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Lunes , 18.06.2018 / 16:29 Hoy

Agua de azar

Somos escritos

Jorge F. Hernández

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Una cosa es la imperdonable improvisación con la que algunos funcionarios que se creen políticos quieren convencerse a sí mismos de sus labores, y otra, muy diferente, es la magnífica explosión de incierto rumbo que surge de pronto sobre la página en blanco en cuanto el escritor decide cambiar la ruta de una aventura con un punto y aparte. Hay improvisación ejemplar y envidiable en los desconocidos senderos por donde Miguel de Cervantes de pronto hace explotar la andanza del Caballero de la Triste Figura, y en una inolvidable conversación con Antonio Muñoz Molina he de tatuar como enseñanza indeleble los minutos eternos durante los cuales me demostró que también hay sana improvisación —inesperada y alejada de toda premeditación— en la ballena blanca que escribiera para eterna navegación Herman Melville.

Vivo deseando la improvisación instantánea de cada día, la ocurrencia que se conjuga en un juego de palabras o en la rara sincronicidad que cumplen de pronto los números capicúas o los palíndromos accidentales, los encuentros del azar y los desencuentros por pocos segundos. Es un deseo más o menos generalizado en cada lector el fino hilado de la improvisación con la que se van armando los párrafos de un cuento, inversamente proporcional a la decepción que nos causa notar la improvisación en cualesquier actividad que se sale de partitura: el carpintero que no logra embonar su ebanistería con las medidas tomadas, el mesero que añade cátsup a la sopa que el cocinero intentó fuera de tomate puro o el empleado que inventa justificaciones innecesarias para un error.

A contrapelo de las actividades donde pactamos en silencio con las ciencias exactas, la literatura en todas sus formas parece crecer en su atractivo con el accésit de la improvisación que nos sorprende todos los sentidos. Hablo de las sorpresas que se esconden tras un punto y seguido o la tensión dramática que es capaz de causar un trío de puntos suspensivos, la respiración en vilo por culpa de un punto y coma o el enigma inevitable del capítulo que sigue al de la despedida en un andén, con neblina, cabellera al vuelo y una lágrima que se confunde con la lluvia. Hablo de la palabra que ya no pronunció un par de labios entrañables o la mirada que se queda en la memoria como una luna en el agua; el paisaje que parece saberse de memoria y las calles recién llovidas de flores secas, hojas ocres y una ligera brisa que se improvisa como poema sinfónico del silencio.

Sobre todo, intento con estas líneas honrar la improvisación personal de quien vive cada amanecer como una pliego de papel inmaculado, a redactarse en veinticuatro párrafos de sesenta líneas cada uno. El agua del azar y el hilo de las circunstancias ha de permitirnos intercalar la puntuación necesaria: los signos de interrogación que apuntalan la posible comprensión de un todo o nada, los signos de admiración que siempre suscitan los más jóvenes y sus constantes novedades y esas comillas que son citas donde nos apoyamos todos para fundamentar una opinión, ensayar una idea o relatar con la saliva debidamente ecualizada el decurso de un buen chiste, el teatro de los chismes sabrosos o simplemente las mil y una historias que no merecen caer en la amnesia y que, por ende, intentamos narrar de viva voz, en murmullo o en tinta.

Al despertar cada mañana —no necesariamente luego de un sueño tranquilo—, hemos de sentir esa feliz confusión de sabernos redactores del destino particular de nuestra biografía, quizá con la gratitud por la renovada oportunidad de volver a redactarnos y con el afán empeñado como punta de pluma fuente, pero al mismo tiempo hemos de despertar al maravilloso ensueño de que hasta ahora no hay nadie que pueda desengañarnos de la posibilidad de que cada madrugada alguien formula, en una caligrafía desconocida, el siguiente párrafo de nuestras vidas, el tamaño de su tipografía, la gracia de sus desventuras y la materialización feliz de algunas minucias que se parecen tanto a la felicidad. Todo ello para intentar poner en tinta que el afán diario no es más que una correspondencia callada con un interlocutor que a menudo se aparece en los espejos y que con solo mirarnos nos recuerda que somos escritos.

jorgefe62@gmail.com

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