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Viernes , 19.10.2018 / 03:15 Hoy

Cartas de América

La guerra del odio, un arma falible

Jorge Luis Fuentes Carranza

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La felicidad de la que goza Álvaro Uribe no tiene precio, ni él se la creyó. Como nunca se cree las cosas la izquierda, cuando más cerca las tiene... las deja ir.

Hace tan sólo cinco años nadie imaginó que en un domingo de octubre de 2016 se decidiría tan claramente el futuro de Colombia y de la "última guerra" de América (acompañada de la mexicana, que por no llamarse "guerra", creen que no arroja miles de muertos cada año desde su comienzo).

Aunque no podamos decir que Juan Manuel Santos es de izquierda, ya que claramente no lo es, sí está decididamente a favor de lo que puede estar como ser humano en una sociedad medianamente sana: la paz.

Por una motivación política o una convicción de vida, el presidente colombiano buscó desde su primer día en el cargo un arreglo al conflicto armado que ha costado más de 240 mil vidas en su país, desde hace 52 años.

Lo que no es poca cosa, quienes viven en las zonas de mayor conflicto lo saben, aquéllos que han sido víctimas directas o colaterales también, por eso votaron por el "sí" abrumadoramente (https://goo.gl/DnsO5q).

Otros, no lo entienden, no lo viven, no lo saben, no lo sufren.

Entender que hay quienes pueden pensar diferente, y a partir de ahí, imaginar una sociedad desde una óptica distinta, como lo hicieran las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) cuando en 1964 decidieron luchar por un Estado socialista en Colombia, es sumamente complejo; no es fácil pensar que haya personas cuya finalidad en la plenitud de su juventud sea ubicar su vida en función de una utopía que la reciente historia del siglo pasado hace pensar que nunca será posible.

Sin embargo, sucede. Tanto en Colombia como en Argentina, Cuba o México, hubo, y hay, convencidos de dos cosas, a la marxista: 1) El socialismo como la mejor forma de vida para nuestra sociedad; y, 2) La única vía hacia él, son las armas.

Desde ahí, poco puede reprochársele a los integrantes de las FARC, cuando alguien está determinado, por convicción e inspiración en su gente, a tomar las armas y poner su vida delante, solamente una convicción distinta e igualmente valiente, se le puede oponer.

La misma convicción que acompaña (desde su perspectiva) a la derecha de aquel país, que determinó ganar por poco, muy poco, pero ganar, el plebiscito.

Sus armas son distintas, están determinadas por su falta de valor. Ellos, se acompañan en su luchar de la mentira, del odio, la calumnia. Pero así juegan, eso no es nuevo. Dicen que en política no hay sorpresas, sino sorprendidos.

Ese método para jugar en el terreno político es el que llevó a miles de jóvenes en toda América Latina a la montaña en aquéllos años: desde las FARC; los Castro en Cuba; el Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua (actualmente en el poder); el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (hoy en el poder, también, de El Salvador); Sendero Luminoso en Perú; Montoneros en Argentina; los Tupamaros del Uruguay; o la liga 23 de septiembre en México; entre muchos otros movimientos armados en el continente.

Ellos, en la mayoría de los casos, fueron derrotados; otros, asumieron acuerdos que eventualmente los llevaron al poder por la vía democrática, no la de la imposición que un arma permite, sino la que un voto proporciona.

Ese es el camino que las FARC imaginan hoy en Colombia, el convencimiento que tienen sobre su causa los lleva a plantearse las urnas como un destino efectivo hacia el planteamiento que defienden; tal cual como lo puede hacer la derecha llena de adjetivos, invadida ella misma por el miedo que pregona, que le impone una oligarquía mentirosa, pero con el "no" a su favor.

Así es la dinámica, debemos entenderla si se pretende no solamente participar, sino ganar. Ellos (la derecha reaccionaria) juegan así, no es nuevo; son manipuladores del miedo, su mejor arma, cargada de mentiras y falsas verdades, listas para usarse a la menor provocación que se presente a su sistema.

Un sistema desde el que aspiramos a triunfar, el que está sobre la mesa, no hay otro por ahora y en ése debemos poder, de lo contrario, resignémonos a perder.

Hay que tomarlo con la responsabilidad que tienen las historias de quienes han puesto su vida en el camino; no es un asunto fácil ni que deba someterse a una elección sujeta al humor individual de una sociedad manipulada.

Se dice y piensa sencillo, pero en el camino hay muchas historias que invitan a pensar en un mundo distinto, uno en el cual haya menos desequilibrios entre unos y otros y más capacidad para entendernos entre desiguales y distintos.

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