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Domingo , 17.06.2018 / 18:41 Hoy

Acentos

Unidad y continuidad en la UNAM

Jorge Medina Viedas

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En el ranking nacional de septiembre de 2014 al mismo mes de 2015, Consulta Mitofsky registró un descenso casi general en la confianza ciudadana en las instituciones. De las 17 de ellas, solo tres gozan de una confianza alta, y las que tienen el promedio más arriba, con 7.3 de 10, son las universidades.

La UNAM, emblemática de estas últimas, es muy posible que sea una de las que aporta una cuota importante de esa confianza, y estoy seguro de que ésta se basa en un prestigio sustentado en la calidad de sus docentes y sus investigadores, y en sus sólidas manifestaciones culturales.

Buena relación con dicho prestigio tienen que ver la estabilidad y la gobernabilidad que le han dado sus autoridades, el rector, el Consejo Universitario y, por supuesto, la Junta de Gobierno.

El proceso sucesorio del rector José Narro Robles tiene que ser una ratificación de prestigio, estabilidad y gobernabilidad. No es concluyente, pero hasta ahora la mayoría de los universitarios quiere que vaya en esa dirección.

Trato de explicarlo. Con 16 candidatos a dirigirla y una numerosa participación de la comunidad en la consulta, aunque no ha dejado de haber las llamadas "patadas bajo la mesa" entre los aspirantes y a nuestro juicio razonamientos poco consistentes no tanto en la selección como en la depuración de los elegibles por la Junta de Gobierno, de acuerdo con las formas establecidas, el proceso ha sido tranquilo y ordenado.

Esto, pese a que algunos universitarios han señalado que algo más de transparencia le vendría bien a este mecanismo que la universidad nacional se ha dado para elegir a su máxima autoridad (al "jefe nato", de acuerdo con la Ley Orgánica). Básicamente reclaman mayor apertura en el funcionamiento y en los criterios que la Junta de Gobierno toma en consideración para nombrar al rector; transparencia, digo yo, que no debe significar que de la discreción actual de la junta se pase al montaje de una obra seudodemocrática, como en ciertas universidades se ha reglamentado, generalmente cuando el diablo de la política partidista mete la cola.

No es banal el hecho de que prácticamente los aspirantes hayan coincidido ante los miembros de la Junta de Gobierno en que las condiciones actuales de la UNAM son favorables para darle
continuidad a proyectos innovadores en las distintas materias que le atañen, sobre todo aquellas en las que son notorios sus avances.

Se parte de la idea de que todo está bien y que lo que sigue es innovar sobre lo que se ha construido en los últimos años. Fue la idea dominante entre todos los rectorables, lo cual puede interpretarse desde varias perspectivas: mantener y compartir un catálogo común (con matices distintos en cada uno, lo cual es explicable) de conceptos, principios y visiones acerca del presente y el futuro de la universidad levantan una barrera de defensa y de protección ante los adversarios de la autonomía de la UNAM. No se trata de una coincidencia artificiosa. Es, como se dice, reflejo de desconfianza por los ataques de que ha sido víctima.

Asimismo, no se debe perder de vista que las fuerzas políticas internas con mayor influencia, desde 1968, tácitamente han establecido una especie de pacto que consiste en el respeto irrestricto a la institucionalidad de la Rectoría; a quien ocupe el cargo se le apoya independientemente de sus orígenes políticos e ideológicos, pero al mismo tiempo que se respeta su investidura se le exige preservar los valores esenciales de la universidad nacional: pública, autónoma, laica y gratuita.

El hecho es que estos principios canónicos, aunados a la unidad y la continuidad, son legados que heredan los rectores de la UNAM. Puede ser una fortaleza, cuando la continuidad eleva estos principios al más alto nivel intelectual y académico a partir de su vocación crítica; una debilidad, si la continuidad se allana al conservadurismo que haga decrecer su prestigio y la encierre en la mudez, el conformismo yel sometimiento al statu quo.

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