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Martes , 20.11.2018 / 10:02 Hoy

Melancolía de la Resistencia

Los viajes

Jordi Soler

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Cada viaje tiene un propósito. Hay quien viaja para hacer negocios y quien lo hace para conocer otras culturas, o para ver qué se encuentra por el camino, o para encontrar un sitio donde se pueda construir una nueva casa. Hay viajes para ver a la familia o para asistir, en una ciudad lejana, a un concierto o a un partido de futbol. Hay multitud de viajes pero en el siglo XXI hay uno que define a nuestra época: el viaje cuyo objetivo es hacer fotos para colgar en Instagram.

Ya había en el siglo XX viajes orientados a la colección de fotografías que iban a parar a un álbum. Había hasta el cliché del turista japonés, armado con su aparatosa Nikon, que en lugar de contemplar un paisaje lo fotografiaba, para contemplarlo más tarde, una y otra vez, en un álbum de consumo personal que, ocasionalmente y cuando viniera al caso, compartiría con sus amigos. Pero el viaje para hacer fotografías en la era de Instagram ha cambiado de cariz, la colección de fotos que antes era privada se ha hecho pública y lo público ha añadido el deseo de prestigio social que, hay quien piensa, dan los viajes. Ya no se fotografía un paisaje, como hacía el turista japonés del cliché, sino a uno mismo dentro del paisaje; más que el viaje lo que importa es el testimonio público de que se está viajando. Para el viajero de Instagram el viaje no es más que el medio para conseguir su propósito, como lo sería para el que viaja con el objetivo de hacer un negocio, o para encontrarse a sí mismo, con la diferencia de que el viaje de estos converge en un acontecimiento concreto, mientras que el instagramer lo que busca es el viaje diseminado, de principio a fin, en una serie de imágenes con las que nos dice: ahora mismo estoy aquí, y tú no.

Uno de mis viajes predilectos es el que hizo el filósofo Demócrito, que después de un largo periplo, parecido al que hizo el poeta Rimbaud, o el mismo Indiana Jones, terminó en el interior de una cabaña. En la época de Demócrito no había forma de fotografiar los viajes y el viajero no tenía más remedio que concentrarse en lo que iba conociendo. Al no contar con el respaldo de la fotografía tenía que hacer un importante esfuerzo de atención para poder recordar más adelante lo que había visto. Los viajes eran caros en los tiempos de Demócrito porque había que inventarlo todo; el medio de transporte, los sitios para hospedarse, la comida, todo corría a cargo de la inventiva y del dinero. El dinero que usó el filósofo para su viaje fue el de la fortuna familiar, que compartía con sus tres hermanos y que se fundió sin ningún miramiento.

Demócrito salió de Abdera, su pueblo, cruzó el mar Mediterráneo y desembarcó en la costa oriental de África. Caminó por la orilla del mar Rojo hasta que llegó a Harar, en Etiopía. Se sabe que mientras viajaba fue entrando en contacto con los magos caldeos, que le enseñaron teología y astronomía. También pasó una temporada con los sacerdotes egipcios aprendiendo geometría, y con los gimnosofistas de La India que eran una tribu de vegetarianos contemplativos que lo ilustraron sobre el ascetismo y la meditación. Después de todas esas experiencias volvió a su casa transfigurado y sin dinero. Si comparamos el saldo de ese viaje, con el de los viajes que hacemos en el siglo XXI, acabaremos concluyendo que la palabra viaje es demasiado amplia.

Lo primero que hizo al llegar a Abdera fue montar un negocio de compra y venta de trigo y, en cuanto logró amasar una considerable fortuna, repuso el dinero que les debía a sus hermanos, liquidó el negocio y construyó una pequeña cabaña en el jardín de su casa para encerrarse a pensar. Ahí terminó por segunda vez su viaje, procesando en la soledad todo lo que había aprendido y proyectando la vida de filósofo que llevaría en adelante. Dentro de esa cabaña se convirtió en un distinguido pensador materialista, ahí escribió toda su obra, que concibió en parte durante los largos paseos que daba por el cementerio. Gran Diacosmos, su obra más difundida, fue muy célebre en su época y él era un orador que llenaba auditorios, la gente lo seguía y le pagaba dinero para oír sus consejos y sus vaticinios. Gracias a esto amasó por segunda vez en su vida una fortuna considerable que luego repartió entre sus vecinos necesitados. Él no necesitaba más que la soledad de su cabaña, eso aprendió en su viaje con los magos caldeos, con los sacerdotes egipcios y con los gimnosofistas de la India. Al final de su vida se quedó ciego, cuenta Tertulio que fue después de mirar fijamente el sol que se reflejaba en un escudo. Quizá ahí fue donde terminó, por tercera vez, su viaje.

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