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Domingo , 23.09.2018 / 02:25 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Un señor de Transilvania

Jordi Soler

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Cioran es uno de esos filósofos que hace treinta años causó furor. Aquel furor se parece, en otra parcela del pensamiento, al que despierta hoy Slavoj Zizek, ese filósofo esloveno que, a diferencia de Cioran, se ha convertido en un pensador mediático que llena teatros con sus discursos, siempre flamígeros, y es un habitual de los platós de televisión en Europa y en Estados Unidos.

El arrebato de entusiasmo que producen estos filósofos, que además tienen un notable talento literario, es una curiosidad; su fama, y la cantidad de libros que venden, los acercan al modelo del escritor de autoayuda, pero con un obra que no es propiamente ligera, ni muy pedagógica, ni tampoco ofrece esa esperanza boba, esas líneas facilonas que en lugar de ampliar la perspectiva encierran el horizonte en el marco de un ventanuco.

Los libros de Cioran van en sentido contrario, no ofrecen ninguna esperanza y el lector, más que autoayudarse, se va hundiendo en un saludable pesimismo, tan profundamente que, después de unas cuantas páginas, no tiene más remedio que salir del agujero con una sonrisa.

No queda más que sonreír cuando Cioran sentencia: "La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero"; o cuando vaticina: "Comprenderán que los días de la novela están contados y que, si se obstina en durar, deberá conformarse con una carrera de cadáver"; o cuando amenaza: "No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción".

El escritor rumano Stefan Baciu, fue alumno de Emile Cioran en la secundaria, y aquella experiencia lo transformó en poeta. Antes de ir a aquella experiencia, transcribo un poema de Baciu: "Yo no canto al Ché, como tampoco he cantado a Stalin; con el Ché hablé bastante en México, y en La Habana me invito, mordiendo el puro entre los labios, como se invita a alguien a tomar un trago en la cantina, a acompañarlo a ver cómo se fusila en el paredón de La Cabaña. Yo no canto al Ché, como tampoco he cantado a Stalin; que le canten Neruda, Guillén y Cortázar, ellos cantan al Ché (los cantores de Stalin), yo canto a los jóvenes de Checoslovaquia". Baciu y Ciorán tuvieron que irse de Rumanía para ponerse a salvo, precisamente, del estalinismo, pero antes, en 1935, coincidieron en Brasov, Transilvania, en el Liceo Andrei Sagunacurso, un colegio con el prestigio de ser el alma mater de la intelectualidad rumana de esa época, en el curso de "Filosofía y Lógica". Cioran ya tenía el aura del filósofo, acababa de recibir un premio importante y además era hijo de una familia prominente, su padre era el Obispo de Sibiu. Su llegada al Liceo provocó mucha expectación y el primer día del curso sus alumnos lo recibieron con un sonoro aplauso que dejó al filósofo sumido en el desconcierto. "En vez de aplaudirme, sería mejor tocarme la Marcha fúnebre de Chopín. Es una vergüenza ser premiado", dijo Cioran y un alumno espabilado, para acabar con el espeso silencio que había producido la reacción del filósofo, gritó: "¡Abajo los premiados!" Cioran sonrió antes de decir: muchas gracias. Cuenta Stefan Baciu: "Teníamos ante nosotros a un joven de más o menos 27 años, vestido con una sobria elegancia: traje gris, corbata azul, camisa blanca impecable, zapatos negros. No puedo olvidar el pañuelito en el bolsillo frontal del saco dándole un aire de dandy involuntario. Era el estilo de un señor de Transilvania".

Lo primero que hizo el filósofo fue anotar en el pizarrón el título y el autor del libro de texto que iban a utilizar, y después añadió: "No se preocupen demasiado en leerlo. La filosofía no se aprende, y mucho más difícilmente se enseña". Como la filosofía, desde su punto de vista, no podía ni enseñarse ni aprenderse, las calificaciones de los alumnos eran inusualmente altas, y sus exámenes consistían en pasar al alumno al frente a que respondiera sus cuestionamientos, por escrito, en el pizarrón. Cuando el alumno no daba el ancho, le decía cosas como, "no sea usted tan mineral" o "usted tiene un cerebro tan liso que podría dar vueltas sobre él con su trineo". Baciu cuenta de una ocasión en que un alumno, Ilie Balea, que después sería un célebre musicólogo, desesperó a Cioran. No sabiendo qué hacer con él, o quizá sabiéndolo perfectamente, el filósofo envío al alumno a comprar un limón, a una bodega que había muy cerca del colegio. Al cabo de un rato regresó el alumno con un limón, un cuchillo, y las monedas sobrantes del billete que le había dado el profesor. Cioran partió cuidadosamente el limón, luego se puso frente a la ventana a chupar un trozo mientras murmuraba, ante el asombro de sus pupilos, "oh, qué disgusto".

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