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Domingo , 24.06.2018 / 12:03 Hoy

Agua de azar

Pingüino de crucero

Jorge F. Hernández

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En España le llaman paso de cebra a los cruceros peatonales y a la necia inquietud de la imaginación le da por evocar en silencio una canción de Sabina o Serrat que honra el milagro diario de quienes se enamoran con tan solo cruzarse miradas en medio de una calle en esos segundos que duran para siempre. Al turista ocasional o al habitante tradicional le llega de vez en cuando la duda o sesuda crítica de por qué se llama así si es poco probable que crucen cebras por las calles de la civilización moderna y, además, que lo hagan precisamente en los cruceros de las esquinas, pero por lo menos una vez al año consta que Madrid se inunda con miles de ovejas en un festejo campesino de la trashumancia en busca de pastizales, y no pocos vecinos se ven entonces clonados en medio de un mar lanar por la calle de Alcalá. Diría lunar, pero los historiadores saben bien que la calle de Alcalá era antiguamente un paso de ovejas, cuando el Sol no tenía puerta ni Madrid era villa o corte.

La otra posibilidad ante el paso de cebra es quedarse catatónico esperando el cambio de luces e hipnotizarse con las rayas blancas pintadas sobre el negro asfalto y recordar el chiste de aquel calvito que paseaba todos los días por la Gran Vía llevando de la mano un pingüino. Muchos transeúntes ni reparaban en la rara escena (quizá creyendo que era un hostalero en amena conversación con su camarero de confianza) pero un hombre inquieto no se aguantó la duda y preguntó al buen hombre qué coños hacía paseando con un pingüino en plena Gran Vía. El señor respondió que tenía un hijo explorador que le había regalado el pingüino como recuerdo de un viaje donde filmó un documental y se siguió su camino como si nada.

Al tiempo que se alejaban el calvito con el pingüino que parecía niño con esmoquin, el inquieto le grita: "¡Pues llévelo Usté al zoo, que allá están todos los animales!", a lo que el bajito, ya sin voltear, solo levanta la mano agradecido. Dicen que a la semana siguiente, el hombre inquieto volvió a toparse en un paso de cebra con el calvito y su pingüino que, sin pregunta de por medio, le dijo: "¡No viera lo bien que la pasamos en el zoológico! Ahora vamos al Prado y mañana me lo llevo a Zaragoza, para ver a mi hermana...".

El chiste de los cuentos o todo el cuento que encierre un chiste diferencia al instante a los narradores, que somos todos, en cuanto intervenimos una página en blanco o el silencio de una sobremesa para abrir conversación. Hay quien echa a perder el relato de un chisme o la chispa de un chiste con adelantar su desenlace o aguarle su ilógica impalpable con alargarlo, y hay quienes nos marean de carcajadas con alargar un cuento que en realidad ya ni importa si tiene o no chiste o eso que llaman en inglés punch-line. Muchos transitan las calles de todos los días con la mente preocupada en salarios, deudas o quebrantos, y otros se quedan esperando la luz verde de una eternidad instantánea inventando tramas impalpables o transpirando imaginación pura que por la noche se convierte en tinta para los párrafos de una historia con finales inciertos... pero hay quien se queda ordeñando la memoria de aquel instante efímero —intocable al paso de las décadas— en que, habiendo cruzado el mismo paso de cebra que vuelve a extenderse al frente, se nos quedó mirando ya para siempre la mujer más bella del mundo sin reparo ni pendiente que no nos volveríamos a ver jamás.

Ayer, entre el pelotón abultado que esperaba embestirme desde el otro lado de una calle —ansiosos de moviolizar el paso de cebra como si fuera una banda automática— ya ni busqué mirada, cabellera o leve sonrisa con labios pintados. Le inventé una biografía instantánea al hombre de la bufanda que miraba las nubes y supuse que la señora de gafas oscuras había sido espía soviética en una Praga sin colores, o que el señor de los bigotes recortados al filo de la boca era un consagrado cantante de boleros en Quito y, de pronto, me empecé a reír de lejos con el niño de las gafas, no más de cinco años de edad —que algún adulto obligó a vestirse con corbatita de moño y tirantes a escala— tomado de la mano del calvito al que le dice cuando nos cruzamos justo en medio de la calle: "Mira, abuelo, y ése señor parece un oso".


jorgefe62@gmail.com

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