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Viernes , 21.09.2018 / 10:01 Hoy

Carta de Esmógico City

Acá, donde los árboles mueren de pie

José de la Colina

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Se sabe cómo los ríos dan vida a las ciudades. Se sabe qué bien están París con su Sena (río con orillas de libros, dijo Apollinaire) y Londres con su Támesis (río de firme carácter inglés, dijo Chesterton) y Viena con su Danubio Azul (que fluye en un vals de Strauss) y Madrid con su lateral Manzanares (aprendiz de río, dijo Lope de Vega, pero río zarzuelero, al fin y al cabo). Y el cronista pregunta con dizque orgullo: ¿qué nos duran esas ciudades del mundo con algún río, cuando en Esmógico City —si nos fiamos de la Guía Roji— tenemos todavía más de 100 ríos, desde la A hasta la Z: desde el Río Acaponeta al Río Zula, pasando por el Churubusco, el Mississippi y... el Dolores del Río?

Pero son "ríos" de cemento, o de pedruscos, o de tierra, sin más agua que la de los charcos, y eso únicamente si llueve. Algunos fueron ríos auténticos, pero ya los hemos asesinado encementándolos... aunque no haya sido con malas intenciones, conste, sino para modernizarnos, es decir automovilizarnos, esmogizarnos, asfixiarnos. Aunque nos queda un río moribundo, pobrecito: el Río Magdalena, al cual desde el puente Panzacola aún puede vérsele lamer, más con basura que con agua, un costado de los Viveros de Coyoacán.

En Esmógico City, ejercemos un idiota odio por los restos de la madre Naturaleza que se resisten a morir. Sin ir más lejos, acá por zona sur, los árboles se mueren de pie, esto es: con el pie del tronco cercado por el cemento, de modo que las raíces tapadas no reciban, ni de las mangueras ni de la lluvia, el agua que los árboles ansían, y tan desesperadamente que algunos rompen la capa de cemento para asomar las raíces. Así ocurre en el otrora real Río Mixcoac y su prolongación, el Río Churubusco, los cuales ya fueron recanalizados en tubo y quedan como vías de un seudosuburbio de Los Ángeles, California. Y si al Río Magdalena aún puede considerársele como, digamos, un arroyo, el pobrecito pasa lento y escondido, temeroso de que algún pendejo "urbanizador" termine de matarlo y lo encemente para que pronto rueden por encima de su definitivo cadáver los humeantes y ruidosos vehículos automotores...

Ciudad que antaño estabas entretejida de agua, ¿quién alguna vez te vio?, ¿quién ahora te reconoce?, ¿quién siquiera te recuerda?

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