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La Feria

Recuerdo de Lola Vidrio

Jorge Souza Jauffred

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Cómo no recordar a Lola Vidrio. Cuentista y periodista, sí, pero, más que eso: luchadora social incansable, intransigente, tenaz que combatió hasta el cansancio la explotación y el abuso. Su pluma no conoció el miedo; su palabra se negó a la claudicación. Siempre mantuvo la esperanza de que, algún día, cuando la izquierda triunfara en el país, las cosas serían muy diferentes. ¡Bendita esperanza! Cuando la conocí, tal vez en los años ochenta, tenía ya encima el peso de los años, pero su espíritu seguía vivaz y sólido. Defendía a rajatabla –como siempre lo hizo—sus convicciones. Pugnaba por los derechos de la mujer, gritaba las carencias de los marginados, denunciaba a los políticos ladrones. Sus cabellos los recuerdo casi blancos, su cuerpo menudo. Su lenguaje, siempre animado, diría que reflejaba la pasión de sus ideales; sin embargo, los rasgos de aquella hermosa juventud –visible en sus viejas fotografías— se habían ido apagando, destiñendo; y sólo la chispa de sus ojos y el entusiasmo de su voz conservaban aún aquel recuerdo. Me regaló, alguna vez, lo que ella dijo era el último ejemplar de su libro Don Nadie y otros cuentos, con el que obtuvo el Premio Jalisco en 1952. Entonces ya era reconocida como una luchadora social, como una periodista temible en la denuncia, como una autora que reivindicaba el derecho femenino de codearse de tú a tú con el hombre. Nació en 1909 y fue “inquieta, muy inquieta. Desde chica comencé a leer libros prohibidos y se me despertaron inquietudes. Mi interés era saber, saber, saber”, me dijo alguna vez en su casa de la colonia Seattle. Ahí, precisamente a unos metros de donde cada tarde una parvada de cigüeñas se aposenta en grandes eucaliptos del camellón amplísimo.

Aquellos libros y el estímulo de su padre la condujeron a defender los derechos civiles y a incursionar en la literatura y el periodismo. En sus artículos, Lola Vidrio cuestionó asiduamente al sistema capitalista y puso de manifiesto sus contradicciones. Exhibió las fallas de los gobiernos priístas y los criticó acerbamente. En sus últimos escritos, publicados en semanarios de Jalisco y Nayarit en 1996, arremetió en contra de los hermanos Salinas de Gortari, del presidente Ernesto Zedillo, por considerarlo su defensor, y del sistema capitalista encarnado en Estados Unidos. Aunque escribió en periódicos como Excélsior, Novedades, El Informador y El Occidental, cuando la conocí entregaba una columna que mantuvo por más de diez años en el bisemanario La Opinión, de Miguel Ochoa. Desde sus páginas y pese a la edad, la querida Lola lanzaba denuncias y críticas contra el sistema como si fuera una jovencita; luchaba abiertamente por las causas que enarboló toda su vida, siempre en favor de quienes menos tienen, siempre en contra de quienes instrumentan las leyes que les permiten consumar “legalmente” el despojo colectivo en beneficio de unos cuantos. ¿Qué diría ahora de la triste reforma energética que han hecho tragar a los mexicanos, con el apoyo de una millonaria publicidad?

Adelantada para su tiempo, Lola, desde su juventud hasta su muerte, militó en las filas de los partidos de la izquierda, pero también fue amiga de Agustín Yáñez, Ernesto Flores, Paula Alcocer; se carteó y recibió elogios del maestro y poeta tapatío Enrique González Martínez, y conoció y admiró a Lázaro Cárdenas. Como escritora de cuentos tiene un lugar, si bien recatado, en la historia de la literatura de Jalisco. Como luchadora social ocupa un renglón de luz en el periodismo estatal. Lola Vidrio nunca se dejó vencer y se sintió orgullosa de ser comunista. Ahora, casi quince años después de su partida, la recuerdo vivaz, inquieta, dispuesta como siempre a descargar improperios contra quienes han convertido este país en una patria donde subsisten en la miseria más de cincuenta millones de mexicanos, ante la indiferencia de sus propios gobernantes.

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