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Domingo , 23.09.2018 / 17:19 Hoy

Agua de azar

Estorbo

Jorge F. Hernández

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¿Quién es ese jicotillo que se para a media banqueta para contemplar el inmenso vacío de su biografía, y quién es el babas que circula a 40 kilómetros por hora en el carril de alta velocidad con un automóvil que estrenó el mismo día en que debutaron Los Polivoces en el viejo Telesistema Mexicano? ¿Quién es la gordi que se estanca en el pasillo del supermercado para verificar el número de calorías que tiene un paquete de 24 waffles, y quién es la babosilla que va surfeando paseantes sobre la peatonal, dando codazos que no la ayudan a avanzar?

No soy nadie, pero estorbo es el himno extraoficial de los meseros que contemplan a los comensales sin moverse del mueble de las servilletas, y la cantinela de la oficinista que se lima las uñas sobre el oxidado teclado de una computadora que alguien compró en la secretaría cuando Miguel de la Madrid era presidente. Aquel enjambre de nervios que cuenta moneditas de cobre frente a la máquina del estacionamiento, y la anciana que desdobla papelitos varios, justo al pie de las escaleras eléctricas, o los siete niños que se suben al elevador de una tienda nomás pa’jugar al sube y baja, son variaciones del estorbo que somos todos o, al menos, el que podemos ser al convertirnos en la distraída versión de nuestros propios enredos.

Hablo del gordo que pretende pagar en moneditas extranjeras la suma exacta de la caseta de cobro en la carretera de Silao a Guanajuato, y el anónimo guía de turistas que interrumpe su tour para aliviarse de una discreta flatulencia en el rincón más apartado de la Sala Maya. Aquella señorita que insiste en pelearse con el novio por vía de su celular color de rosa en el carril derecho de una avenida que ella misma ha convertido
en la más lenta de Anáhuac, y el juniorcillo que prende las intermitentes de su nave para bajarse a comprar unos chiclillos para su aliento depravado, o la señorona que insiste en visitar sin aviso a los parientes en el momento exacto en que empiezan a degustar la sopa, o el ejército de voces tipludas y chichimecas que llaman al azar, ofreciendo superofertas bancarias en llamadas que pretenden ser amables aunque sean a deshoras, y la baby que pregunta siete veces las características de una marca de acetona sin importarle que provoca el crecimiento de una fila que rebasa las puertas de la farmacia, o el taquero que olvida girar el trompo del pastor sin importar que solo se va dorando un cachete del manjar apilado, mientras la otra nalga de carne adobada se queda del color de los ladrillos recién horneados, o el paletero que se tarda entre siete u 11 minutos para encontrar la de grosella que supuestamente se escondía entre las de horchata y tamarindo, como si no resaltara el rojo entre los tonos ácidos de los demás sabores.

Así, sucesivamente, se van alineando en el etéreo los protagonistas diversos del bello arte del estorbo que no son más que pequeños personajes prójimos que dan ganas de aplastar con la yema del índice, si no fueran en realidad espejos de una advertencia señorial: el viajero que viene de visita ha de exagerar la paciencia más prudente para no interferir en los horarios y costumbres de los habitantes de un espacio cuyos tiempos quedaron inamovibles desde el instante en el que quien se aleja opta por una cronometría diferente, e incluso ajena, que en todo minuto solo debe
procurar no convertirse en estorbo.

 jorgefe62@gmail.com

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