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Viernes , 22.06.2018 / 10:35 Hoy

Carta de Esmógico City

Del mal uso del Metro

José de la Colina

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Un señor que está pertrechado con uno de esos teléfonos celulares que son omnímodos, pues tienen de todo, que hasta se diría pueden producir y servirte unas enchiladas suizas o una kitch lorraine si le tecleas que tienes hambre o te da apetito de gourmet, y que entre sus maravillas tecnológicas cuentan con cámara televisiva, fijó el minuto en la Línea A del Metro en que una mujer estuvo a punto de robarle quién sabe qué cosa, quizá la cartera con la magra fortuna del día, a otro pasajero que, por la fatiga rutinaria del trabajo o por la “cruda” ganada en esa noche, se quedó dormido en el asiento del vagón casi vacío excepto por los tres personajes mencionados. Un minidrama acaso más veloz que el mismo Metro y que Agatha Christie consideraría como una versión chafa de alguno de sus folletines ferroviarios.

La dama que intentó el robo fue regañada por el hombre del telefonovisor (¿está bien bautizar así al aparatejo?) y, tal vez ruborizándose o tal vez embraveciéndose, solo acertó a “disculparse” diciendo que la tentación era excesiva hasta para una dama honesta como todo indicaba que ella era, y posiblemente añadió que no había querido sino darle una lección al bello o feo durmiente, para que aprendiera a usar el Metro como debe hacerlo cualquier ciudadano civilizado, es decir, como vehículo noblemente colectivo, incluso gloriosamente popular, y no como vulgar dormidero de ocasión, pues luego dice el barbaján Trump que los mexicanos somos en realidad los barbajanes y que no sabemos ni dormir donde debemos, y que por eso construirá el murote , bajo el cual los migrantes, tan denigrantes, tienen derecho a dormir, pero desde el lado sureño, el de la mala calidad de vida.

Y por lo pronto este tecleador se promete nunca dormir en el metro ni en ningún otro lugar que no sea su lecho, el cual no es muy mullido según presume cierto colaborador de este mismo periódico… pero es tranquilo, sin pasiones líricas ni malamente oníricas ni nerviosamente políticas (¡faltaría más!).

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