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Lunes , 10.12.2018 / 03:20 Hoy

Agua de azar

Un lector

Jorge F. Hernández

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Inadvertido, el lector deambula por los pliegues de la realidad circundante, navegando en prosa ajena las aventuras de personajes inventados y la trama de un nudo que él mismo se inventa todos los días al salir de casa y fingir que asiste a la cuadrícula tediosa de una oficina. El lector vuela entre diálogos callados y puntos suspensivos, gira a la derecha en la calle que coincida con el final de un párrafo y solo alza la vista cuando cree que puede atropellar el paso de un mendigo o acercarse demasiado al abismo de una banqueta inesperada.

Sea libro o periódico, el lector de esas líneas no puede creer que lo inverosímil se ha vuelto verificable: la demencia sutil que se filtra en la saliva de los que se creen sabios y la descarada alevosía con la que intentan imponerse los machos de distintas manadas; la indecible distancia que lo separa de un solo abrazo y el silencio apabullante de todo lo que quedó pendiente; la sinrazón de la vehemencia y el sosiego de los impunes… pero el lector prosigue en su deambular y va hilando en silencio las páginas que podrían conformar un desenlace, una salida del hoyo negro que le permita abrir mañana mismo otro libro, empastado en cuero, con páginas en blanco que serán lentamente redactadas por él mismo al intentar una nueva ruta, abiertas las alas, en vuelo y entre nubes, levitando por encima del resto de la población que lo rodea sin que nadie repare en que el lector ha alzado el vuelo y pretende leerse a sí mismo en un nuevo cuento donde todo se resuelve en tinta: Ella decide borrarle el tiempo y se le aparece en pleno vuelo, Él encuentra el tesoro escondido entre los escombros de un edificio caído y logra sanar las deudas que lo tienen atado a la bufanda como un dogal de lana verde y entre los dos navegan a un secreto refugio en la montaña más cercana a la ciudad para ver desde una terraza cómo se acomodan nuevamente las millones de hormigas que constituyen el nuevo orden del desasosiego sin música.

Apartado en un rincón, donde él imagina que habita un suspiro con Ella, el lector desconoce la soledad con la que se calienta las propias manos y escribe en los márgenes la pauta para una novela que lleva años cocinando en su cerebro, un óleo de siete tintas que no se atreve a escribir porque sabe que de hacerlo irían apagándose las estrellas una por una y cabalgarían sin rumbo los espectros de sus muertos más entrañables y se sentirían lastimadas las personas que no merecen confundirse entre tanta gente. El lector sólo raya los márgenes hasta que se anima a retomar la lectura del párrafo siguiente y decide bajar para subirse al Metro y recorrer una línea de principio a fin sin que nadie repare en que va leyendo lo que mira, completando la redacción de la tipografía con lo que escucha hasta quedarse dormido y ya, en la absoluta desolación del andén vacío, subir a la superficie de las calles para hundirse en sí mismo, el monólogo hipnótico con el que intentará navegar la madrugada sin explicaciones ni placebos. Intentará evadirse de la posible explicación de tanto enredo y de la ira ensalivada de los nuevos vengadores, intentará caminar sin ser imaginado y recorrer absolutamente todas las calles donde caminaba de niño… hasta que se le acaben las páginas y llegue al último párrafo de su vista cansada con la íntima satisfacción de haberse escapado de tanta necedad, allá donde los demás transeúntes pasan embozados sin mirarle, entre neblina cálida de silencio y soledad, sin el sabor amargo del griterío y las ilusiones impostadas.

El lector no se anima a cerrar su libro y quisiera volver a leer la primera página como si fuera el amanecer sin saber que sobre su cabeza levita el ominoso dedo índice que lo señala como personaje potencial de un poema portentoso o el indicado fantasma para deshojar hoy mismo un pequeño relato sinsentido, locuaz y supuestamente imposible en el que el Lector se anima a escribir él mismo su decurso y travesía, su recorrido por la Nada como lectura y solaz para una digestión más o menos suave entre tanta confusión y constelación. El dedo omnisciente lo ha de llevar por la página en blanco para salvarlo de veras y mantenerlo más o menos protegido de todo daño y así, salvarlo del fango de los tiempos, los golpes de la vida, las liendres y sus redes, los colmillos y las garras o la simple mirada aplastante de los demás. Al hacerlo, el Lector se leerá a sí mismo y en el espejo de su propia prosa quizá sea capaz de liberarse —al menos para un jueves— del inmenso problema de no saber de qué escribir.

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