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Martes , 17.07.2018 / 01:23 Hoy

Carta de Esmógico City

La galantería en tiempos del sida

José de la Colina

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Fue una de esas breves y encantadoras escenas de suave comedia, de pantomima más algún toque sonoro, una felicidad que a veces la realidad callejera se permite darnos en un momento fugacísimo, casi en el solo tiempo entre dos parpadeos. Ocurrió hace quién sabe cuántos años y acaso en domingo, en la avenida México, cerca de la entrada a los Viveros de Coyoacán, y cuanto más duro estaba el recien llegado sida. Cerca del puesto de venta de periódicos y revistas que hay allí para la venta de gorritas y camisetas deportivas, y de cacahuates para las ardillas “viverianas”, se hallaba un par de muchachos veinteañeros con cubrebocas azules, que curioseaban las portadas de las publicaciones cuando, entre ellos, dirigiendose, supongo, hacia el centro de Coyoacán, pasó, sin cubrebocas, una curvilínea, garbosa, linda muchacha de no más de ... eh... quizá unos dieciséis años, en shorts azules y camiseta naranja sin mangas, bien plantada sobre zapatos esport pero de tacón alto: una casi chava de piel morena, de largo y suelto cabello negrisimo, cuyo andar era un prodigio de elasticidad y ritmo con las caderas y los pechos balanceándose muy visiblemente pero sin vulgar exceso, casi como un suave preludio a la danza. Y los dos muchachos, y también el cronista, nos quedamos un momento como pasmados ante tanta belleza, tanta gracia... y entonces ocurrió que uno de los muchachos, en el instante mismo en que la chava pasaba ante ellos, se quitó el cubrebocas, lo sostuvo un momento colgado por el hilo entre el indice y el pulgar, lo tiró al suelo, lo pisoteó y emitió un admirativo, largo, galante silbido:

¡Fuiiit fiuuuuuuu!

Era un sonido que el cronista cree no haberlo vuelto a oír desde los años cincuenta (en los que estaba aún de moda, si bien era de los años cuarenta, en los que me parece que lo propagó el cine de Hollywood, y la muchacha se volvió sonriendo en agradecimiento al “agasajo” y siguió su camino con el mismo pero ahora lento andar.

Y eso es todo: Excepto que el cronista, quien por unos segundos se sintió también veinteañero, tuvo la tentación de quitarse el cubrebocas (verde), tirarlo al suelo y lanzar un gozoso, un ya anacrónico silbido que aspiraba, por lo menos, a la eternidad:

¡Fuiiiiiiiiiiiiiiit fiuuuuuuuuu!

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