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Domingo , 19.08.2018 / 12:54 Hoy

Cartas de América

Recuerdos pa´l perro

Jorge Luis Fuentes Carranza

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De niño fui muy aficionado a los gatos, tuve varios. La más importante, sin duda, fue Poncharela; le siguieron Robertina, Poncharelo, y al final, Lápiz, ya en la universidad.

Un buen tiempo estuve alejado de las mascotas, requieren tiempo, dedicación, afecto y algunos gastos, ni siquiera cruzó por mi cabeza durante unos diez años.

Pero en el 2013, en una navidad en el Ajusco en la casa de un tío que comenzó su linaje de labradores con el famoso Niger, me hice de una nieta de éste: Gala. Pensé que sería el regalo perfecto para mi entonces novia, Nelly.

Y lo fue, pues tiene un amor natural y espontáneo por los perros, como lo tuve alguna vez por los gatos. Pero su mamá no pensó lo mismo, tener una perrita que iba a crecer en su casa de inmediato fue una opción cerrada.

En vista de ello, me tocó encargarme de Gala, una labradora negra que se apegó a mí de una forma que jamás vi en los gatos, quienes son independientes y desapegados.

Así conocí algo extraordinario: el gran vínculo que se crea entre un perro y el ser humano a quien protege.

La gran comunicación que establecen con el ser humano hace evidente que entienden mucho de quienes somos, identifican rasgos, horarios, olores, sonidos, humores, voces y sus tonos, compañías, lugares y mucho más que sin duda se nos escapa a los humanos.

El simple hecho de tener compañía en varios de mis viajes entre la Ciudad de México y Huauchinango, entre la misma ciudad y sus largos traslados, mis visitas de trabajo en ese año a Pahuatlán, y hasta caminar con ella en el centro histórico de la capital o en las calles de Huauchinango, hizo que me sintiera, de la noche a la mañana, en el ser más perruno que jamás imaginé.

Conocí un mundo antes inexplorado, identifiqué el gran valor que toman estos seres extraordinarios en la vida de alguien que goza de su presencia; y junto con Nelly, entendí la importancia de que ellos, también se sientan acompañados por nosotros, que la soledad es una tortura, que no pueden afrontar con otra ocupación, como nosotros.

Por lo cual, decidimos adoptar a uno de los varios perros de la calle que habitan Huauchinango, así llegó el Güero. Encontrado por Nelly en la banqueta de la casa de una prima, sin más, lo subimos al carro y lo hicimos parte de nosotros.

Bastó un día para que aquel animalito acostumbrado a su libertad, se decidiera por nuestra compañía y la de Gala. Gerardo, el veterinario, lo puso en forma en todas sus vacunas, le dio un baño y le pasó el bisturí.

Así, crecimos de una a dos presencias caninas, el doble de todo: correas, collares, vacunas, baños, plaquitas, casa, cobija, paseo, limpieza, comida; pero también de recibimientos felices, lamidas, ladridos de exigencia, brincos y pelos regados o adheridos a la ropa.

Ellos de inmediato se hicieron uno, entendieron que estaban para cuidarse, seguirse, lamerse, compartir el piso o el sillón, el asiento de atrás del carro y las caricias o el juego con Nelly y conmigo.

Cuando Nelly y yo nos casamos, ellos también. Una costurera les confeccionó a cada quien la ropa adecuada: vestido blanco con velo para Gala y smoking con sombrero de copa para el Güero, lucían mejor que nosotros.

En apariencia todo iba bien, sólo ellos sabían que no. Una ocasión la Gala se voló la barda y pasó la noche con el Rocky, un dogo argentino muy fortachón. El vecino aseguró que nada había pasado, pero no fue cierto: dos meses después la casa se invadió de nueve labradogos.

Alguien debió haberle dicho al Güero sobre el verdadero padre de los “Galitos”, pues nunca quiso estar con ellos, los rechazaba en todo momento.

Entendimos y sufrimos en carne propia un gran martirio más allá de los cuidados que necesitan: asegurarnos de que tuvieran un buen hogar.

Así, los fuimos entregando: la Cindy a Miguel, mi amigo; Perseo se fue con Memo, también amigo mío; la Gala Jr con Mario, ahijado de mi suegro; Max con Daniel, hijo del vigilante de la colonia; el Rey Arturo con Mario, así como Benita con Víctor y Frida con Alejandro, amigos chilangos.

Y como no hubo quién se rifara con el Collarcito quien terminó siendo el Morocho, y con la Gemela, a quien el Güero se adaptó, pues ampliamos nuestra camada y ahora, contra toda recomendación, tenemos cuatro perros.

Como aún no llegan los hijos, pues tenemos perrihijos, y con hijos, pues los seguiremos teniendo, son maravillosos; incluso, con más espacio y tiempo (el que siempre nos limita para estar con ellos), juro que ampliaremos más nuestra manada con perritos sin hogar (pues los nuestros han sido esterilizados), hasta donde tope, si un día llega a su tope.

Y de pasada y dentro de nuestras posibilidades, continuaremos rescatando perritos de la calle y encontrando en dónde vivan tan felices, como Gala, Güero, Gemela y Morocho, nos hacen a nosotros.

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