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Agua de azar

Guardado entre el centeno

Jorge F. Hernández

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Jerome David Salinger nació en Manhattan el primer día del año 1919 y es de esperarse que a lo largo de su centenario aparezcan a lo ancho del planeta nuevos loquitos lectores que se verán reflejados en el espejo de las maravillosas páginas de The Catcher in the Rye o El guardián entre el centeno, la prodigiosa novela con la que Salinger llegó al Parnaso, con todas sus musas.

J. D. Salinger —que ya firmaba con iniciales desde la publicación de su primer cuentito en la revista Story— vivió una infancia y adolescencia edípica y acosada por el yugo cuadriculado que intentó siempre imponerle su padre; en algún momento de su juventud con aspiración artística quiso subirse a los escenarios —como había hecho su madre, amiga de los Hermanos Marx— pero algo o alguien, eso que llaman eso o ese fantasma que llaman duende lo llevó a poner en tinta los muchos sinsabores y desahucios que detectaba en derredor: su novela sería la prolongación de un cuento donde nació Holden Caulfied, eterno adolescente, rebelde y expulsado de toda cárcel escolar que va por las calles denostando a todos los impostores, plagiarios, y personajillos falsos que cada generación va destilando por el mundo.

Según se sabe, Salinger se llevó las primeras páginas de su novelón en la mochila con la que desembarcó en Normandía y anduvo agregándole párrafos a lo largo de su periplo como soldado en combate contra la Alemania nazi. Terminó horrorizándose ante el infierno de muerte y terror que vio con sus propios ojos en las trincheras y en el campo de Dachau; con la temblorina necia de sus nervios destrozados terminó como demente en una clínica para soldados afectados por los combates.

Volvió a su hogar ya casado con una antigua funcionaria nazi, alemana que pronto fue enviada al olvido y empieza la luenga biografía del genio de la tinta que poco a poco fue desentendiéndose del éxito que provocaban sus propias obras. Habría que añadir que —habiéndose ido a la guerra, dejando a Oona O’Neill para que lo esperara enamorada— Salinger se enteró apenas desembarcó en la guerra que la hermosa hija del dramaturgo Eugene O’Neill se había casado —apenas cumplió los 18 años de edad— con el monumental Charlie Chaplin. Entre ese descalabro y el vodevil del mundillo literario, el fanguito de los premiados que se creen indispensables, el lodo de los reseñistas a sueldo, los críticos frustrados, los enloquecidos lectores que se clonan con las páginas, los miles de admiradores que en realidad ni leen los libros que luego piden ser autografiados y quién sabe cuántos enredos aledaños, Salinger se refugió en una cabaña en medio de la nada y vivió hasta los 91 años más o menos desconectado del mundo.

Por supuesto, publicó otras dos o tres cosas de valor, pero se sabía desde 1951 que The Catcher in the Rye sería la pieza maestra insuperable que lo condenaba al eterno intento de superarla y a la cotidiana necesidad de esconderse de sus lectores. Aún queda pendiente la posible revelación de que el fantasma entre el centeno haya dejado en algún baúl secreto no pocas joyas inéditas, pero lo cierto es que así pasen otros dos centenarios de su paso por el mundo, volverán a deambular entre la niebla los miles de lectores de una generación intemporal donde todos nos volvemos una vez más adolescentes al acecho y a la defensa contra los ejércitos de falsos y falsificadores, los impostores del mundo tan adulto que censuraron la propia novela quesque por el lenguaje grosero y la flatulencia, la vulgaridad o las alusiones a la prostitución, y otras malas palabras que decimos en armonias con Holden Caulfield los deambulantes en pos de la absoluta libertad, el páramo personal y utópico donde se esconde el cazador que se aleja del mundanal horror de lo políticamente correcto y espera pacientemente a que las almas inocentes o los niños buenos se caigan de un caballito de carrusel, en el tiovivo donde se desbocan los corceles de relinchos callados al filo del abismo donde el propio cazador se esconde con pluma fuente y lápiz con goma en vez de escopeta y sin embargo, queda para el centenario la inevitable referencia al desquiciado asesino de John Lennon, que luego de vaciarle seis tiros por la espalda, se sentó a las puertas del Edificio Dakota y esperó la llegada de la policía leyendo tranquilamente las páginas de la inconmensurable novela de J.D. Salinger que así como abre las compuertas de la libertad como si fuesen ventanas que dan al infinito campo de fresas, así también cierra las persianas del anciano recluido en la soledad de su silencio, escribiendo la única y misma cuartilla como mantra en medio de una cabaña en medio de la nada, como si fuera la isla más íntima de su conciencia.

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