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Miércoles , 16.01.2019 / 03:19 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Más allá de ‘Roma’

Jordi Soler

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La semana pasada hubo en España una discusión alrededor de los subtítulos de la película Roma, de Alfonso Cuarón. La película, cuyos diálogos son en el español que hablamos en México, está subtitulada al español que se habla en España, es decir, traducida; por ejemplo, cuando un personaje dice “ustedes”, en el subtítulo se lee “vosotros”, cuando dice “son”, se lee “sois”; y, “tu mamá”, se traduce como “tu madre”.

El problema no es tanto el subtítulo, que podría ser un apoyo para el espectador que no entiende bien los diálogos aunque sean en su propia lengua, como pasa en México con algunas películas españolas, sino la colonización que se hace del español de México al convertirlo, por escrito, en español de España.

Quién ve Roma en una de las pocas salas de cine que la han programado en España, tiene que verla con los subtítulos traducidos al español peninsular; en Netflix se pueden suprimir los subtítulos. El asunto me pareció tan grave que saliendo de la sala lo denuncié en un tuit (que acabó detonando una encendida discusión panhispánica) porque se trata de una obra concebida, escrita, dirigida y actuada en el español que hablamos en México y esta lengua no puede ser cambiada, traducida, enmendada, sin alterar la obra.

En la época del Boom de los escritores latinoamericanos, se hizo la traducción de un libro de Julio Cortázar, escrito en el español de Argentina, al español de España; aquella arbitrariedad deformó tanto la obra original que la edición completa terminó en la trituradora. En los libros no puede tocarse una coma sin alterar la obra que el escritor creó con una arquitectura literaria específica, con un tempo, una música, un color, un clima, una respiración, elementos que no pueden alterarse sin afectarla gravemente. Aquella ocurrencia con los libros del Boom, que se aplicó también a novelas menos célebres, sirvió para que los libros de los escritores latinoamericanos que hoy publicamos en España, lleguen a las librerías exactamente como han sido escritos, con todas sus palabras, sus puntos y sus comas. A ningún editor se le ocurre ya traducir al español de España el libro de un escritor latinoamericano.

La discusión panhispánica que generó la traducción, en subtítulos, de la película Roma, que tuvo como escenario la arena salvaje, y encantadora, de Twitter, llegó hasta las traducciones al español de España, de los libros de escritores en otras lenguas que publica, y difunde en Latinoamérica desde hace décadas, la editorial Anagrama; la queja general, que puede consultarse en Twitter, era: no soportan el español mexicano de una película cuando nosotros llevamos años leyendo a Martin Amis, a Houellebecq y a Richard Ford en español de España.

El caso de los libros, claro, es distinto al de las películas, que tienen la imagen además de las palabras, pero los diálogos de los actores deben permanecer como han sido concebidos, tampoco se les puede tocar una coma, y menos traducirlos a una variante de la misma lengua.

Para empezar, y para preservar la salud de nuestra lengua, en España, que es donde reside el poder de la Academia, tendría que promoverse la difusión de todas las variantes del español, como ya pasa con la literatura, sobre todo en el cine que tiene mucho más difusión que los libros. Pero lo que ha pasado con la película Roma nos hace ver que la tendencia es al contrario; al espectador español se le cierra la posibilidad de enriquecerse con las otras variantes de la lengua que son, por cierto, la abrumadora mayoría.

¿Por qué se subtitula una película hablada en español, al español de otra región? Seguramente no se trata de colonizar a la variante mexicana de la lengua, como vengo sugiriendo en estas líneas, sino de facilitar con los subtítulos la experiencia del espectador español; se trata, me parece, de atraer el mayor número posible de personas hacia esta película que está llamada a ganar todos los premios y, consecuentemente, mucho dinero.

Dicho esto hay que preguntarse, ¿por qué no, ya que habían decidido hacerlo, subtitular respetuosamente poniendo lo que de verdad dice el actor? En este punto es donde sí que aparece el fantasma de la colonización de la lengua, del español que manda sobre los demás españoles. A ningún empresario mexicano se le ocurriría poner subtítulos, traducidos al español de México, en las películas de Alex de la Iglesia o de Alejandro Amenábar; en España, en cambio, si se les ocurre poner subtítulos traducidos porque consideran que su español es el canon de todos los españoles que se hablan en otros países, lo cual es muy significativo porque en España vive solo el ocho por ciento de los hispanohablantes del mundo; un país de 46 millones de habitantes gobierna y dispone de la lengua de un continente de quinientos. La lengua española nació en España, por supuesto, pero es una materia viva que debe adaptarse a la realidad y ya no parece lógico, ni práctico, que la minoría imponga su Academia a la inmensa mayoría de hispanohablantes.

La anécdota de los subtítulos en la película Roma, tendría que servir como el motor de una profunda reflexión sobre las jerarquías que gobiernan nuestra lengua; México es el país con más hispanohablantes del mundo y, sin embargo, varias palabras nuestras son clasificadas, por la Real Academia Española, como mexicanismos.

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