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Domingo , 24.06.2018 / 06:03 Hoy

Carta de Esmógico City

Un enorme hormigueo de chamaquitud

José de la Colina

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Recomienzan las clases para los chamacos, según se entera el cronista, que hace muchos irretornables años dejó la infancia y, apenas concluida la educación primaria formal, se distanció de las aulas porque prefería la escuela al aire libre, la del callejeo dizque ocioso por una ciudad que ofrecía otros espacios para continuar la propia educación, pero totalmente a gusto de uno, y es que en los cines se aprendía no poco, pues en las pantallas había las acuáticas maestras Esther Williams y Maureen O’Sullivan, que mucho enseñaban, y en las librerías había esos maestros silenciosos: los libros, que el cronista, sin discriminador espíritu selectivo, leía de pie y allí mismo y que a veces robaba, porque solía estar de bolsillo flaco.

Pero el caso es que por ese retorno de la chamaquiza a las aulas el cronista ha recordado aquel libro emblemático de la primera escolaridad, Corazón. Diario de un niño, de don Edmundo de Amicis, en el cual hay esta página admirable… o acaso temible porque da una sensación de enorme e intenso hormigueo humano que se diría cercana al miedo:

“Piensa en los innumerables niños que a todas horas acuden a la escuela en todos los países; imagínalos yendo por las tranquilas y solitarias callejuelas aldeanas, por las concurridas calles de la ciudad, por la orilla de los mares y de los lagos, tanto bajo un sol ardiente como entre nieblas, embarcados en los países surcados por canales, a caballo por las extensas planicies, en trineos sobre la nieve, por valles y colinas, a través de bosques y de torrentes, subiendo y bajando sendas solitarias y montañeras, solos, o por parejas, o en grupos, o en largas filas, todos con los libros bajo el brazo, vestidos de mil diferentes maneras, hablando en miles de lenguas”.

La estampa da gusto… y da susto, pues parecería ocasionar el asalto de ciertos dizque maestros de por acá, esos que ejercen el terrorismo porque los aterra la mera posibilidad de ser evaluados. Y el cronista temería el retorno de una chamaquitud que ya hace mucho lo abandonó, pues si debiera volver a la escuela (en el caso posible de no haber aprendido lo suficiente), considera con temor que podría ocurrirle la desdicha de ser “educado” por uno que otro maestro “disidente”.

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