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Martes , 25.09.2018 / 11:54 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Música para ahuyentar al diablo

Jordi Soler

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Cuando tenía quince años, Johann Sebastian Bach hizo una espectacular caminata, de trescientos kilómetros, con su amigo, otro estudiante de música, Georg Erdmann. La ruta fue de Eisenach a Luneburgo, por los bosques de Turingia, que hoy están situados en el centro de Alemania. La caminata, además de su exagerada longitud, tenía un componente psicológico que honra todavía más a los dos colegas: se hacía por una zona que desde los tiempos de Martín Lutero estaba sembrada de fantasmas, de apariciones, de espantos que ponía ahí el diablo. Este terror psicológico puede parecer hoy una tontería pero en el año 1700 el diablo en Turingia, en plena Sajonia, era una criatura real a la que se espantaba, según recomendaba Lutero, cantando a todo pulmón, así que Johann Sebastian y Georg se fueron cantando los trescientos kilómetros que había hasta Luneburgo.

El director de orquesta inglés John Eliot Gardiner cuenta, en su hermoso libro La música en el castillo del cielo (Acantilado, 2015) que Lutero sostenía que "sin música el hombre es poco más que una piedra; pero, con música, puede ahuyentar al diablo".

Lutero escribió su versión de la biblia y sostuvo su Reforma, desde la ciudad en la que nació Bach; los dos cantaron, con casi doscientos años de diferencia, en el coro de la iglesia, la Georgenkirche, porque los dos fueron alumnos de la Escuela Latina. Lutero no solo llenó de espantos el bosque de Turingia, también logró introducir en la música de Bach su rigor protestante, su batalla arquetípica entre el bien y el mal, su guerra permanente contra el diablo que solo se gana con un esfuerzo cotidiano, sin distracciones ni flaquezas. La obra de Bach está fundamentada en esa batalla íntima, nos dice Gardiner, pero también es verdad que cualquiera que haya oído sus magníficas misas luteranas ha visto el bosque sajón lleno de espantos por el que caminaban Georg y Johann Sebastian.

Bach pertenecía a un clan de músicos, más bien mediocres que durante varias generaciones acapararon todos los puestos importantes, en la corte, en la iglesia o en el Ayuntamiento, a los que podía aspirar un músico. Era un clan nepotista, odiado por los músicos solitarios, que se reunió, durante décadas, en la casa del Bach más viejo, a disfrutar de unas comidas tumultuosas que terminaban invariablemente en un envidiable jam session doméstico.

Según las cuentas que hizo el mismo Johann Sebastian, antes de él hubo cincuenta y tres músicos apellidados Bach, todos parientes y todos del mismo clan. Los Bach, en general, eran músicos de pueblo, pero es verdad que el contraste con el genio de Johann Sebastian los oscurece todavía más; de hecho Johann Christoph, su hermano mayor y excelente músico, hubiera sido mucho más importante sin su apabullante sombra.

Bach era Cantor (así se llamaba al director musical de una iglesia o al profesor de música de una escuela) de la Thomasschule, un colegio que tenía integradas a las aulas las habitaciones de los maestros. Ahí vivió el músico, con su mujer y su numerosa familia, los últimos veintisiete años de su vida. El dato es importante porque todo lo que compuso Bach durante esos años, la parte sustancial de su obra, fue en una habitación que colindaba, separada solo por una delgada pared, con el salón donde los alumnos ensayaban sus ejercicios musicales. Ahí, en medio de ese escándalo, trabajaba Bach cuatro días a la semana componiendo la cantata que interpretaría en la iglesia el domingo siguiente. El sábado ensayaba la cantata con sus músicos y el domingo, con la pieza medio aprendida, la interpretaban con él mismo tocando el órgano y dirigiendo, e incluso tararareando, cantando, rellenando desde su banquito los espacios que los intérpretes, por falta de ensayo, dejaban en blanco.

Johann Sebastian fue célebre en vida porque era un virtuoso del órgano, su fama como compositor llegó de manera póstuma. Escribía su música, en aquel cuartito ruidoso, con una plumilla de cinco puntas llamada rastrum, sobre unas hojas de papel muy grueso para que se mantuvieran rectas al ponerlas en el atril. El grosor de las hojas sugiere que Bach tenía una capacidad de abstracción extraordinaria; era capaz de imaginar cualquiera de sus intricadas piezas, desde la estructura general hasta, por ejemplo, el momento y la forma en que cada instrumento se iba integrando en el tejido global de la obra, antes de ponerse a escribir, porque las hojas que usaba eran muy caras y no podía darse el lujo de equivocarse, ni tampoco usar uno de esos carísimos pliegos para hacer anotaciones de algún elemento que se le pudiera olvidar; no tenía más remedio que escribir a todo pulmón, para ahuyentar al diablo.

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