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Agua de azar

Alí y su siglo

Jorge F. Hernández

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Tarde, pero quiero unirme al aplauso de sus lectores, la gratitud de cientos de autores cuyos originales fueron corregidos gracias a él, la admiración de los poetas de diversa generación y la deuda inmensa de todos los que abrevamos de su alegría y sarcasmo. Se llama Alí Chumacero y habría cumplido 100 años por estos días en que decreto que se prohíbe olvidarlo, porque sencillamente es imposible hacerlo.

Era un sabio con humor, un tótem callado que de pronto gesticulaba con una mano la etimología perfecta de una palabra o el origen del vocablo, y rayaba el aire con la uña larga con la que parecía facilitársele pasar página: lo hacía como nadie. De la vida monótona y el tedio de los imbéciles, pasaba página con una explosión instantánea de humor, y de las miles de cuartillas que revisaba con mirada de lince, pasaba página sin dejar una sola errata viva; incluso cuando perdió la vista de uno de sus ojos, Alí Chumacero siguió siendo el mejor lector y corrector ortotipográfico del mundo, y los cajones, gavetas y recovecos de su escritorio se fueron poblando con papeles y papelitos que conformaban un inmenso vademécum de curiosidades: definiciones raras, tauromaquias de bolsillo, erratas recurrentes que destazaba en silencio y párrafos memorables y listas, listas y listas donde Alí enumeraba los nombres de los quites en el primer tercio, los sonidos que hacen los animales porque no es lo mismo que un elefante barrite a que cualquier perro ladre.

En un ayer que parece ya pintarse de sepia, tuve el delirante privilegio de ingresar a la selecta tertulia semanal que Alí convocaba los jueves en un restaurante de la Condesa donde había comido en otro ayer nada menos que Manolete. Se hablaba de toros entre trajes de luces y se comía poco comparado con la respetuosa cantidad de alcohol que se bebía, y el mundo entero se derretía en un atardecer que se convertía de pronto en madrugada, y los que rodeaban la mesa aprendíamos de la lidia de toros bravos y de la vida misma o de la literatura que Alí llevaba como mancha indeleble en las yemas de los dedos, y de la ancha y amplia bibliografía de quien había navegado casi un siglo entre libros y letras, en una selva entrañable que parecía la perfecta utopía para el interminable viaje de leer versos de siglos pasados e intentar entender los párrafos del pretérito al mismo tiempo que se asomaba la esperanza constante de que mañana mismo surgiría el nuevo autor capaz de hipnotizar a alguien, o a la mesa misma por donde deambulaban los fantasmas de todos los escritores que había conocido y corregido Alí Chumacero, que hoy suma dos ceros a su apellido en una neblina intemporal que poco a poco se va volviendo sepia en este mundo invadido de plástico y pendejos, donde no se fuma si no es al aire libre, y el pesado filtro de lo políticamente correcto ha limitado el alcance de los chistes y los instantes de la pura ironía; este mundo codificado en pantallas sin papel, donde prolifera la estulticia generalizada y el imperio de las erratas, donde a nadie le importa que el mundo entero se entere de la falta de ortografía… y geometría… y sintaxis y buen gusto y alegría y sencillez, y sabio silencio que destilaba un Maestro con mayúscula como Alí Chumacero, que siempre tuvo la gentileza de recomendar lecturas y libros a los que empezaban a leer el mundo y corregir originales con una precisión quirúrgica, como la que ejerció, junto con Juan José Arreola y José Luis Martínez, ante el original en tinta verde de una novela que vino de Jalisco, que llevaba por título el nombre de su protagonista y que Alí no tuvo que fingir quedar bien con Rulfo cuando publicó una de las reseñas más críticas en torno a esa obra monumental que, como todos los libros que pasaron por su rasero, se revelaban limpiamente como palabras en reposo, serpientes sin veneno, letras hiladas propensas al abismo de la errata o interpretación que se aliviaba con la mirada sabia y silente del inmenso poeta de Acaponeta, que llenaba los márgenes de los originales con pequeñas hormigas de corrección terapéutica, y el ambiente se llenaba de aromas de torero caro y de alta literatura, y no puedo irme de aquí sin decir que lo extraño mucho y lo pienso casi cada semana en los libros que releo y en los recuerdos que revivo, y en la vida que se convirtió en un ayer de blanco y negro, lejano y ya inalcanzable, donde recuerdo a mi entrañable Maestro Alí, en el corredor de una vieja casona, al filo de Chapultepec, sonriente como niño que acaba de inventar un cuento que es chiste que es greguería que es albur que es la vida misma. Es su cumpleaños y digo que he traído un regalo, para que me responda —como siempre—: “No importa… déjalo aquí”.

jorgefe62@gmail.com

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