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Agua de azar

‘La otra vida de Brian’

Jorge F. Hernández

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George Harrison invirtió buena parte de su fortuna para que la tropa de Monty Python pudiera filmar La vida de Brian; yo también quiero invertir estos párrafos en abono de una producción monumental que podría llamarse La otra vida de Brian. El vestuario sería en tonos oscuros, cuello de tortuga y de vez en cuando un azul profundo; el soundtrack estaría basado en la rola "Englishman in New York" con la voz de Sting y versiones en jarana. El guion ya ha sido escrito por el propio Brian: se trata del libro Caleidoscopio (Lumen, 2018) y lleva por subtítulo Facetas y flashbacks, firmado nada menos que por el gran Brian Nissen.

El título alude al trampantojo que producen los cristales de colores, cortados en triángulos que al girar y transformarse en arco iris psicodélico producen constante juego de luz. Esa sería buena definición para la memoria misma o para el género literario de la autobiografía que, en caso de Nissen, es una invitación a un maravilloso viaje por los paisajes diversos del arte y de la humanidad. En las otras muchas vidas de Brian está el mapa tatuado que indica a Londres, Nueva York, Barcelona y Ciudad de México como puntos cardinales de una aventura lingüística y emocional, amorosa y artística, estética y existencial, longeva e instantánea y es precisamente Nissen el navegante que pilotea la nave de sus páginas. Es el niño que nació en plenas sombras de la Segunda Guerra Mundial, con la voz de Churchill en la radio y las páginas de Dickens desde el parvulario y también el libro del joven artista que abrió las alas en cuanto cruzó el charco y conquistó México —y dejó que México lo conquistara a él— con solo haber leído a Malcolm Lowry o D. H. Lawrence, que lo preceden sin haber logrado ellos lo que ha logrado Brian Nissen: mexicanizarse no solo en el habla sino en la mariposa de obsidiana con la que impregnó vida nueva a los versos de Octavio Paz, o en las piezas de herrería retorcida con la que ha plasmado los mares de México en las paredes de los museos o en la delicada manía con la que fue clonando Limulus, esos artrópodos que parecen tanques o cascos de Darth Vader que reptan por los sueños de quien se acerque a la obra de este inmenso inglés. Tan inmenso, que es gigante: del afecto y de la amistad, de la hospitalidad y de la reflexión profunda del arte, y además, medio siglo al lado de la increíble Montse Pecanins.

En Caleidoscopio está la bitácora de tantas vidas vividas como sobremesa o aventura en las cavernas: está el día en que la hermana de la reina de Inglaterra lo invitó a comer, quizá hipnotizada por el porte de un enigma convertido en artista y están las muchas anécdotas que lo unen con Luis Buñuel y sus compartidos fantasmas, las andanzas de Leonora Carrington, el pintor “realista del Sur, que no: Sur-realista” Matta y las muchas historias que lo hacen parte del mejor pretérito literario de México: su amistad con Octavio Paz y con Carlos Fuentes, sus ensayos como cátedras publicados en revistas y ahora compilados algunos de ellos en este Caleidoscopio donde también debe subrayarse el luto ejemplar con el que un hombre es capaz de honrar sus ausencias y digerir sus dolores, quizá por el ancla que ha formado con Montse, amorosos que callan, que se miran y discuten, que son cómplices y compañeros y que son además, di-ver-ti-dí-si-mos. El día en que Brian quiso enseñarle inglés a Montse, poniendo de ejemplo cómo se dice la palabra silla, terminaron discutiendo sobre el color mismo de la silla (y Montse sentenciando, “¿Cómo quieres que aprenda tu idioma si me estás engañando?).

Nissen ha trazado un mapa de círculos concéntricos que van desde el nido de sus afectos al ilimitado espacio sideral del arte; de su casa en Manhattan, en la misma calle donde en un ayer vivió Trotsky, y luego del monstruo del Dr. Frankenstein de Mary Shelley como obra de arte y no un mero experimento científico; pasamos a una cena donde charla con Oliver Sacks y al fondo se escucha la voz de Sting para que veamos deambular por las calles de Manhattan al enigmático Quentin Crisp, mariposa con bastón, gentleman que solo come pan tostado por un solo lado y la música languidece en un paisaje laberíntico de Barcelona donde Brian evoca los tiempos en que aún no había ¡Boom! en las letras con Ñ, cuando la ciudad Condal era cutre y más mugrosa, pero entrañable e incluyente, incluso en los salones de baile donde no dejaban que se amasaran las parejas y de allí, las páginas vuelan a convertirse en un pequeño breviario de la mordida en México, de la corrupción a nivel de policías de crucero y agentes aduanales y por allá, el espectro de Jorge Ibargüengoitia y por aquí, los muchos juegos de palabras que domina Brian en inglés y en español, con esa cara de escultura clásica y el porte de marinero de Conrad y la gracia ejemplar de la mirada seria y las cejas arqueadas y el torso invencible donde un corazón tierno no ha dejado de amar a Montse y todos los muchos milagros vitales, como diminutos cristales de todos los colores que se multiplican al infinito en la envidiable prosa de un pintor que es escultor, grabador que es dibujante, asiduo visitante de las tiendas para magos o de las ferreterías, capaz de hacer conexiones eléctricas para iluminar todas las vidas de Brian, el gigante Nissen que es mi amigo.

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