vida del tímido, inteligente, cachondo y romántico niño Trinidad, “Trinito”, y sus descubrimientos del otro sexo representado por las niñas y por alguna tía o maestra de caliente otoñalescencia. Tiene, además de las páginas sonreíbles y/o carcajeables, párrafos de una suave sensorialidad y de prosa delicada, y vaya este como muestra:

“Por esa misma época Trinito tuvo grande afición y fina habilidad para modelar en bajorrelieve, sobre las húmedas, saladas y tenues arenillas de la playa cantábrica de sus vacaciones, las formas suavemente delicadas de bellas piernas de mujer que siempre terminaban allí donde las medias, sujetas por las ligas, suelen terminar cuando son bien llevadas: en la mitad del muslo. Y desde entonces él tiene esta preocupación: que cuando una de sus propias piernas se le ‘duerme’, por haber estado apretada bajo el peso de la otra pierna o por haber estado mal sentado en una silla, se le queda como hecha de arena de mar, y que al despertársele —el despertar de una pierna ‘dormida’ tiene para Trinito unos desperezos y un hormigueo tan fuertes que son como vibraciones de cuerda de guitarra— se le va a ir desmoronando, desmoronando, hasta deshacérsele del todo, y quedarse sin ella”.

En cuanto a la perra, importante puesto que aludida en el título, es como una estrella que en toda la novela “brilla por su ausencia” y solo reaparece en la pregunta terminal, que se adelanta a la del desconcertado lector:

“¿Y de la perra, qué?”.

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