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Martes , 13.11.2018 / 15:36 Hoy

Heterodoxia

Lectura de Verano…

José Antonio Álvarez Lima

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—¿Cómo vas, camarada Kim? —preguntó Stalin.

—Los del sur siguen dándome graves problemas. —respondió Kim Il Sung, dictador de Corea del Norte.

—¡Qué me dices! ¿Te faltan brazos y armas? Yo te los daré. Pero debes atacar a los sureños. ¡Golpéalos! —agregó Stalin—. Ahora, si te pegan una patada en el culo no moveré un dedo por ti. Así que también debes pedir la ayuda de Mao.

Esta conversación tuvo lugar en Moscú el 20 de abril de 1950.

Mientras, en Washington, el presidente Truman y sus asesores se llenaba de ira y paranoia ante el exitoso expansionismo soviético. (¡Tenemos que parar a estos hijos de puta!, exclamó Harry). Sentían que Europa y Asia se les escurrían de las manos. Así que se prepararon para responder. La superioridad aérea y la posesión exclusiva de artefactos nucleares les daban gran seguridad ante un eventual conflicto.

Kim voló a Pekín para informar a Mao que Stalin había dado el visto bueno para invadir Corea del Sur.

Así se juntaron cuatro despropósitos: Kim sentía que podía establecer el comunismo en toda la península coreana; Mao quería mostrar la fuerza de su ejército. Stalin enfrentaría a los norteamericanos sin ensuciarse las manos con millones de Limonsky (carne de cañón amarilla). Para completar el panorama, en el otro lado estaba el general MacArthur. Un enorme ego militar, dispuesto a derrotar a los chinos con bombazos atómicos.

Ese fue el escenario de la Guerra de Corea. Durante tres años se enfrentaron en el campo de batalla masas de desnutridos soldados chinos, precariamente uniformados, contra desmotivados soldados americanos armados con mejor tecnología.

Durante los primeros meses de la guerra se mostraron las ventajas de la superioridad numérica de los chinos. Sin embargo, con el tiempo, la resistencia de sus adversarios se consolidó y se manifestó un aparente empate. Entonces Truman descartó la guerra atómica y se iniciaron larguísimas negociaciones que culminaron con el cese al fuego que dura hasta nuestros días.

Ahora que la rivalidad entre Estados Unidos y China es solo económica, recordamos que hace 65 años se enfrentaron, en aquella guerra, grandes ejércitos chinos contra poderosos agrupamientos norteamericanos. Murieron ahí cientos de miles de soldados y millones de civiles. La península quedó dividida en dos países irreconciliables: la exitosa y ejemplar República de Corea y la arcaica dictadura empobrecida de Corea del Norte.

Recomiendo: M. Burleigh. Pequeñas Guerras. Taurus. 2013.

alvalima@yahoo.com

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