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Lunes , 24.09.2018 / 23:06 Hoy

Trampantojo

Pies ligeros

Jorge Fernández Acosta

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La semana previa anterior a la actual, que fue la 23 del año corriente, tuve oportunidad de realizar un viaje fantástico –en compañía de mis amigos Daniel, July y su hija Daniela– a través del territorio del tiempo en donde la vida fluye en el tránsito a la eternidad sin tiempo en donde el ser constituye el espacio como sustancia de la plenitud: La tierra Rarámuri. El objetivo inicial era hacer el recorrido en el tren sideral que atraviesa el agreste e imponente sistema montañoso de las barrancas del cobre. Asimismo, la intención era coleccionar otros tres pueblos mágicos a mi haber: Creel, Batopilas y El Fuerte. La travesía inició en donde se juntan dos aguas en el que permanecimos por un día. El domingo partimos muy de madrugada hacia Creel en autobús, pletórico de tarahumaras que regresaban a casa después del desahije (que consiste en desprender dos de cada tres manzanas verdes para permitir que la savia de la tentación se concentre en menos especímenes de la especie frutal más atractiva y seductora sobre la faz de la tierra). Arribamos en las horas del trajín de mediodía y de inmediato nos dispusimos a encontrar la dimensión desconocida de la magia que habita en este sitio de fantasía: El valle de los monjes, Lago Arareco, La gruta de Petra…

La aventura a Batopilas fue digna de los cuentos de Amadís. Paisajes y parajes fabulosos se sucedían entre los vericuetos de una senda en donde vive el misterio del espíritu de esta raza cósmica. Batopilas es un milagro en el fondo del abismo. Allí ocurre una sensualidad tropical que seduce e invita a entender el cósmico existir de una estirpe privilegiada de seres que desde que llegaron encontraron allí encontraron que todo estaba dispuesto para comprender la esencia del andar en el tiempo. Allí conocí y conversé con Esteban, un rarámuri que me hizo comprender la grandiosidad y grandilocuencia de una cosmovisión que ha desarrollado una filosofía de existir desde la conciencia de ser una raza primigenia… –Somos una raza pura. Nosotros no nos casamos con Chavochis (mestizos); me lo dijo con la potencia de un orgullo, tan tremendo, que rayaba en la sublime presencia de un ego superior. Tenemos todo lo que necesitamos. Cuando llegamos a esta dimensión del tiempo, ya todo estaba dispuesto para nosotros–. Y siguió: Nuestra esencia es andar en el tiempo, caminar como trasunto de existir. Correr para inventar la energía creadora. Vivo en una comunidad a tres horas a pie allá arriba, cerca del cielo, espetó.

En el preámbulo, hubo una chance de descubrir algo del pensamiento rarámuri. Fuimos al Museo de Artes Populares y allí había una exposición fotográfica y poética de la autoría de dos franceses que cohabitaron la tierra del tiempo hace algún tiempo. Ahí se develó ante nosotros una poderosa epifanía cuya luz irradia sabiduría ancestral y conocimiento profundo de las raíces de un modo de ser en el tiempo que trascenderá las postrimerías: “La idea más alta de la conciencia humana y de sus respuestas universales: Lo absoluto, la eternidad, lo infinito… Existe entre ellos, en esta raza de viejos indios, la convicción de haber recibido el sol para transmitirlo a los que lo merezcan”. Con los Tarahumaras se entra en un universo terriblemente anacrónico que es un desafío a nuestra época. Ello se dicen, se sienten y se saben una raza principio, lo cual prueban de todas las formas posibles. En nuestro tiempo nadie sabe ya qué es una raza-principio y cualquiera que no los haya visto creería que se trata de un mito en la sierra, pero en esta sierra muchos grandes mitos se revisten de verdad. Por ejemplo, en la relación Hombre-Mujer, y de acuerdo con la manera segura en cada uno permanecía en el espacio como si estuviera sujeto a una bolsa de vacío y en los canales del infinito, uno entendería que no eran un hombre y una mujer, sino dos principios de fuego primigenio.

Hicimos el Chepe entre paisajes inefables y formidables a más de inverosímiles. Terminamos el viaje en El Fuerte, pueblo heroico cuna de la leyenda de Diego de la Vega… “Z”. Fue un idílico viaje en el tiempo con pies ligeros.

jfa1965@gmail.com

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