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Lunes , 23.07.2018 / 07:53 Hoy

Agua de azar

La parábola de Flitcraft

Jorge F. Hernández

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En su extraordinaria novela El halcón maltés, Dashiell Hammett inserta una parábola a la altura de la página 62 que desconcierta a más de un lector. Sucede que el detective Sam Spade —hasta ese párrafo parco de palabras, y más bien ajedrecista reservado a intentar resolver enigmas— se abre de capa con la bella Brígida O'Shaughnessy y le narra como cuento la historia de un tal Charles Flitcraft, hombre feliz y casado con dos hijos, que iba caminando un buen día por las calles de San Francisco cuando, de pronto, le cae a pocos centímetros de su cara una viga que se ha desprendido de una construcción. La pesada barra de hierro (que pudo haberlo guillotinado) rebota en el concreto y con la polvareda que levanta provoca que en ese instante Mr. Flitcraft decida cambiar de rumbo y, en lugar de seguir a la oficina y a su vida de siempre, se lance al abismo de un posible cambio de ruta existencial y se dirija a la estación del tren, embarcándose hacia un destino absolutamente desconocido.

Se va como quien abre el telón invisible del escenario de todos los días y en perfecta digestión del agua del azar, se larga de San Francisco, esposa, empleo e hijos para desaparecer así nomás, "como el
puño en cuanto se abre la mano", como le dice Spade a la güera.

La escena no aparece en la gran película que protagonizara Humphrey Bogart, pero en la novela Sam Spade informa a Brígida que cinco años después de esfumarse Flitcraft (al tiempo en que él trabajaba de detective en Seattle) apareció un hombre que cumplía fielmente con la descripción de Flitcraft en la ciudad de Spokane. Se había cambiado el apellido, pero era el mismo Flitcraft vuelto a casar y con un bebé en casa, ahora dedicado a la venta de automóviles; al ser interrogado —de sobremesa— por Spade, explica que haber sentido la proximidad tan palpable de la muerte fue como si alguien "hubiese quitado la tapa a la vida y mostrara el mecanismo que lleva por dentro". Le dice al detective que, luego de vagar sin rumbo, volvió al patrón de sus costumbres de siempre y termina siendo el mismo Flitcraft. Así abras ventanas por todo el mundo buscándote Otro, todas son espejo donde se refleja el Mismo. O no.

Muchos han interpretado la parábola como una explicación de conciencia del propio detective ante la Brígida para explicarle que su oficio lo obliga a vivir siempre al filo de las vigas que caen impredeciblemente de quién sabe dónde, poniendo siempre en peligro su vida; otros han interpretado que el cuento que narra Sam Spade es una continuación de una sobremesa con Heráclito, y que uno no deja de ser quién es, así cambiemos el rumbo de nuestras andanzas por culpa de un roce con la muerte. Es el crucigrama existencial del universo sin cuadrículas o el enigma indisoluble de quien cree que el destino es ya una suerte que está echada desde el primer lanzamiento de dados.

Al narrarle el caso Flitcraft a la sensual rubia, Spade le está también insinuando que sabe que es mentirosa y que sus engaños —tarde o temprano— la revertirán a las verdades que siempre ha traicionado. Al hacerlo, insinúa a su vez una forma de investigar enigmas que solo los grandes detectives llevan en la lupa: fijarse en los detalles que no corresponden a determinadas maneras de actuar pueden confirmar las culpas de todo sospechoso o bien librarlo de toda sentencia. Pero lo cierto es que uno se forja una naturaleza de costumbres en las que —aunque cambien los escenarios, horarios y compañeros de la trama— uno sigue siendo el protagonista de cada página que escribe a diario, cada paseo un párrafo con puntuación variable pero legible según sabemos de dónde viene la prosa que acostumbramos redactar, los versos que vivimos en un beso y las líneas que somos incapaces de pensar o decir, aunque no por eso dejemos de ser impredecibles.


jorgefe62@gmail.com

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