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Domingo , 09.12.2018 / 20:03 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Xenofobia ‘online’

Jordi Soler

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La reacción xenófoba que ha desatado la caravana ha servido para mostrarnos ese flanco oscuro que tenemos, y que ya conocíamos pero ahora, después de las lamentables andanadas tribales que han llenado la Red, ya no podemos desatender. La xenofobia colectiva que acabamos de experimentar es una combinación explosiva de nuestro feroz
—pero disimulado— racismo, y del apego enfermizo a la seguridad en todos los planos de la existencia, que compartimos con los países de Occidente. La nefasta reacción frente a la caravana, aun cuando al final logre recomponerse, nos ha convertido en un país plenamente occidental: somos xenófobos y le tenemos miedo a todo.

Si todas esas personas que conforman la caravana hubieran emprendido su hazaña en formato individual, habrían cruzado la frontera sin tanta dificultad, lejos de la atención mediática, como ha sido toda la vida. Pero la bola impone, asusta, hace sentir al ciudadano que pierde su seguridad. La seguridad es hija del miedo.

Hasta el más débil e inofensivo de los humanos puede matar a su semejante, esto es lo que nos hace verdaderamente iguales. No es de extrañar que nuestro verdadero padre no sea Adán, sino Caín, el fratricida fundacional. Para evitar la guerra de todos contra todos que había cuando nuestra especie vivía en su estado natural, se inventó el Estado, Leviatán, un animal artificial y terrorífico al que transferimos el monopolio de la violencia, misma que aplica cada vez que es necesario mantener el orden o hacer cumplir las reglas, para que la mayoría conserve su seguridad. Pero el resto de los valores disminuye, o se esfuma, cuando la seguridad se convierte en el máximo valor de una sociedad.

El miedo que provoca la inseguridad, el miedo al otro que nos invade, es un miedo que con frecuencia está basado en la ignorancia y, en el triste caso de la caravana, se ha espumado con el racismo, taimado pero siempre activo, que abunda en nuestro país. El rechazo a la caravana no es ninguna sorpresa: se trata de un tumulto de gente pobre, mayoritariamente indígena, y en México, a pesar del discurso colectivo y del autobombo étnico que han promovido tradicionalmente los gobiernos, no soportamos a los indios. Somos tan racistas que la palabra “indio” es un insulto, por eso regreso al “indígenas”, que es más aséptico. Si un extranjero ve los canales de nuestra televisión tendrá la impresión de que los mexicanos amamos a nuestros indígenas y a nuestro pasado prehispánico, pero la realidad, que no tiene nada que ver con el discurso oficial, es que en el día a día los indígenas son una presencia incómoda, por ejemplo: ¿a cuántos indígenas invita usted a su fiesta de cumpleaños?, ¿con cuántos se relaciona que no sea de manera jerárquica, que no estén ahí para servirle?

El gran problema de nuestro país es la desigualdad, no la desigualdad a secas, sino la que está basada en la diferencia racial, que es la más cruel e injusta de las desigualdades: quien nace con rasgos indígenas tendrá mucho más difícil progresar económica y socialmente que el que nace con rasgos más europeos, aun en el caso de que el indígena sea mucho más brillante. Otro ejemplo: los indígenas de Chiapas llevaban quinientos años tratando de hacer ver la miseria en la que viven, y nadie les hicimos caso hasta que reclutaron como vocero a un hombre blanco y universitario.

Lo que sus detractores ven en la caravana es un tumulto de indígenas, que además son extranjeros, que llegan a poner en riesgo su seguridad (como si los mexicanos fuéramos menos peligrosos que los hondureños), y lo que desearían es que Leviatán se haga cargo y nos libre, por medio de la violencia de la que tiene el monopolio, de la invasión de los bárbaros, que es exactamente lo mismo que desean Trump y sus votantes, sin importarles que al imponer la seguridad como el máximo valor se pierdan otros valores como la justicia, la igualdad, la solidaridad, la fraternidad, la compasión, que son precisamente los valores a través de los cuales tendría que gestionarse el paso de la caravana. Por desgracia en el siglo XXI la seguridad ya se ha instalado como el valor máximo, las personas toleran cada vez menos los riesgos, cuidan de su salud y de sus cosas y exigen a Leviatán que los cuide, que los defienda de los extranjeros, de los que no son de aquí, de los bárbaros que vienen a quitarnos nuestro trabajo y nuestra casa.

Ese brote de xenofobia masiva que ha desamarrado la caravana en nuestro país, hace años que crece en Europa y no augura nada bueno. Los líderes xenófobos no llegan solos ni por accidente al poder; es la gente la que los pone ahí.

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