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Miércoles , 19.09.2018 / 04:21 Hoy

Carta de Esmógico City

¿La tal contingencia es cosa de siempre?

José de la Colina

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Ya se hicieron en Esmógico City menos frecuentes, menos sonoros y rociadores, los estornudos pregoneros del resfriado, del catarro, de la gripe, de la pulmonía y de mayores y hasta mortales consecuencias del frío, del viento, de la lluvia, del granizo e inclusive de la nieve fuera de temporada, pues aún no son los días del gran comercio de la Navidad.

Todos esos son elementos que hasta hace un par de días asolaban al ciudadanaje megalopolitano (y que tenían al cronista como sufriente favorito, a pesar de que él creía protegerse mediante gruesas ropas que casi lo convertían en un oso, como el de The Revenant, ese animal que funciona con un hombre adentro y de talento tan notorio que ni siquiera fue nominado a los Oscar).

Se fue el frío con sus esnifes y sus atchunes y en la megalópolis que hoy es la Ciudad de México y alrededores llegó el "buen tiempo". Eso se entiende en el sentido de un aceptable clima, pero, ay, he aquí que ya vamos entrando en una contingencia ambiental en modo contrario, el del calor, y el cronista quisiera saber si la desdicha del ambiente ocurrió desde apenas el año 2002 o si venía desde el primer fogón o la primera hoguera o el primer humo industrial y la primera fumada.

Así que no se sabe si la humanidad alguna vez ha dejado de estar en contingencia ambiental, o si nunca hemos salido de ella. Ya la Comisión Ambiental de la Megalópolis ("órgano de la coordinación intergubernamental que engloba al gobierno federal de la República Mexicana, al Gobierno de la Ciudad de México, a los de Hidalgo, Estado de México, Tlaxcala y Puebla") nos está aconsejando varias medidas que algunos ciudadanos consideran desmedidas, como no usar el automóvil, no andar en la calle, no hacer ejercicio, no fumar, etcétera, y algunos piensan que dentro de poco habrá otros consejos, por ejemplo: no aspirar ni inspirar el aire (vehículo de microbios), no salivar (pues la saliva tiene gérmenes), no hablar (pues hay la contaminación del ruido), no comer (pues la comida engorda y obliga a la movilidad mediante humeantes motores) y... más etcéteras, cuando todas esas prohibiciones se evitarían considerablemente, a juicio del cronista, si, tomando como ejemplo a los automóviles que no circulan en ciertos días de la semana, renunciáramos a estar vivos durante unas horas del día.

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