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Jueves , 13.12.2018 / 19:27 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Más solos que Eleanor Rigby

Jordi Soler

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Look at all the lonely people, fíjate en todas esas personas que están solas, decían los Beatles hace cincuenta años, desde el corazón del swinging London, una metrópoli que, como todas las ciudades tumultuosas, parecía no tener espacio para la soledad o, más bien, para los solitarios. ¿Cómo se puede estar solo en medio de una muchedumbre? Muy fácil, para estar verdaderamente solo no hay que irse al bosque ni al desierto: hay que meterse en un vagón del Metro atestado de gente que no te conoce, ni se preocupa por ti.

Where do they all come from?, ¿de dónde viene toda esa gente solitaria?, se preguntaban más adelante los Beatles (“Eleanor Rigby”, 1966), haciendo gala de una ingenuidad que más bien obedecía a los requerimientos de la letra, porque la letra de las canciones, ya se sabe, tiene que cumplir con un número de sílabas, con un color y un tempo que, a veces, es más importante que el sentido de lo que dice.

¿De dónde venía toda esa gente solitaria que atormentaba a Lennon & McCartney? De ningún sitio: ya estaban ahí, en la calle, en el autobús, en el departamento de un edificio X, como lo están hoy en cualquier punto cardinal de la ciudad o, volviendo al ejemplo anterior, llenando el vagón del Metro.

Pensaba en esto, en la situación y en la pieza de los Beatles, mientras iba a bordo de un autobús lleno de gente solitaria. En el siglo de Eleonor Rigby, la gente solitaria iba consigo misma, observaba el paisaje, leía un libro, oía la radio o se veía largamente la punta de los zapatos; en cambio en nuestro deslumbrante siglo XXI, nos encontramos con la paradoja de estar en un autobús lleno de gente solitaria, pero simultáneamente conectada con una multitud de conocidos, o no, que va gestionando en la pantalla de su teléfono, a través de una red social. Quien va solo, pero comunicándose con sus amigos de Facebook, ¿calificaría como una de las personas solitarias de Eleanor Rigby?

Dejemos el autobús lleno de gente solitaria, pero socializando en su red predilecta, y hagamos lo que recomendaban Lennon & McCartney, look at all the lonely people, observemos a los solitarios en el restaurante, en la calle o en el parque, en su habitación, y veremos que una creciente mayoría se encuentra socializando a través de una pantalla, leyendo las opiniones instantáneas de sus conocidos y emitiendo su propia opinión instantánea sobre cualquier tema, sobre el tráfico, la violencia o la corrupción, o sobre el próximo partido de la selección de futbol. Esa persona sola en su habitación, que se comunica por medio de su teclado ¿está socializando? Quizá se trata de lo contrario: la facilidad con la que puede comunicarse a través de una red social, termina escatimándole la oportunidad de relacionarse en el plano, digamos, real; lo cual nos invita a pensar que las redes sociales comienzan a ser el sustituto de la red social tridimensional, la que en nuestro pasado analógico se tejía de persona en persona hasta formar una comunidad.

Desde cierto punto de vista, el de quien va en el autobús observando a los solitarios que miran sus teléfonos, da la impresión de que la red social bidimensional a la que se accede por la pantalla como si fuera el espejo de Alicia en el país de las maravillas, más bien aísla a las personas, más que gente socializando se ve a gente encerrada en una burbuja y la representación gráfica de la red desde este punto de vista sería, más que un paisaje de vectores que se disparan en todas direcciones a partir de un núcleo, un amasijo de burbujas cerradas sobre sí mismas, o mejor, de globos, pensando en que la globalización sería imposible si el capitalismo tecnológico no nos hubiera encerrado a cada uno en nuestro globo.

Las redes sociales son una fábrica de gente solitaria y el globo en el que nos han encerrado contiene información sobre nuestras relaciones, nuestras conversaciones y aficiones, sobre lo que compramos, sobre la ruta por la que nos desplazamos todos los días y los sitios que visitamos durante las vacaciones. Esa información vale un dinero que gana el dueño de la red social, ese que, de forma totalmente gratuita, faltaría más, nos invita a que vivamos en esa sociedad siempre viva, siempre animada y dicharachera que palpita en la pantalla, del otro lado del espejo.

La gran diferencia entre el solitario de la canción de los Beatles y el solitario del siglo XXI, es que éste no se da cuenta de lo solo que está, ni de lo mucho que sirve a la verdadera globalización.

A la pregunta where do they all come from?, ¿de dónde viene toda esa gente solitaria?, hoy podríamos responderle a Lennon & McCartney: de una red social.

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