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Lunes , 22.10.2018 / 03:57 Hoy

Agua de azar

Lugares imprescindibles

Jorge F. Hernández

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Héctor de Mauleón y Rafael Pérez Gay han reunido sus talentos para hacerle un regalo a Ciudad de México y sus habitantes, visitantes, vecinos y distantes. Se trata de Centro Histórico. 200 lugares imprescindibles, un libro como ramo de 200 rosas rojas que alimenta la memoria y abate la amnesia que a menudo nubla nuestra enrevesada relación con una ciudad que se fundó en 1325, entrañable, ojerosa y pintada, a la que amamos entrañablemente en los sueños de madrugada y alucinamos con ira en medio del primer embotellamiento de tráfico.

El libro de mis amigos va unido al proyecto de colocar 200 placas que en breves párrafos señalen la ubicación de los lugares que no merecen olvido; al hacerlo, se intenta un nuevo salvamento de un paraíso no del todo perdido. Ya en tiempos del general Obregón se instalaron unas placas de talavera amarilla, pero es precisamente ahora cuando más necesitamos curtir la topografía más íntima de una ciudad que nos une desde el desconocido instante en que se supone que un águila tuvo a bien devorar una serpiente sobre un nopal que luego sería de Bandera.

Lo diré más allá de cualquier cansancio: lo único que nos salva como personas, país y planeta está en los libros, en tinta que debemos leer constantemente y contagiar como quien estornuda al caminar por calles que llevan en la piel la biografía de todas las generaciones de fantasmas que nos acompañan invisibles. Es en los frutos de la memoria donde los ciudadanos de la ciudad reinventan para bien las caras de la madre y madrastra que vela y desvela nuestros desvelos, y es precisamente afortunado que sean De Mauleón y Pérez Gay los autores de este encomiable esfuerzo: ambos han sido víctimas de la amenaza y el horror de las peores sombras que proyecta esta ciudad que tiene tamaño de país, desquiciada en más de un callejón sin salida y boyante en sus avenidas que parecen limpiarse de tanto fango; Pérez Gay y De Mauleón, paseantes y pensantes que enfrentan las páginas de sus crónicas y los párrafos de sus libros como sigilosos detectives, gambusinos dispuestos a pergeñar sin límites los renglones ocultos de las historias y leyendas que nos conforman.

Por allá el café donde en algún ayer vivió un bardo que ha tiempo dejamos de leer, y por acá lo que queda del cine Olimpia, donde se proyectó la primera película con voces en este país tan lejos de dios, y la fachada de la primera cantina o los surcos invisibles por donde en sepia reptaban los antiguos canales de una suerte de Venecia de América, y me pregunto si no será que todos tenemos en la mente un mapa silencioso de los lugares imprescindibles que rara vez mencionamos en voz alta. Hablo de la esquina donde la viste por primera vez o donde esperaste quién sabe cuántas horas para que, al salir de quién sabe dónde, te aparecías como por casualidad, o el viejo café hoy convertido en marisquería donde te reunías con tus amigos con toda la vida por delante para imaginar libros que aún no te atreves a terminar de escribir, o la discreta callejuela donde se celebró un cascarita inolvidable con coladeritas improvisadas con las mochilas decoradas con calcomanías.

Algo se queda en el ánimo del paseante cuando cruza el umbral de un edificio que se anuncia como parámetro, y mucho se nutre el alma con recordar más o menos con precisión los sitios imprescindibles de vidas pasadas, propias y ajenas, que marcaron con su andar la ciudad que compartimos, ciudad de siglos y sigilos, calles como nervadura de un cuerpo que se lee en sus fachadas y en el vacío.

De Mauleón y Pérez Gay han unido voluntad y afecto por una ciudad donde ambos, como todos, no merecen amenaza alguna ni intimidación demente, sino reconocimiento al oficio de reconocernos en tinta, puliendo el espejo urbano donde se refleja el mejor de nuestros rostros y se refractan las caras de tanto mal y maleante; gracias a estos escritores se verán en tinta los breves recordatorios de los lugares que nos pertenecen a todos en esta época tan salpicada de publicidades que intentan privatizarnos la mirada con ofertas incansables.

Enhorabuena, y que se multipliquen con los debidos criterios los lugares que aún queden por señalizarse, hasta lograr que Ciudad de México señale para sí misma los rincones donde han escrito, pintado o cantado los artistas que la resguardan a su amparo… como el cronista minucioso que le sigue la huella y el novelista desatado que escribe siempre de memoria.

jorgefe62@gmail.com

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