• Regístrate
Estás leyendo: Separados por una lengua
Comparte esta noticia

Agua de azar

Separados por una lengua

Jorge F. Hernández

Publicidad
Publicidad

Hay quien adjudica a José Emilio Pacheco una anécdota que, al parecer, vivió Alfonso Reyes: uno de los dos llamó al concièrge de un hotel en Madrid para informarle que “se había desconchinflado la llave de la tina” de su habitación y a cualquiera de los dos no se le hizo caso hasta que se aclaró que “se había estropeado el grifo de la bañera”.

Así como George Bernard Shaw (u Óscar Wilde) afirma que Inglaterra y Estados Unidos son “dos países separados por un mismo idioma”, así también cualquier hispanoamericano puede descubrir que en España a menudo nos oyen con subtítulos, así como en América leemos ediciones españolas a las que parecen faltarle pies de página (y a veces, ni pies ni cabeza). No pocos parientes guanajuatenses han provocado exabruptos en cafés y bares de Madrid al intentar curarse la primera cruda de un viaje turístico pidiendo “una polla con dos huevos” en la barra y a plena luz del día y de retro, más de un peninsular se queda mudo ante la ilusión que genera en Hispanoamérica “la polla acumulada” de cualquier sorteo o lotería; ha tiempo, el incauto mexicano que llegaba a la Complutense no sabía si el “chocolate” que ofrecían en la puerta del Metro era para desayuno, y al descubrir que era “hachís” aumentaba la confusión informándole al dealer que en México le llamamos “churros”. Como para completar el desayuno.

Por estos días ha renacido el debate sobre el idioma que nos une y separa en ambos lados del Atlántico. La mar en medio, como dice el poema, se ha metido en Netflix y en la versión española con la que proyecta en España la película Roma de Alfonso Cuarón. Estoy a la espera de quién sabe qué para escribir sobre esa obra de arte, pero aprovecho la polémica para dedicar estas líneas al tema porque tiene aristas interesantes. En primer lugar, a 500 años exactos de la llegada de Hernán Cortés y sus compañeros a lo que llamaron la Nueva España, hay que subrayar que seguimos sin conocernos bien del todo en ambos cabos de esa cuerda y que en España usen la palabra tiza de origen náhuatl para denominar al gis (de origen árabe y francés) solo denota que nos quedan miles de horas de luenga sobremesa para hablar de lo mucho que desconocemos entre la geografías del español. Es evidente que las partes del guión de Roma donde se habla en mixteco aparezcan con subtítulos aquí y allá, pero que Netflix haya decidido subtitular el español de México para que dizque se entienda en Albacete apela a una rara forma del desprecio, colonización o imposición, que emana no más que de la ignorancia mutua que también nos une: una tortilla es una cosa en México y otra, en Burgos o Sevilla aunque en ambos casos es redonda; un tortazo a puño limpio no tiene nada qué ver con una deliciosa Cubana con todo y aguacate, pero no se necesitan letreros para que los interlocutores lo entiendan.

Es muy notable la ultradependencia española del doblaje en la mayoría de las salas de cine peninsulares, a contrapelo de la maestría con la que generación tras generación de mexicanos dominan el bello arte instantáneo de “ver y leer una peli al mismo tiempo” en un inmenso espacio donde hay regiones que quizá entiendan mejor el inglés que el propio español de diccionario. Es aún más enredado el tema si ampliamos el espacio a los problemas que tenemos los mexicanos cuando pedimos crepas de cajeta en Buenos Aires o cuando escuchamos a un colombiano hablar de un pendejo en la oficina o cuando tenemos que aclararle a un peruano que un pinche trapo no se refiere a un “ayudante de cocina” cualquiera, pero con sólo concentrarnos en el espejo trasatlántico que refleja y refracta las muchas caras de España y México ya tenemos savia y saliva para que el asunto no sea baladí y se vuelva incluso motivo de grandes disputas.

El lío que despierta decirle a un español de boina y barba recrecida que lo invitas a cenar a “su casa” no debe volverse irascible, así como esto de los subtítulos de Roma tampoco debe nublar la ecuménica belleza de una obra de arte que se entiende incluso sin audio… o sin imagen, como ha escrito un crítico japonés que realizó el ejercicio de “escuchar” Roma para así poder verla en colores. El propio Alfonso Cuarón ha puesto el mejor ejemplo para acabar de una vez por todas con la gilipollez de los subtítulos o la pendejada de no poder entender las novelas de Alfaguara que no intentan vender en Tlalpan: así como no necesitamos subtítulos para entender las películas de Pedro Almodóvar, así también no me vengan ahora con que era necesario escribir “se puede enfadar mamá” cuando acabamos de escuchar que “se puede enojar”; no me vengan con eso y más en esta España que siempre entendió (e imita en más de una discusión parlamentaria en las Cortes) el sublime lenguaje de Cantinflas.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.