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Cartas de América

Ayotzinapa continúa, crece y estalla

Jorge Luis Fuentes Carranza

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“Lo que queremos es que estudien bien y saquen buenas calificaciones”, eso dijo el entonces gobernador de Guerrero, Zeferino Torreblanca ante medios de comunicación, que lo cuestionaron por la utilización de la fuerza pública para atender el conflicto estudiantil sucedido por la tentativa de su secretario de educación de reducir la matricula en la escuela normal rural de Ayotzinapa.

La matrícula escolar de Ayotzinapa era de 535 alumnos, son algunos “privilegiados” que a diferencia de los 107 mil 672 niños de cinco a 14 años de edad en el estado, sí asisten a la escuela. Esta escuela rural es una sobreviviente, en el país ya sólo quedan 16, cuando Lucio Cabañas egresó de allí, había 28.

Esas líneas reseñaban un conflicto continuado desde los años 60 en Guerrero.

Para 2011, en el estreno del nuevo gobierno del PRD (mi partido) en la entidad, fueron muertos por policías estatales, dos estudiantes producto del mismo conflicto: una batalla a veces sorda y otras tantas violenta, contra uno de los pocos semilleros de mexicanos organizados y críticos del sistema político y económico mexicano.

La elevación de la barbarie contra los estudiantes cuyas características son altamente incómodas para el poderoso común de nuestra política, llegó el 26 de septiembre. Como en todo el mundo sabe (no es frase común, es literal), en el municipio guerrerense de Iguala (cuna de la bandera nacional) fueron ultimados seis estudiantes y desaparecidos 43.

Las revelaciones sobre su paradero comienzan a ser públicas cada vez con mayor claridad: se puede presumir a partir de las declaraciones, que fueron también asesinados, como los primeros seis, con un grado mayor de crueldad, propio de salvajes.

A este caldo de cultivo hay que sumarle la unión formal y de hecho, del gobierno con el narcotráfico, lo que permitió imaginar (y parece que aún lo permite) impunidad en este crimen de lesa humanidad.

La descomposición de nuestro Estado llegó a tierra, la situación apremia serenidad, reflexión y acción, no por parte de quienes lo dirigen, sino por quienes lo sufren. Aquellos están perdidos en una maraña de intereses directos e indirectos que les nublan el horizonte; en cambio, para estos, la perspectiva es clara: no existe, hay que crearla.

Ante tal situación es lógico el establecimiento de un conflicto que apenas comienza, la matanza de Iguala prevé el inicio de una revuelta, cuya escala es imprecisa, pero su duración será larga.

No hay que ir lejos en el tiempo para recordar como inició el conflicto oaxaqueño a finales de 2005, que mantuvo una preocupante vigencia hasta 2006. Las similitudes son varias, Oaxaca como Guerrero, son junto con Chiapas, los tres estados más rezagados del país, en donde las condiciones de pobreza, contrarias a su riqueza natural, son la constante, son el común denominador en la población. Ahora como en 2005 en Oaxaca, se ha originado un conflicto que en el fondo es magisterial, con la atenuante de la participación estudiantil que aspira a ése grado, y la ya señalada participación de un narcogobierno; y como en aquel estado, no han faltado, ni faltaran organizaciones que vean en este problema, un medio para buscar con su solidarización, que también se vean resueltos sus problemas, o por lo menos manifestar su inconformidad.

El caldo de cultivo para un conflicto de dimensiones mayores esta dado, la amenaza del Ejército Popular Revolucionario de sumarse con sus métodos a las demandas es preocupante y más si se trata de atender un conflicto ocurrido en el estado donde nació como organización.

Fue en diciembre de 2007 cuando publiqué “Ayotzinapa: continúa y crece” (http://jorgelfuentes.blogspot.mx/2007/12/ayotzinapa-contina-y-crece.html), -de donde rescato algunas líneas que a esta distancia en el tiempo, son vigentes-. Siete años después, dicha continuación y crecimiento, ha terminado en un estallido con 43 familias viviendo un martirio inimaginable. Pero además, la indignación y solidaridad insólita de estudiantes y mexicanos de todo orden en todas las ciudades capitales de México.

México está indignado, porque México es indigno. Y la solución no recae en la clase política, que como mencioné, no puede, y menos quiere. La salida de un gobernador que se va como llegó la primera vez, no resuelve nada lejos de un conflicto de partido. El sistema está encerrado mirándose el ombligo, pero dispuesto a quedarse tal cual estaba antes del 26 de septiembre.

La solución se encuentra en la capacidad que tengamos los mexicanos para forzar al régimen priista recién retornado, a virar de inmediato y vertiginosamente en todos los aspectos: político, militar, económico y social. De lo contrario, tendrá que caer.

Twitter: @Luentes

luentes@gmail.com

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