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Lunes , 12.11.2018 / 12:33 Hoy

Agua de azar

México Mundial

Jorge F. Hernández

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En el 70, la década psicodélica había dejado de ser utopía con el asesinato de un reverendo que era rey y más profeta que Lutero, con el asesinato de un político que se parecía a El Cordobés y hablaba de compasión para terminar la guerra absurda de la Conchinchina y con un baño de sangre en Tlatelolco. La víspera del Mundial, Onofre caía con la pierna rota por fuego amigo y dependimos del liderazgo del Halcón como capitán, del Gansito en bicicleta y de un Cuate en la portería. Ya merito.

En el 78 presumimos los resultados antes de que se celebraran los partidos y lo que sería victoria aplastante contra Túnez resultó ser derrota inexplicable, el supuesto empate con Polonia fue derrota a los pies de un delantero ya calvo y lo de Alemania podría narrarse como la crónica de un desastre frontal contra los Ferrocarriles Nacionales de Bavaria. El ridiculazo en tierra del tango, con El León de la Metro en hot pants, El Siete Pulmones corriendo sin rumbo y Víctor Rangel perdido hasta la fecha en el área grande del abismo.

En el 86 el país se enamora de pronto del Abuelo, Negrete casi Jorge voló en una acrobacia inconmensurable y volvimos a toparnos con Alemania… como sucedió también en el 98 y como se supone que hoy mismo rompemos el estigma.

En realidad, los mundiales se juegan desde la infancia de cada uno de los jugadores y se preparan desde la mentalidad de los niños; las borracheras con amigas previas al cotejo no son más que desahogos que contrastan con los equipos que se encierran en laboratorios secretos de preparación exhaustiva. Con todo, no se descartan milagros y ese engañoso brillo de la genialidad, agua de azar que nos remite al delicioso instante en que La Tota voló por la Cordillera de los Andes para atajar un obús checoslovaco en un Mundial donde lo intentamos Todo para quedar en Nada, o el milagroso miligramo en Wembley cuando Borjita clavó un gol con quiénsabequé parte del cuerpo y Danielito Pérez Alcaraz lo celebró sin gritos.

Cada cuatro años, cada vez que participa México el equipo tricolor vuelve a abrevar del mejor pozo de la memoria colectiva: Luis García, tiro raso desde fuera del área, corriendo enloquecido por un prado de Nueva Jersey; Jared Borghetti, cabezazo de espaldas al mundo en un rincón de Japón y corriendo-andando como Rivelino por la banda, o Rafa Márquez saltando por encima de toda la Argentina para celebrar un gol de México nada menos que en territorio alemán. Se aglutinan los palomazos geniales de Cuauhtémoc en Francia, el remate milagroso con el empeine volteado, la cuauteminha entre dos coreas o el vuelo oxigenado del falso rubio Luis Hernández, que en el apellido llevaba la gracia, como la del Chícharo en Sudáfrica. Pero luego nos llegan los mártires en retablo: la cara del Cuate Calderón tirado en la alfombra perfecta de una cancha en Toluca, el rostro cambiante de todos los penales fallidos, y el otro que no fue penal contra Holanda, o la parábola espacial que tiró Maxi con la albiceleste para que nuestro portero —de cuyo nombre no quiero acordarme— intentara atajarlo con la mano contraria, quizá

porque se vería mejor como portada para los cuadernos de cuadrícula grande y espiral en rojo con los que seguimos tomando el cansino dictado de todos los necios que nos enseñan, desde la tarima y con un gis en la mano, que llegará el día en que México coagule 30 siglos de esplendor sobre el rectángulo expansivo del juego de pelota, donde 11 guerreros en taparrabos se deshacen la rabadilla en barridas de largo aliento y gambetas sobre un ladrillo, pasecitos al hueco y paredes invisibles, remates imposibles y palomitas en las nubes para que un tlatoani se aviente ante el micrófono el versículo que nos recuerda que no perecerá la gloria del ombligo del mundo en tanto quedamos a la espera sobre la lápida de un inmenso Sol de Piedra la llegada de la anhelada panacea que nos confirma que Dios es redondo, como dijo el Profeta Villoro.

Este mundo solo gira de verdad cuando parece que todo, absolutamente todo, se detiene durante 90 minutos que se convierten en semanas para que la tribuna se vuelva a inundar con penachos multicolores y máscaras de luchadores, miles de endeudados fanáticos que intentarán levantar el único lábaro del mundo donde se observa a un animal devorando a Otro… en medio de una ola que no se cansa de darle vueltas al estadio, al Kremlin o al mundo.

jorgefe62@gmail.com

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