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Melancolía de la Resistencia

Los peces drogados

Jordi Soler

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Para llegar al controvertido caso de los peces drogados, primero hay que echar mano de esa pieza musical, guasona solo en apariencia, que de manera muy didáctica explica el comportamiento circular del agua.

La pieza en cuestión es “Mi agüita amarilla”, obra de Los Toreros Muertos que trata del potencial expansivo de la orina. Ahí se cuenta la historia de un individuo que, después de beber “más de cuarenta cervezas”, acude al mingitorio y, mientras libera a su vejiga de ese inconcebible superávit, tiene una iluminación que lo lleva a contemplar el recorrido de esa agüita, que es agua al fin y al cabo. El recorrido de su agüita va dando cuerpo a la letra de la canción, su ruta comienza en la tubería del bar y de ahí, una vez lanzada a la red hidráulica, va pasando por debajo de las oficinas, de las casas y las familias que las habitan y, más adelante, llega al río, y de ahí va al mar donde el sol, eventualmente, la evapora, se forma una nube y más tarde llueve un agua que es la suma de todas las aguas evaporadas, la amarilla incluida.

Pero en el caso de los peces drogados, un fenómeno que tiene lugar en dos de los Grandes Lagos, el Erie y el Ontario, el agua y el agüita no cumplen, como en la canción, el ciclo completo. El asunto es tan serio que ocupa una de las páginas de la revista The Economist, y además no es la primera vez que pasa, aunque con variables menos psicodélicas.

Hace unos años, en Barcelona, el drenaje que desemboca en el río Llobregat llevaba agua contaminada con los estrógenos que tienen los anticonceptivos orales, y los medicamentos para tratar la menopausia, que se desechan por la orina. Aquellos estrógenos hicieron que las carpas del río Llobregat sufrieran mutaciones genéticas de orden sexual. Por ejemplo, un sector de las carpas macho, bajo el influjo de los estrógenos, ponían huevos que el otro sector, el de los machos sin estrogenizar, fecundaban. Aquella mutación alteró el ecosistema del río, había un superávit de huevos, que ponían las hembras y los machos mutantes, y un déficit dramático de chisguetes espermáticos.

Antes de pasar a los peces drogados, quisiera anotar aquí otro caso de hábitat contaminado, que sucede en algunos pueblos de España y, seguramente, en otros pueblos europeos, y que promete una severa metamorfosis en los cascos urbanos. Los nuevos insecticidas que se usan en los campos sientan mal, a veces fatal, a los borregos, que ya no pueden pastar donde normalmente lo hacían y sus pastores no han hallado otro remedio que llevarlos al pueblo, a ramonear los mechones de yerba que crecen entre las baldosas. Anoto esto para que se aprecie lo poliédrica que puede llegar a ser la estupidez de nuestra especie.

El caso de las mutaciones del río Llobregat se parece al de los peces de los lagos Erie y Ontario porque está fundamentado también en el agüita amarilla. La orina de los habitantes de esa zona va cargada de antidepresivos; el agüita amarilla que se vierte en estos lagos va trufada de Prozac, Zoloft, Celexa y Sarafem, un coctel que se beben los peces y que termina sedimentándoseles en el tejido cerebral. En las orillas de estos lagos operan 1400 plantas de reciclaje de aguas que no detectan las drogas, y que tendrían que ponerse al día, o de plano ser sustituidas, cosa que no está, de momento, proyectada. A lo más que se ha llegado es a la propuesta que ha hecho Andrew Cuomo, el gobernador de Nueva York, de invertir veinte millones de dólares en el sistema de aguas que le corresponde a su estado.

Mientras se articula algún remedio los peces de estos lagos disfrutan de un chute cuádruple y permanente que, como en el caso de las carpas del Llobregat y de los borregos urbanos, empieza a alterar severamente el ecosistema. Los peces responden a los antidepresivos igual que las personas, y en las profundidades del lago Eire y del lago Ontario trashuman cardúmenes de individuos muy relajados, que se mueven lentamente y no se interesan en nada que entrañe riesgo o mucho esfuerzo como, por ejemplo, perseguir un pececillo para zampárselo. Los peces drogados gozan de tales índices de bienestar y de felicidad que ya ni desovan ni fertilizan, y cuando un pez más grande se aproxima con la intención de tragárselos, se le quedan mirando con una sonrisa boba, como si la cosa no fuera con ellos. Los peces de estos lagos se comportan como junkies, no les interesa nada más que su dosis permanente, forman entre todos un cardumen errático y feliz, que va de una orilla a otra sin más objetivo que vivir el presente con intensidad, sin futuro, sin mañana, sin más horizonte que el eterno colocón.

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