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Agua de azar

Triple salto mortal

Jorge F. Hernández

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El altar de la Patria se ha convertido en un monolito de cemento, ahora habilitado como parapeto o plataforma para los clavados: por un lado, la utópica demencia al viejo estilo del Tibio, que promete piruetas imposibles y culminará en un panzazo estruendoso al ritmo de La marcha de Zacatecas; en segundo lugar, el niñato que no precisa gorro (por el corte a la brush) que pretende engañar al jurado con un Cristo que, al contacto con la superficie, acaparará en despilfarro todas las olas para su provecho, y en tercero, el clavadazo que intenta limpiarse el cuerpo de agua sucia estancada desde hace décadas con una toallita húmeda. Hay quienes reclaman la participación de un cuarto, pero ése ya nada en el estercolero que se arremolina en la cubeta diminuta en la que finalmente se hundirán los cuatro y sus millones de votantes.

Dependiendo de los goles mexicas en el Mundial de Rusia, las condiciones climáticas o un milagro en 4K sobre la cima de un cerro virgen, todo indica que el encanecido clavadazo en la nostalgia nacionalista y revolucionaria pretende salpicarnos a todos —como un simbólico bautismo evangélico, mientras se escucha al fondo la voz de su musa cantando himnos trasnochados—. Volverán entonces las oscuras golondrinas de los honores a la bandera, tomando distancia con el brazo extendido como falange, la recitación lacrimosa de la biografía de Juárez en verso rimado y mucha propaganda triunfalista al son del Huapango de Moncayo. Volverán a desfilar los niños neorrevolucionarios con su paliacate al cuello en desfiles presididos por el Caudillo en alazán tostado, entre una fila de tractores nuevecitos; volverán los convivios con agua de chía y rebozos tricolores como adorno a los discursos de cuatro o seis horas de duración (no solo por las palabras, sino por las pausas) e iremos soportando cada nueva devaluación con el estoicismo y abnegación que acostumbrábamos en el pretérito, pues todo indica que —de lograr su triple salto mortal con castigo al chico— con el canoso profeta del clavado entre los clavados de los clavos que nos han de clavar, se volverá a una época de censura proletaria, represión de la libre expresión y control vecinal de la opinión personal.

Más de lo mismo, pero con guirnaldas al cuello y flores sueltas como de monja coronada; ecos de aquel PRI que se abrazaba agarrando los codos del líder sindical o del empresario o del rival político, acerándole la mejilla en una sonrisa de mono de Rius. ¡Ah, los castillos de juegos pirotécnicos y la luz de los fuegos artificiales como tenue iluminación para todas las transas que se cuajan en lo oscurito! Alegrías y esquites, chinampinas adornadas y la banda toca dianas; venga mi mariachi loco y los jaraneros como palomos revoloteando entre la ilusionada esperanza una vez más engañada por las promesas imposibles, mientras el Supremo se instala en la Silla, sin oír ni mucho menos escuchar a los demás, sobre todo a los que ya se le hincan para besarle la mano, celebrar las ocurrencias y solapar las mentiras o mentiritas, maquillando el pasado que emplasta entre las arrugas: los himnos que compuso y cantaba entre palmeras, los pozos de petróleo como fuentes brotantes del espejo negro de Tezcatlipoca, las marchas de codo con codo, de frente a los granaderos que te rompen la frente para honra del currículum, las inesperadas ganas por operar presupuestos, lanzar obras públicas como vehículo para el provecho inauditable, los fajos de billetes con ligas, los resucitados del oprobio, renacidos de antiguas purgas, la hermandad bolivariana, el embeleso por rescatar al totalitarismo de guayabera blanca, el dedazo hasta en la sopa de frijol y el fantasmón de los héroes impolutos elevados una vez más al pedestal de cemento desde donde se lanzan ahora los clavados a la Nada, directamente a la cubeta diminuta rebosante de ese champurrado de olorosa espuma burreada que por mínimas razones de higiene no conviene describir en estas líneas.

jorgefe62@gmail.com

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