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Jueves , 18.10.2018 / 21:51 Hoy

Carta de Esmógico City

Ciudad de ríos muertos

José de la Colina

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Se sabe cómo los ríos dan vida a las ciudades. Se sabe qué bien están París con su Sena (río con orillas de libros, dijo Apollinaire) y Londres con su Támesis (río de firme carácter inglés, dijo Chesterton) y Viena con su Danubio (río que pasa en un vals azul, dijo Strauss) y Madrid con su lateral Manzanares (aprendiz de río, dijo Lope de Vega, pero río zarzuelero, al fin y al cabo). Y diríamos: qué nos duran esas ciudades del mundo con un solo río, cuando en Esmógico City (si de la autoridad de la Guía Roji nos fiamos) tenemos en 2009 más de 100 ríos, desde la A hasta la Z: desde el Río Acaponeta al Río Zula, pasando por el Churubusco, el Mississippi y... el Dolores del Río.

Pero se trata de “ríos” de cemento, o de pedruscos, o de tierra. Y si alguna vez fueron ríos auténticos, ya los hemos asesinado encementándolos o contaminándolos, aunque no haya sido con malas intenciones, conste, sino para modernizarnos, es decir, automovilizarnos, esmogizarnos, asfixiarnos. Aún nos queda un río moribundo, pobrecito: el Río Magdalena, al que desde el puente Panzacola aún puede vérsele lamer, más con basura que agua, un costado de los Viveros de Coyoacán.

Y es que en Esmógico City ejercemos un idiota odio por los restos de la madre Naturaleza que aún se resisten a morir. Sin ir más lejos, mientras acá por la “elegante” zona sur, los árboles se mueren de pie, esto es: con el pie del tronco cercado por el cemento, de modo que las raíces tapadas no reciban, ni de las mangueras ni de la lluvia, el agua que los árboles ansían y tan desesperadamente que algunos rompen la capa de cemento para asomar las raíces, el otrora real Río Mixcoac y su prolongación, el real Río Churubusco, ya fueron enviados a la nada por un tubo, ya quedan como vías de un seudosuburbio de Los Angeles (California, USA) y no guardan ni por unas horas el agua de la lluvia. Y si al Magdalena aún puede considerársele como, digamos, un arroyo, el pobrecito pasa lento y escondido, temeroso de que algún pendejo “urbanizador” termine de matarlo y lo encemente para que pronto y por encima de su definitivo cadáver pasen humeantes y ruidosos vehículos automotores...

Ciudad de más de 100 ríos vivos, ciudad entretejida de agua, ¿quién alguna vez te vio?, ¿quién ahora te reconoce?, ¿quién siquiera te recuerda?

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