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Viernes , 21.09.2018 / 05:18 Hoy

La Feria

A veces, un poema basta

Jorge Souza Jauffred

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Un poema de Enrique González Martínez (1871-1952), entre tantos otros, me atrapa. “Mañana, los poetas” se cuenta, con razón, entre los más conocidos y difundidos. Con él, el maestro tapatío logra una de sus mejores páginas. Y el texto adquiere mayor relieve cuando entendemos que es fruto de la madurez del poeta y de los desencantos que su optimismo forjó durante sus comienzos como escritor.

González Martínez fue un caso; su genio sobrevivió y brilló en el horizonte de las letras. Después de ejercer, de joven, su oficio de médico en pequeños poblados de Sinaloa, decidió seguir el llamado de la poesía y partió hacia México con su esposa y sus pequeños hijos. El mundo de la capital, complejo y dinámico, se abrió para él cuando apenas publicaba sus primeros libros.

El paso de los años lo convertirían en el maestro de toda una generación, un maestro generoso que apoyó a los más jóvenes. Prueba de ello son tres escritoras que vivieron en Guadalajara y recibieron cartas suyas con comentarios positivos y palabras estimulantes: Lola Vidrio, Paula Alcocer y Amalia Guerra. Yo leí algunas de esas cartas amistosas firmadas por el poeta.

En su madurez, don Enrique (así le llamaban) protagonizaría un gesto simbólico de alta magia: al escribir su poema “Tuércele el cuello al cisne” algunos creyeron ver la confirmación del final del Modernismo, movimiento en el que, por otra parte, se inscribía la poesía del maestro. El tiempo se escapaba. El cisne de Rubén Darío había dejado de surcar los cielos de la poesía mexicana para ceder su paso al búho de González Martínez, al sapiente búho: “Él no tiene la gracia del cisne, más su inquieta/ pupila, que se clava en la sombra, interpreta/ el misterioso libro del silencio nocturno”. Escribió el poeta.

Pero, más que estos renglones que marcan los nuevos rumbos, me subyugan los del soneto “mañana los poetas”, porque en ellos reconoce el autor que, pese a la profundidad de la poesía, el misterio –el gran Misterio, con mayúsculas—se mantiene inescrutable; por eso, la ilusión de los poetas del porvenir, de alcanzar esa sombra indefinible, finalmente, se desvanecerá al reconocer las limitaciones del hombre y su palabra. El universo inagotable no otorga sus secretos.

Bien vale la pena transcribir el soneto y, para el lector, repetirlo un par de veces en voz alta: “Mañana los poetas cantarán el divino/ verso que no logramos entonar los de hoy;/ nuevas constelaciones darán otro destino/ a sus almas inquietas con un nuevo temblor.// Mañana los poetas seguirán su camino/ absortos en ignota y extraña floración,/ y al oír nuestro canto, con desdén repentino/ echarán a los vientos nuestra vieja ilusión.// Y todo será inútil, y todo será en vano;/ será el afán de siempre y el idéntico arcano/ y la misma tiniebla dentro del corazón.// Y ante la eterna sombra que surge y se retira/ recogerán del polvo la abandonada lira/ y cantarán con ella nuestra misma canción”. ¡Hasta la próxima!

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