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Lunes , 12.11.2018 / 22:59 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Un Landrú degeneradón

Jordi Soler

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Empecemos por el principio, ¿qué quiere decir Landrú? La palabra viene de la primera mitad del siglo XX y es sinónimo de “asesino”, en honor de Henri Désiré Landrú, un famoso serial killer francés, apodado Barba Azul, que confesó, en el juicio que lo llevó a la guillotina, haber matado once mujeres, aunque los cálculos de la policía dicen que asesinó entre 117 y 300. Así que Landrú es sinónimo de asesino pero, sobre todo, de asesino de mujeres.

Landrú es una palabra de cuando al elegante, currutaco o lechuguino se le decía roto o fifí, y el termino güey era una grosería, no la muletilla más usada de México que es hoy. Eulalio Ferrer, un célebre republicano español que hizo fortuna aquí, decía que las expresiones más usadas en México eran “ahorita” y “ni modo”. Si don Eulalio viviera con toda seguridad añadiría a estas dos la palabra güey. Pero he traído a cuento la palabra Landrú por un artículo que el genial Jorge Ibargüengoitia escribió en la Revista de la Universidad de México, en junio de 1964, a propósito de dos obras de teatro del intocable Alfonso Reyes, que se representaron en la Casa del Lago, un espacio también intocable por la crítica teatral, y por la intelectualidad mexicana en general, que dirigía Juan José Gurrola. Esto que voy contando lo cuenta Vicente Leñero en un interesante libro titulado Los pasos de Jorge Ibargüengoitia, donde nos ilustra sobre la carrera teatral del escritor, sobre su formación bajo la tutela de Rodolfo Usigli y sobre su oficio de crítico de teatro que ejerció durante un tiempo antes de entregarse, para fortuna de sus lectores, a la novela. El artículo pertenece a esta época, es una crítica durísima a dos obras de Reyes que no le gustaron nada, tituladas La mano del comandante Aranda y Landrú. El título de la crítica es toda una declaración de intenciones: El Landrú degeneradón de Alfonso Reyes, y comienza estableciendo que la obra de la mano “podría llamarse ‘Cómo matar de tedio en ocho páginas’, escrita por un señor (Alfonso Reyes) que no tenía nada que decir y que estaba empeñado en escribir ocho páginas”. Sobre Landrú opina que el talento de los actores no consigue “hacer parecer ingenioso un texto que es de una estupidez y una densidad verdaderamente lamentables”. El título del artículo venía de la descripción que, dentro de su texto, hace Ibargüengoitia del personaje principal: “un señor mediocre y vagamente degeneradón”.

Alfonso Reyes había muerto hacía apenas cinco años y seguía siendo Dios padre en el imaginario de los intelectuales mexicanos, nadie se atrevía a criticarlo y el director de la revista, Jaime García Terrés, consideró “imposible censurar la crítica, pero imposible publicarla intacta, sin contradicción alguna”, nos cuenta Leñero y añade que “no se sabe si a Jaime García Terrés se le ocurrió llamar a Carlos Monsiváis, o si fue el propio Monsiváis quién espontáneamente escribió y llevó un artículo para defender a Alfonso Reyes y regañar a Ibargüengoitia”. El caso es que en el número de junio salió “El Landrú degeneradón de Alfonso Reyes” junto a la defensa de Monsiváis titulada “Landrú o crítica de la crítica humorística o como iniciar una polémica sin previo aviso”. En la contracrítica de Monsiváis, además de defender a capa y espada al intocable escritor, escribe un párrafo quejándose de un aspecto de la crítica de Ibargüengoitia: “Porque es muy peligroso que lo pintoresco haga las veces del razonamiento y que se pueda, en nombre del sentido del humor, legalizar la arbitrariedad”. Curiosamente este párrafo crítico escrito por Monsiváis, le queda perfectamente a los ensayos que el propio Monsiváis escribiría en el futuro, a esos textos impagables cuya gracia no era lo pintoresco haciendo las veces del razonamiento (como tampoco lo era en los textos de Ibargüengoitia), sino el razonamiento que no tiene empacho en hurgar en lo folclórico. Pero Ibargüengoitia no picó, no quiso iniciar la polémica que proponía Monsiváis; de hecho se despidió de su quehacer de crítico: “Escribo este artículo no más para que no digan que me retiré de la crítica porque Monsiváis me puso como Dios al perico (….) No me voy ni arrepentido, ni cesante, ni, mucho menos, a leer las obras completas de Alfonso Reyes”. Y después explica que deja la crítica porque está harto de ir al teatro y de tener que escribir artículos de seis páginas que debe entregar “el día veinte de cada mes”, y antes de advertir, para apuntalar su última crítica, que respeta “mucho más a Landrú que a Alfonso Reyes”, nos deja esta advertencia: “Quién creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido, y quien creyó que todo fue en broma es un imbécil”.

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