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Agua de azar

Don Luis, en vilo

Jorge F. Hernández

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No puede terminar este año sin que hagamos el mejor homenaje posible para un libro fundamental: Pueblo en vilo (diversas ediciones, ahora incluso en formato electrónico). Traducido al francés como Les barrières de la solitude. Histoire universelle de San José de Gracia, village mexicain, insinúa no solo las barreras de la soledad de cada uno de los personajes de sus páginas, y de los lectores que hipnotiza, también las barreras del tiempo que ahora se rompen. Pueblo en vilo cumple 50 años de su primera edición y es un nuevo pretexto para celebrar con creciente gratitud y recrecida admiración a su autor: don Luis González y González que fue mi maestro, mi segundo padre y mi amigo; testigo de mi boda y abuelo pirata para mis hijos que descubrieron las millones de estrellas que se ven lejos de la Ciudad de México, allá en medio de la nada, un lugar llamado San José de Gracia, Michoacán.

Don Luis se fue de sabático a su natal San José en 1967, con doña Armida, seis hijos y máquina de escribir y en el paraíso entrañable de la casa donde había nacido se propuso hacer la historia universal de un pueblo que —en ese entonces— no aparecía ni en los mapas. El resultado fue un inmenso mural verbal con las voces de muchísimos lugareños longevos, memoria intacta y feliz de hombres y mujeres de un pueblo de tejas y muros de adobe encalado, donde no es raro que el promedio de edad rebase el siglo. Un libro que rompió moldes y creó escuela, la ya prestigiosa escuela llamada de la Microhistoria, que el propio Carlo Ginzburg en Italia o bien la escuela de Les Annales en La Sorbona de París (o bien los muchos catedráticos gringos de prestigio) siempre han tenido a bien reconocer a Don Luis como su padre. Un libro maravilloso cuya prosa mereció una primera reseña fascinada firmada por Jorge Ibargüengoitia y que no pocos o más bien muchos escritores mexicanos reconocen como un monumento de la Literatura Mexicana y no sólo una joya de nuestra historiografía.

Pueblo en vilo es la memoria y la imaginación de un pequeño pueblo, donde años después habría de pasar sus últimos años mi maestro con su amada Armida, en una torre morada que alberga 80 mil libros allí donde no sé si ya haya igual número de habitantes. Escrito en horario de la ordeña, entre cuatro y nueve de la mañana y con tinta del corazón; se ponderó cada párrafo con el placer peripatético que infundía don Luis al placer del pensamiento andante, con paseos largos hacia la punta del cerro de Larios, que Rulfo rebautizó como Luvina y largas conversaciones hasta el atardecer con el tío Bernardo y con el tío Honorato y con los fantasmas de Anatolio Partida y los Cristeros que se alzaron en armas contra el diantre de Calles y con muchos insectos y polvos de archivos y todos los libros con los que don Luis fue poco a poco filtrando la inmensa cuadrícula de la Historia Mayúscula con el bello tejido de la historia mínima, la microhistoria que da voz a los que nunca la tuvieron, la que desvela las sombras de los hechos monumentales en la digestión local e íntima, allí donde las grandes batallas se oyen desde lejos pero se comentan de sobremesa con chocolate caliente y recetas de siglos pasados.

Hace medio siglo, don Luis recibió no pocas burlas y críticas de sus colegas en El Colegio de México, pero consta que don Daniel Cosío Villegas y otras eminencias supieron aquilatar la epifanía: allí quedaba en perfecta prosa un trabajo de microhistoria realizado por un historiador con el don de la conversación que, además, había publicado por lo menos Una invitación a la microhistoria como fundamento teórico para su invento: en conferencias y en diversas Invitaciones, don Luis formulaba como quien hace llaves en papel milimétrico los cuadros sinópticos de un  método tan inductivo y deductivo como el de Sherlock Holmes o Sigmund Freud, entintando el oficio de historiar como una actividad que se desprende del amor, del afecto por los pretéritos y sus mundos, espejo de la relación que tenía con su amada Armida y la entrañable tropa de hijos y nietos que le fuimos siguiendo la sombra en conversaciones inolvidables.

Allí está don Luis en un sendero por donde camina —como siempre— por delante de todos, hablando al aire y mascando una ligera viga mientras lleva una vara en la mano derecha. Su ojo izquierdo se perdió en un parche de cuando le ganó la primera batalla a un cáncer y en la morada se cuida de cualquier invasión de ratones con dibujos enmarcados de gatos y están las madrugadas de velas en las que hablamos de la hermosa vida y de la Historia como Maestra y de Clío como novia y de la Novela como puras mentiras y los cuentos de Chesterton y los espejos de Borges y del Archivo de Indias y está la estación de trenes de Atocha, llena de vapor de niebla, el día que fue a visitarme a la Complutense de Madrid… y no pasa un solo día en el que no intente honrar el generoso ejemplo y la brillante sapiencia de un hombre monumental que fue padre de la microhistoria: don Luis en vilo en medio de todos los libros que se dejan leer y de los muchos que hay que releer, incluso de los libros que se intentan escribir, pero sobre todo del indispensable libro Pueblo en vilo que hoy a los 50 años de edad parece el más joven y recién editado milagro que todos debemos celebrar como se merece: leyéndolo y así, salir flotando allá donde las nubes son claras y el paisaje murmura con el viento.

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