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Melancolía de la Resistencia

Los esperanzados

Jordi Soler

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Entre la esperanza y la desconfianza ha quedado dividido el país después de la toma de posesión de López Obrador. La crítica y los elogios llenan, con la misma profusión, páginas de periódico, espacios en los medios electrónicos y conversaciones en la mesa. El país sostiene una intensa conversación política, especula apasionadamente sobre el presente y el futuro de su gobierno, y sobre la figura del presidente, lo cual es una gran noticia porque la democracia está fundamentada ahí, en esa conversación diversa que es el contrapeso del poder.

En México estrenábamos gobierno de izquierda mientras en España entraba, de manera oficial, por primera vez y por la puerta grande, la extrema derecha; el partido político Vox ganó 12 escaños en el parlamento andaluz, cuando los más agudos analistas le daban, como mucho, uno. La extrema derecha crece en Europa como la espuma y, en el caso español, se volverá efervescente como reacción ante el independentismo catalán y esto, sumado a la precariedad parlamentaria del gobierno de Pedro Sánchez, anuncia un futuro brumoso.

Mientras tanto, en México tratamos de digerir lo que sucedió el primero de diciembre. Algunas líneas del discurso del presidente tienen una contundencia inapelable: “Nada material me interesa”; “nada ha dañado más a México que la deshonestidad de sus gobernantes”; “la más inmunda corrupción pública y privada”. Aun cuando se trate de las primeras declaraciones de un presidente, que serán inevitablemente matizadas, cuando no erradicadas, en los siguientes seis años de gobierno, no puede ignorarse su contundencia, porque vienen de un político forjado en la lucha social, una característica que lo distingue de sus antecesores que han sido, en las últimas décadas, hijos del establishment universitario de Estados Unidos. En un país con 50 millones de pobres como el nuestro, López Obrador tiene una mejor perspectiva; ha convivido con los pobres mientras sus antecesores han aprendido de la pobreza en las aulas de la universidad.

Un gobierno orientado hacia los pobres en este país, está dirigido hacia los indígenas en todo su espectro racial porque en México el pobre, y el marginado, siempre es el indio, y quien tiene rasgos europeos tiene más posibilidades de salir adelante, solo por su aspecto. Allen Ginsberg escribió, en su poema “América”, un verso que en México, a la luz de esto que acabo de plantear, tiene un sentido más amplio: “¿Cuándo podré ir al supermercado y comprar lo que necesito solo con mi aspecto?”.

Los analistas políticos, en general, desconfían de las verdaderas intenciones de López Obrador, y hacen bien; ellos y los medios de comunicación deben ser el contrapoder, deben mostrarnos todos los ángulos de la realidad, los buenos y los nefastos, deben ser siempre escépticos, para que los ciudadanos podamos disponer de todos los elementos antes de sentarnos a reflexionar sobre el país que tenemos, el lugar que ocupamos y lo que podríamos hacer para mejorar, modestamente, nuestro alrededor.

Seguí la toma de posesión de López Obrador desde Barcelona, la ciudad en la que vivo; vi el vibrante discurso de investidura, el trayecto de San Lázaro a Palacio Nacional, y más tarde el acto en el Zócalo, que no se todavía cómo definir. Lo más fácil es decir que fue un acto populista, pero eso sería reducir la realidad, que siempre es mucho más compleja. De todo lo que vi, con un inmenso desasosiego porque hubiera querido estar en México ese día crucial, lo que más me conmovió, lo que me pareció más importante, fue el momento en el que el chamán, que en la televisión, aturdidos por la corrección política, llamaban “médico indígena”, interpeló llorando a López Obrador y, al final de su alocución, se arrodilló ante él y el Presidente, al ver esto, se arrodilló también. Este episodio me pareció lo más importante de ese día; López Obrador va a gobernar para los pobres, que casi siempre son los indígenas y que, paradójicamente, son los que poseen la clave de nuestra historia espiritual; estamos divididos entre el canon católico y la cosmogonía prehispánica; en el mainstream espiritual mexicano Quetzalcóatl es vecino de Jesucristo y, sin embargo, ningún presidente había tenido la decencia de incluir de manera tan explícita al mundo indígena, que es la mitad de lo que somos, el día de su investidura. ¿Qué el bastón de mando era falso?, ¿qué los indígenas ahí presentes eran solo una fracción del mundo indígena?; no lo sé, pero me queda claro que en el mundo simbólico, que es un territorio en el que los presidentes se mueven con soltura, ese símbolo me parece positivo y, en todo caso, frente a las dos realidades políticas que experimenté simultáneamente ese día, la toma de posesión en México y la irrupción de la extrema derecha en España, me parece que el proyecto de López Obrador, más allá de sus exabruptos, está lleno de futuro; de todos los candidatos él era el único que podía cambiar al país; esperemos que sea para bien.

Yo me coloco junto a los esperanzados, prefiero confiar en el Presidente, una cosa que no me había sucedido nunca porque los presidentes de México han sido siempre, desde que tengo memoria, bochornosos.

De todo lo que vi ese día me quedo con la imagen del chamán, con la sensación que me produjo, con esa esperanza.

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