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Agua de azar

Mirada de Martí

Jorge F. Hernández

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Conocí al poeta Martí Soler cuando empezaban a aparecerle canas y el cráneo iluminaba ya un afán por dejarse cabellera gris larga sobre los hombros. Bajo las tupidas cejas que se podía peinar al enfatizar una frase y la barba que se le fue griseando hasta blanquearse con los años, Martí tenía una cara que infundía intrigante respeto y podría parecer lobo al acecho de un enojo, si no fuera porque de pronto demostraba que era de esos arcángeles que empiezan a sonreír con los ojos y luego, la boca; aparecía un pequeño fulgor, como de agua salada en la retina encendida y los pómulos se arqueaban al instante hasta surcar con los labios una sonrisa tan entrañable que daban ganas de tenerlo siempre cerca de los pocos minutos de conocerlo. Y luego, la conversación; la plática de los sabios que le confieren al interlocutor la oportunidad de sentirse inteligente: sutil sabiduría de quien no tiene que fardar su ingenio ni imponer su sapiencia, leve insinuación de complicidad cuando invita a quien lo escucha a creer que tiene encima el mismo bagaje abundante de magias y palabras, de nombres y recuerdos.

Lo conocí como esposo de Elsa Cecilia Frost, dulcísima historiadora que fue mi adorada Maestra en más de una materia y sobre todo, a lo largo de un posgrado en Historia con mayúscula que se aliviaba de vez en cuando con reuniones fuera del aula donde ella llegaba con Martí como si fuera su novio y entre ambos armaban una geometría verbal de referencias y citas, de evocaciones que los iba levitando como pareja ejemplar, amigos entrañables. Martí se volvió además fuente y referente por haber sido siempre un cuidado editor de la palabra ajena, de los que tienen en la mirada de lince de cejas largas la gentileza de sugerir, cortar o corregir las erratas o errancias con los que cualquier autor de pronto pierde la brújula de sus propios párrafos y confunde el camino que él mismo se había trazado para un libro en potencia; a contrapelo de los editores que insisten en sugerir cambios o compotas que abonen la hechura de libros que la editorial (o el editor mismo) quisieran ver impresos, Martí era de los ángeles socráticos que extraían del autor mismo —templándolo, asesorándolo, guiándolo por mayéuticas— a la redacción de las páginas que el propio autor se había propuesto cuajar. Lo hacía andando aunque estuviese sentado y lo hacía sonriendo aunque se quedara serio.

He intentado honrar a mi dilecta Maestra Frost en otros textos y ahora, a falta de los abrazos que le quedo a deber, intento abrazar a sus tres hijos admirables y muy queridos al confiarles la inmensa honra y consciente gratitud que le tendré siempre a sus padres y hoy, en particular, hacer público que Martí de pronto abría los pétalos de su corazón y sacaba de ese relicario pequeñas joyas invaluables que me dejó en las manos como si nada. Están los muchos días en que me enseñó cuadrículas precisas del oficio de editar y los muchos instantes en que demostraba con callados versos el sortilegio de que la poesía ocurre de pronto y sin aviso, que se esconde en la vida cotidiana y abre un lenguaje dual entre la galaxia entera de las cosas y el murmullo de los amantes, el idioma del secreto beso y del apodo que te cambia el nombre o esa métrica incandescente donde lo cotidiano sin rima se manifiesta en rama, con aroma de niebla y senderos hacia un infinito. Están también los muchos ejemplos con los Martí probaba saber estar a la altura de toda circunstancia, el silencio ante la imbecilidad irremediable, la corbata en protocolos obligatorios, la iluminación en medio de tinieblas y la vida entera entre libros, todos los años en las trincheras del Fondo de Cultura Económica y luego la honrosa y heroica aventura de Siglo XXI con Arnaldo Orfila Reynal y años después, el retorno al Fondo con las canas del sabio que me regaló no sólo una sino varias veces sus recuerdos de tierna infancia: cuando me contó que tuvo un maestro en Barcelona al que sus alumnos aplaudían con una felicidad que abrazaba y se venía abajo la formalidad de lo intrascendente y todo se erguía a la sombra de un Maestro que inculcó en ellos eso que llaman solidaridad.

¿Cómo agradecer tanto? Si además, hubo el día en que Martí Soler me narró una de sus muchas obsesiones de años y años: el poema que Almazán había dedicado a Estifelio, el matemático medieval que inventó el signo de multiplicación y que tuvo a mal predecir con fecha y hora fija el fin del mundo. Así como Verdi le dedicó una ópera, Martí siempre había querido hacerle un libro y habiéndome contagiado de su propio entusiasmo, remató el gesto pidiéndome un Prólogo y esa joyita fue editada por Jaime y así me sentí más unido a Pablo y luego a Ana y al recuerdo incesante de mi Maestra Elsita y a la sombra de Martí que se acaba de ir de este mundo entre párrafos nublados de tantos autores y lectores que le tienden las manos y echan a volar pañuelos de silente ovación y callada gratitud, Que se ha ido Martí Soler lo saben las muchas ánimas del exilio que encontraron solaz en sus versos y refugio en sus proyectos como la portada de un libro donde una mano de náufrago ha pintado la silueta de un cactus como testimonio de transterrado y lo saben los anónimos lectores que pasan de párrafo en párrafo en libros que Martí libró de erratas y lo saben los contertulios que llevan décadas esperándolo quien sabe dónde, al final de un páramo iluminado, allá muy al Sur quizá, donde de lejos, veo que ya caminan juntos como siempre Elsa Cecilia Frost y Martí Soler.

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