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Viernes , 25.05.2018 / 18:22 Hoy

Agua de azar

Esto en aquello

Jorge F. Hernández

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Parece albur o la manifestación verbal de un deseo, pero ver esto en aquello es quizá el aforismo que condensa la más íntima sensibilidad de los poetas. Entre mirar y ver, el poeta logra transformar en verso lo invisible a los ojos de los demás y al hacerlo, vuelve tangible el contorno de una nube, el peso de una sola mirada o todos los sentimientos que van envueltos en una pintura que a los ojos del mundo parecería no más que la reunión de unas manchas.

Octavio Paz fue un ensayista minucioso, cuya prosa no exenta de poesía constante veía en el paisaje de la realidad palpable los nombres y las cosas que muchos analistas obviaban, y fue, quizá por lo mismo, un hombre que a lo largo de toda su vida buscó la ruptura con las definiciones convencionales, la norma imperante y los lugares comunes en cada una de las oportunidades en que Paz, contra toda forma de guerra, procuraba la discusión. Fue por encima de todo un poeta, con la secreta clave de poder mirar esto en aquello y condensar en un puñado de párrafos lo que para otros solo podría ser expresado en cientos de cuartillas, con pies de página y anotaciones al margen.

Con solo mencionar estas dos vertientes de la inmensa literatura de Paz se comprenderá que fue un poeta no solo de la reflexión profunda, sino de la observación casi clínica; una suerte de contemplación que le permitía recorrer en los museos de su mente los manteles que olían a pólvora en la alacena de su memoria tanto como los gestos de un hombre que camina por la noche interminable de una ciudad llovida en el ayer y, por lo mismo, supongo que era un visitante pausado de las salas donde se ubicara un cuadro que lo imantara o una escultura que parecería hablarle, tanto como los párrafos de las lecturas que lo hipnotizaban o las conversaciones al vuelo que se volvían apasionadas defensas o diatribas de ideas en estado puro.

De entre los interlocutores que supieron valorar las diferentes miradas de Paz, Héctor Tajonar ha sostenido con él y con su obra toda una vida de conversación constante, en la que la admiración no es callada adulación sino formulación inteligente de preguntas en una sana mayéutica verbal para que el poeta exprese precisamente todo eso que ve en aquello. Por ello celebro que sea precisamente Tajonar el curador de la invaluable reunión de arte con el que también se celebra el centenario de Paz: 228 piezas provenientes de museos de todo el mundo, colecciones y acervos privados, que en realidad sería imposible reunir en otro palacio que no fuera el de Bellas Artes en el corazón de México. Aquí y hasta enero, veinte libros objeto invaluables y más de 200 piezas arqueológicas: el dibujo de Miguel Ángel Buonarroti junto a un cuadro de Frida Kahlo, María Izquierdo bajo el mismo techo donde respiran aún Joan Miró o Paul Klee… la figura de Henry Moore que parece piedra que transpira, y los peines de Chillida sobre el mármol impoluto del palacio blanco, en medio de una ciudad ennegrecida con tanto tiempo. De pronto, el visitante descubre una pieza admirable del entrañable Brain Nissen, y parecería que sin palabras se arma una tertulia con el fantasma del propio Paz.

Gracias al afanoso empeño que acostumbra ejercer Tajonar —y no dudo que bajo la amorosa guía de Marie-Jo Paz— se reúnen en Bellas Artes las piezas que el propio Paz aglomeraba en su creatividad: una intercomunicación vivaz entre memoria e imaginación, saber y creer, donde el poeta podía perfectamente entender todas las palabras que están encerradas en el silencio de un cuadro novohispano, tanto como poder ver en movimiento el pesado bronce de un escultura supuestamente inmóvil. De Picasso a Kandinsky, de Francis Bacon a una fotografía de Manuel Álvarez Bravo, Paz veía en silencio para luego transformar en palabra todo aquello que veía en eso, esto en piedra prehispánica en aquello tan aparentemente indescifrable que se asoma en un templo milenario en la India, y ese mínimo detalle en la orilla de una pintura que se supone hemos memorizado todos queda revelado en la mirada de quien entraba en conversación con los pigmentos. Parece entonces revelarse ante cualquiera el murmullo que parece rezar o el verso que no se escucha en los labios de Sor Juana Inés de la Cruz en dos de los mejores retratos que se le hicieron en vida, uno pintado por Juan Miranda y el otro, de Miguel Cabrera, pero los visitantes tenemos en mente o en el estante, el otro retrato al óleo, más extenso y quizá más detallado, que lleva por título Las trampas de la fe.

A menudo, cualquier paseo por el mundo precisa de entablarse como un diálogo. No niego las ventajas de tantas horas de monólogo que justifican la madrugada, pero agradezco la conversación instantánea que se puede establecer con los versos de un poeta o las tramas con las que enreda a sus personajes un escritor intemporal y, por lo mismo, reconozco el espléndido placer de poder pasear por las salas de un palacio en la contemplación de una reunión inconcebible de artistas de todas las épocas, tendencias, escuelas y culturas… Todos en un congreso afortunadamente reunido para olvidar todas las tribulaciones y pendencias, todas las sombras que hay que habitar como espectro invisible y por hoy, llevar la vida en Paz.

jorgefe62@gmail.com

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