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Sábado , 20.10.2018 / 08:55 Hoy

La Feria

Gutiérrez Vega, una marca indeleble

Jorge Souza Jauffred

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A la memoria de Lucinda Ruiz”

Hugo Gutiérrez Vega, poeta, hombre del teatro, diplomático y periodista cultural tapatío murió el 25 de septiembre, hace dos años. Su deceso, como su vida, es un ejemplo para quienes seguimos su trayectoria y nos acercamos a la cálida sombra de su mano.

Nacido en Guadalajara en 1934, consideró a Lagos de Moreno como su segunda cuna. Ahí vivió su infancia, al lado de esa abuela a la que, años después, dedicaría aquel poema inolvidable: “Para la abuela, que hablaba con los pájaros creyéndolos ángeles”; en él, escribe: “La abuela abría las puertas de la mañana; / entraba el sol por el balcón cerrado / y un rayo se pegaba a sus gafas solares”.

A Hugo le encantaba repetir, en cualquier foro, ante cualquier amigo, que ella le decía: “Ay, mijo, el que nace para maceta no pasa del corredor”. Y sí, aceptaba, “nunca he pasado de ser maceta del corredor de mi abuela”.

Fue ella quien, al salir de una misa dominical, señaló al boticario del pueblo, a “don Panchito”, y le dijo que era quien escribía los poemas que Hugo, a sus ocho o nueve años, ya memorizaba. Ese farmacéutico era, por supuesto, Francisco González León. Tan pronto el niño vio a aquel hombre vestido con pulcritud, apoyado en su bastón y tocado con bombín, corrió hacia él, se le acercó y lo encaró: “Señor ¿es cierto que usted es poeta?” Y aquel hombre mayor, serenamente, le puso la mano en la cabeza, lo miró a los ojos y respondió: “Sí, mijito, pero ya no lo vuelvo a hacer”.

La vida de Hugo fue muy inquieta. Joven, incursionó en el PAN, de donde fue expulsado junto con Manuel Rodríguez Lapuente, por sus ideas de tendencias sociales. Poco después, tras ser rector de la Universidad de Querétaro, otro poeta, don José Gorostiza, entonces secretario de Relaciones Exteriores, lo llevó a trabajar al campo diplomático. Uno de sus primeros encargos fue como agregado cultural en la Embajada de México en Reino Unido, en Londres. Ahí lo visitó, entre otros, su gran amigo José Carlos Becerra, quien tras la visita perdería la vida en una carretera de Italia. Hugo le dedicó una carta donde escribe: “Lo que buscabas era llevarte en los ojos todos los árboles, los ríos, los pájaros que pasaban al lado de tu viejo automóvil y que formaban parte de tu cuerpo.”

De las heridas de la muerte nunca nos reponemos por completo. Cada pérdida deja, en los callejones del corazón, marcas indelebles. Por eso, Hugo, escribe sobre José Carlos: “La vida sigue sin ti, hermano, pero ya no es la misma ni lo será ya nunca para los que te amamos. […] Hablaremos de ti como se habla de esos ausentes dones que un día nos da la tierra y que nos quita con su inocente furia al día siguiente.”

De aquella estancia en Inglaterra, Carmen Villoro recuerda que niña aún, su padre, el filósofo Luis Villoro, los llevó a visitarlo. “Fue la primera vez que vi caer la nieve”, dice Carmen, y narra que, sorprendida, vio salir a Hugo de su casa, como un niño, brincando y gritando, entusiasmado ante la nevada. “Así que eso es un poeta”, se dijo.

Pero Hugo fue más que un poeta. Fue un hombre digno, con una dignidad enorme. Una dignidad que lo llevó a denunciar —sin gritos, sin aspavientos, sin insultos —el saqueo del país realizado a la vista y a veces con apoyo del gobierno, la profundización de la desigualdad, la miseria creciente, el despojo de los bienes del pueblo. Hugo fue un hombre íntegro, solía decir su esposa, Lucinda Ruiz —quien falleció hace apenas unas semanas—. Un hombre digno, agrego yo, que no sólo nos indicó la forma en que puede vivir un poeta, sino también la forma en que debe morir: tranquilo, cariñoso, sometiendo al temor con esa sabia serenidad que algunos afortunados logran conseguir a lo largo de su vida. Hugo mantuvo su humor y su claridad hasta el final.

En fin, el poeta partió y se llevó con él el brillo de su poesía. Ahora ya conoce las respuestas a las pregunta que planteó algún día, en un poema: “¿No terminará nunca la galería del sueño? / ¿Qué hay detrás de este andar sin ver caminos? / ¿Dónde se detendrán nuestras palabras? / ¿En qué cauce se desnudará el aire de la búsqueda? / ¿Y qué vendrá después? / […] “. Hugo tras recorrer “la inútil galería” y dejar en nuestras manos su voz y sus palabras, seguramente está en algún cielo remoto, con Lucinda a su lado, dando su voz a todas las respuestas y compartiendo su generosidad con las estrellas.

jorge_souza_j@hotmail.com

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