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Jueves , 21.06.2018 / 04:15 Hoy

La Feria

La Guadalajara de Ramiro Lomelí

Jorge Souza Jauffred

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En 2009 apareció un libro de poesía que merece ser leído: Antes del principio, después del final, de Ramiro Lomelí (1965). Una especie de antología de su obra, editada por La Casa del Mago, la editorial que dirige Hermenegildo Olguín con mucho acierto. El libro incluye un largo poema a Guadalajara titulado La quinta fundación, dividido en 45 fragmentos de prosa poética.

Pocos autores como Ramiro Lomelí han sabido decirnos qué es esta ciudad hermosa y destrozada. El texto en cuestión es un canto de amor y también de desencanto, que revela los sueños y las heridasde la urbe. Su presencia, sí, pero también la certera lentitud con que la historia la cubre y la desnuda, alternativamente,frente a nuestros ojos.

Pregunta Lomelí: “¿Por qué habría de glorificar a esta ciudad, a estos hombres que nadan dentro de sí como peces sordos, a esta que exhala rezos cuando se ve en el espejo, vacilante con sus propios demonios, orgullosa como estatua descalza?”

La respuesta es obvia: el amor amanece en la palabra del poeta; su cariño filial va descubriendo la belleza escondida en paredes y parques, en ventanas y árboles, para dejarla ahí, ante el lector. Los cuadros, las imágenes, reflejan este descubrimiento y su pérdida. Escribe: “Hay una catedral de luz —y no es metáfora—, detrás de los oscuros árboles […]; escucho el sonido de sus campanas cuando la nombro. No entro a ella, no la toco; ya habrá tiempo,[…] Ahí la dejo intacta, a la catedral; y el aire la lleva a otro lugar, ya polvo”.

Otra imagen de tantas: “Los viejos edificios —habitados de luz— tienen cimientos de carbón. Por la noche resisten la peor tormenta del vacío. Sus muros manchados de ecos amanecen quietos. La calculada vejez de las palomas, el peso del silencio, el olor a escaleras solas, todo vaga y anida en ellos. Ahí están, con sus ventanas que tiemblan y la piedra que gravita unida al mundo”.

Las palabras de Lomelí están cargadas de amor a su ciudad, sí, pero también de cierto sutil dolor que surge de la conciencia de la pérdida cotidiana. El poeta sabe que el tiempo arrasa calles y paredes; que Guadalajara se fuga hacia otra identidad lejos de su raíz primera. Tras las cuatro fundaciones de la urbe, una quinta ciudad emerge entre el tráfago y el silencio. El poema nos muestra que las palabras son insuficientes para retener el tiempo, la vida y la ciudad que se pierden poco a poco en el pasado.

No recuerdo que nadie, en los últimos años, haya escrito un poema tan extenso —y con tantos renglones certeros— dedicado a Guadalajara. Como en muchos otros casos, el editor —Hermenegildo Olguín— acertó. Lo había hecho también al publicar varios libros de Luis Sandoval Godoy, uno de los autores mayores de Jalisco; de Ramón Gil Olivo, la antología Poetas de Jalisco, y otros. Guadalajara merecía reflejar su rostro, entre bello y desgajado, en un poema.

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