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Martes , 19.06.2018 / 19:42 Hoy

Carta de Esmógico City

¿Un guarura fino?

José de la Colina

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La palabra guarura (que últimamente suele oírse o leerse demasiado frecuentemente en este país que no desconoce las fieras gracias de la violencia), tiene tres acepciones en los diccionarios de la lengua española a los que acudió el cronista, y una de ellas se separa bastante, por su significado, de las otras dos.

De modo que, mientras en Venezuela "una guarura" (en género femenino, quién lo diría) es una concha de caracol de 30 centímetros de largo que, ya sin su habitante nato: el "molusco gasterópodo pulmonado", puede ser utilizada como bocina, en cambio, en México, y particularmente en Esmógico City, donde dichos seres pululan cada vez más, tiene dos acepciones que quizá —pero eso es asunto de la experiencia citadina de cada lector— no se contrarían mucho: 1) guardaespaldas, y 2) hombre de la policía.

Ya se trate de uno o del par de los dos significados propuestos por la vox populi, es evidente que el oficio de guarura requiere de su practicante mucha fuerza física y no poca brutalidad. Y lo que una muerte de hace dos o tres días hace que el cronista se desconcierte particularmente, lo que le obligó a consultar lexicones sin lograr aclararse bastante, es que, al parecer, nada de estas dos cualidades, si lo son, faltaban al ahora fallecido Sergio González, que era el guarura del ahora apodado Lord Ferrari pues una de sus virtudes de éste es poseer un vehículo de esa marca.

El caso es por lo menos contradictorio. Tras de casi matar a golpes a un automovilista solo porque éste cerraba con su vehículo el paso al de dicho "lord", el guarura siente vergüenza, se esconde en un hotel, escribe una carta disculpándose del casi asesino acto, aclarando que le fue ordenado por el patrón, y muere, tal vez por mano asesina, quizá por suicidio, o acaso porque sencillamente quiso morir de pena y lo logró en pocas horas.

Esta tercera posibilidad es la que desconcierta al cronista: la de que un guarura, es decir un bruto tanto de condición como de profesión, sea capaz de echarse a morir por remordimiento de un brutal delito.

Y ahí está lo raro del caso: Sergio González era tan capaz de tundir a un hombre casi hasta darle muerte, solo porque se lo ordenó Lord Ferrari y era su oficio, pero quizá también fue un hombre tan pero tan sensible que acaso decidió morir de la pura vergüenza de su brutalidad e inaugurar una quizá esperable modalidad de guarura sensible, sentimental y fino.

¿Tal vez se inauguró la guaruridad delicada y fina?

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