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Lunes , 25.06.2018 / 12:32 Hoy

Agua de azar

Navidad de niño

Jorge F. Hernández

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Es casi una obligación sugerir cada año y todos los años la lectura de A Christmas Carol, de Charles Dickens, traducida como Cuento o Canción de Navidad y llevada en varias ocasiones a la pantalla con no pocas versiones buenas. Intento precisar que es obligación invitar a su lectura, mas no declarar la obligatoriedad de la misma, pues ya sabemos cómo termina todo libro que nos obligaron a leer; hablo más bien de la sugerencia sutil de contagiar la lectura de esta obra magna de Dickens revelando lo que de niño alguien tuvo a bien contagiarme: el placer de su lectura, incluso en los párrafos nevados y cubiertos con helada neblina donde deambulan espíritus y fantasmas sobre las páginas como quien eriza la piel del lector con cada palabra críptica, cada miedo y los pequeños abonos para una esperanza que todo lector intenta adelantar con las yemas de los dedos sobre las páginas nonas de este libro que en realidad es un espejo de vida propia al tiempo que se abre como ventana para todas las demás vidas, de cualquier época o idioma.

De niño, la Navidad estaba envuelta en frío y nieve, con días muy cortos y luces por todos lados. Había una rara combinación de pesebres y villancicos en diferentes idiomas, moños rojos y bagazo de caña; dependiendo del país, el niño que fui adaptaba la carta de sus deseos a la ubicación exacta de las jugueterías. En ese ayer, los juguetes tenían una geografía. De niño, el cuento de Dickens se leía en más de una velada, sin prisas y se entrelazaba con leyendas locales para amanecer cada vez que se termina de leer —ayer mismo tal como hace ya tantos años— con una renovada adrenalina tan cercana a la cursilería, tan ajena a todo lo irascible, tan propia de quien en realidad no desea dejar de ser niño.

La trama es simple: a lo largo de una noche, con las campanadas como señuelo y marcación, un hombre es visitado por tres espíritus que intentan cambiar directamente su forma de ser, liberarlo del tormento cotidiano de sus emociones enrevesadas y ofrecerle la posibilidad tangible de amanecer siendo Otro por lo que le queda de vida.

El primer fantasma en distraerle el sueño es el Espíritu de la Navidad Pasada, que es precisamente todos los diciembres de infancia, cada trineo y cada primer beso bajo un muérdago que alguien cuelga siempre atinadamente en el quicio de una puerta donde tenía que pasar precisamente Ella. Ablandado por todas las nostalgias posibles y cada sílaba de la palabra saudade, suena la hora en que aparece el Fantasma de la Navidad Presente con su desoladora pantalla en tercera dimensión y alta definición donde no queda de otra que ver las peores versiones de Uno mismo que campean hoy por la casa en silencio y perfecta soledad, la calle con sus semáforos de mentadas y sus intermitentes coristas del desamparo… Se escuchan las voces que hablan quizá atinadamente tras nuestras espaldas, las que analizan con arquetipos quizá quirúrgicos y teorías quizá psicoanalíticas los errores de nuestra biografía en presente, la presente situación que no merece regalos sino un salvavidas. Con dos nocáuts en dos rounds seguidos, Dickens ataca con el tercer espíritu de la madrugada, el Fantasma de la Navidad Futura, que no solo revela los estragos que tatuamos en toda persona y circunstancia que hemos tocado para mal, sino además y también, revela la tersa lápida callada y tallada sin adornos donde se fija la fecha de nuestro final.

Para quienes hemos navegado más de una noche las horas y las angustias, las alegrías y las ansias, la emoción y esperanza de tres fantasmas que se turnan en intentar ayudarnos a ser Otro, ser mejores cada 24 horas, resulta nada tétrico y sí bastante reconfortante sabernos dueños de un minucioso obituario afortunadamente inconcluso, postergada la lápida hasta nuevo aviso, instalados en el diario vivir de pequeños silencios y sólidas resistencias por encima de los antojos instantáneos de la ira o la ebriedad, muy lejos de la celotipia del lisiado emocional que ve fantasmas más allá de los tres espectros que Uno mismo genera, pues es el propio Ebenezer Scrooge el que ha nutrido con Memoria cada recuerdo intacto de sus mejores pasados, sus más entrañables Navidades, y es el propio Scrooge quien en conciencia sabe perfectamente el mal y malestar que ocasiona a los demás hoy mismo, y por ende, el destino que le espera de seguir en la soledad del silencio, con la cabeza en las nubes, a merced de los peores escenarios del sueño.

La vida de cada ser humano alimenta, atañe o por lo menos afecta (quizá sin que se vea) a las vidas de todos los demás. Estas son fechas no para la reconciliación obligatoria ni el abrazo forzoso ni forzado, tampoco son días de espiritualidad ecuménica universal y garantizada como quizá creí en la Navidad de niño; por el contrario, con las canas estas semanas enteras del calendario se han convertido en recurrentes jornadas en silencio, pruebas importantes para la serenidad; mejor aún: ¡las Olimpiadas de mi paciencia!, pero también son días para leer el mismo cuento que quizá ya debería llevar tatuado en la memoria a pesar de que lo leo como si fuese la primera vez en la vida, envuelto en el frío desconocimiento del hilo que se ha de tejer en el siguiente párrafo, allí donde las sombras de una vieja casona en Londres parecen hablar en eco y Scrooge tiembla en sus culpas y en la soledad que él mismo cultivó con esmero, acurrucado en el juego que acostumbra jugar con sus almohadas, sin alma que lo tuiteé, sin amigos en su Facebook, sin correos en su buzón donde aparece como ícono la cara de un amigo y socio, envuelto en cadenas, penando sus penas valga la redundancia… pero advirtiéndole que hay una posibilidad al amanecer para convertirse en Otro, revivir lo revivible de toda Navidad pasada, extirpar las peores escenas del presente y escribir el guión mejorado de todo futuro con mejores tintas y más velas. En realidad, yo solo quería desearle a todos los lectores una Feliz Navidad e intentar una vez más el contagio de una lectura de un tal Charles Dickens, que parece increíble pero consta que es capaz de salvarle la vida a Uno.

jorgefe62@gmail.com

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